La Campana de Dolores es uno
de los símbolos patrios más importantes de nuestra nación y se
encuentra localizada en en el sitio de honor del Palacio Nacional en
el Zócalo de la Ciudad de México, desde el 16 de septiembre de 1896.
Conocida también como el esquilón de San José, está montada
en un nicho especial, localizado arriba del balcón principal de Palacio
Nacional. Al concluirse las obras del tercer piso de Palacio
Nacional, fue reinstalada en su lugar actual, el 14 de septiembre de
1926.
Introducción
Hablar del Zócalo quiere decir hablar de la plaza más importante y representativa de nuestro
país. Sus orígenes se remontan a la época de la Conquista y a la
refundación de la Ciudad de México, como tal, en el año de 1523 por
Hernán Cortes. Lo que sigue no es precisamente un relato detallado
de la historia de esta singular plaza, pues sería demasiado extenso
y además fuera de mi alcance y conocimiento. Sin embargo si
trataré de mostrar de que manera ha ido evolucionando con el
paso de los siglos y como algunos de los acontecimientos y edificios
pudieron dejar su huella, a través de algunas de
las imágenes que podrán ver a continuación.
Por el número de imágenes que se incluyen he dividido este trabajo
en cuatro partes: la primera que es ésta, que va desde la época de la
Colonia hasta la caída de Maximiliano, la segunda parte que cubre el período porfiriano hasta 1910, la
tercera
parte desde el inicio de la Revolución Mexicana hasta fines del
siglo XX y una cuarta parte y final que
trata de cubrir la etapa contemporánea.
Vista parcial del centro de la
Ciudad de México en el año de 1555 según se muestra en el plano
elaborado posiblemente bajo la dirección del cartógrafo Alonso de
Santa Cruz, pero ejecutado por manos indígenas, según se cree dentro
del que fue Colegio Imperial de Santa Cruz, donde se impartían
clases especialmente a los hijos de la nobleza indígena. Este
colegio fue fundado en 1535 y estaba ubicado junto al convento de
Santiago Apóstol en Tlatelolco. En la imagen se aprecia la Plaza
Mayor aparentemente cruzada diagonalmente por una acequia y a la
derecha la Iglesia Mayor, que aunque en 1530 fue expedida la
bula papal para elevarla al rango de catedral, en el dibujo no se
usa dicho calificativo. También se aprecia que esta iglesia, que
después fue demolida como veremos más adelante, estaba orientada con
su frente hacia el oriente. Del lado izquierdo de la plaza
cruza la que fue denominada acequia real y aparentemente un múltiple
sistema de canales que aún se conservaba. Se pueden localizar
también la Casa Real y la existencia de la iglesia de Santo Domingo
a la derecha.
Para ver una versión ampliada y completa de este plano,
oprima aquí.
Si hoy nos aterran (2005) las imágenes de un
Nuevo Orleans inundado y destruido por un terrible desastre natural,
es bueno saber que a nuestra gran Ciudad de México le ha tocado
vivir aún peores adversidades. Casi todos recordamos los graves
daños y el horror de la muerte que provocó el sismo de 1985, una
tragedia de dimensiones incalculables, pero en verdad considero que
no sería comparable con las escenas de horror y muerte que
debieron vivirse al final de la caída de la Gran Tenochtitlan y la
gran matanza y destrucción que dejaron las fuerzas conquistadoras de
Hernán Cortés y sus aliados el 13 de agosto de 1521, tras de 75 días de asedio.
Voy a reproducir enseguida unos párrafos del excelente relato que
hace el historiador
Alejandro Rosas en la página de la
Presidencia de la República:
«... El 13 de agosto de 1521,
luego de setenta y cinco días de sitio, la legendaria Tenochtitlan
sucumbió ante el embate de los españoles y los miles de indígenas
que se unieron al conquistador para terminar con el yugo del
imperio azteca. No quedó piedra sobre piedra. Cortés avanzó
difícilmente entre los escombros de las casas señoriales y
palacios que lo habían maravillado en noviembre de 1519. La muerte
impregnaba el ambiente.
Cientos de cadáveres
tapizaban las calles de tierra; las de agua estaban anegadas.
Conforme se fue desarrollando el sitio, los españoles tomaron
calle por calle y casa por casa. Destruyeron todo a su paso para
crear tierra firme en donde sólo corría agua. Un año antes, la
tristemente célebre “Noche Triste” había marcado a los españoles.
En la retirada muchos murieron ahogados en los canales al no
encontrar caminos de tierra firme por donde huir. Al iniciar el
sitio, Cortés cuidó hasta el último detalle y no olvidó la amarga
experiencia: ordenó destruir las construcciones tomadas y arrojar
los escombros sobre las acequias para garantizar una rápida
retirada, sobre terreno sólido, en caso de que fuera necesario.
El hedor era
insoportable. Se llegó a decir que los indios habían decidido no
sepultar a sus muertos para utilizar la putrefacción de los
cadáveres y sus fétidos olores como un arma contra los españoles.
El aspecto general de la ciudad era lamentable, difícil se hacía
la respiración por el aire contaminado, no había suministro de
agua potable --el acueducto estaba destruido desde los primeros
días del sitio-- ni alimentos y en las pocas acequias que todavía
corrían por la ciudad en ruinas se combinaban agua y sangre. Aquel
13 de agosto de 1521, Tenochtitlan era prácticamente inhabitable
...»
Al final, Hernán Cortés se
encontraba ante la gran disyuntiva: ¿Que hacer con los escombros de
lo que había sido la Gran Tenochtitlan, cuna de una de las
civilizaciones más organizadas, ricas y avanzadas de su época?
La pregunta no era nada fácil de responder y para ello era necesario
analizar los distintos puntos de vista y posibles opciones. Ante tal
situación Hernán Cortés y sus fuerzas salieron de aquel devastado
territorio y se dirigieron al pueblo de Coyoacan, hermoso y
tranquilo lugar entonces localizado en la costa poniente de la
laguna de México.
De acuerdo con las ordenanzas de la corona española el primer paso
para legalizar la fundación de la capital de la Nueva España sería
crear el Cabildo o Ayuntamiento, cuya primera función sería
localizar cual sería el sitio más adecuado.
Muchas otras prioridades tenía Cortés antes de fundar la capital,
como por ejemplo la localización de los tesoros perdidos de
Moctezuma, más sin embargo en principio parecía apoyar que la nueva
ciudad se construyera fuera del islote de Tenochtitlan y al menos
eso hacía creer a lo miembros del Cabildo. Los lugares que se
pensaba podrían reunir las características
típicas de las ciudades españolas eran Coyoacan, Tacuba y Texcoco,
cumpliendo con los requisitos de ambiente sano, cómodo, ventilado y
seguro, con suficiente agua potable, materiales de construcción,
pastizales para ganado y de fácil acceso.
Como en muchas de sus audaces actitudes, en los primeros meses de
1522, Cortés tomó la gran decisión de fundar sobre los restos de
Tenochtitlan la capital de la Nueva España y así se lo hizo saber
a Carlos V en su tercera carta de relación, fechada en mayo de 1522:
«...habiendo platicado en qué
parte haríamos otra población alderredor de las lagunas - porque
désta había más nescesidad para la seguridad y sosiego de todas
estas partes - y ansimesmo viendo que la cibdad de Temixtitán que
era cosa tan nombrada y de que tanto caso y memoria siempre se ha
fecho, paresciónos que en ella era bien poblar, porque estaba toda
destruida. Y yo repartí los solares a los que se asentaron por
vecinos, y fízose nombramiento de alcaldes y regidores en nombre de
Vuestra Majestad segúnd en sus reinos se acostumbra. Y entretanto
que las casas se hacen acordamos de estar y residir en esta cibdad
de Cuyocan, donde al presente estamos de cuatro o cinco meses acá
que la dicha cibdad de Temixtitán se va reparando. Está muy hermosa,
y crea Vuestra Majestad que cada día se irá ennobleciendo en tal
manera que como antes fue prencipal y señora destas provincias
todas, que lo será también de aquí adelante. Y se hace y hará de tal
manera que los españoles estén muy fuertes y seguros y muy señores
de los naturales, de manera que dellos en ninguna forma puedan ser
ofendidos ...»
Era evidente que Cortés estaba cometiendo un
grave error al refundar la Ciudad de México sobre los escombros de
la que fue Gran Tenochtitlan y así lo consideraban tanto los
miembros del Ayuntamiento como sus propios capitanes, sin embargo
las razones de Cortés eran de índole política y no técnicas, la Gran
Tenochtitlan había sido siempre un símbolo de fortaleza y poder para
todo el resto de las provincias que le rodeaban y que le rendían
tributo. ¡Cortés quería que así siguiera siendo!
Aunque al principio tuvo razón y la ciudad creció fuerte y hermosa,
el tiempo se encargó de demostrarnos cuan grande fue su error..
Después de todo, uno más de los grandes errores de nuestra historia.
Como dice Cortés en su carta de relación,
procedieron a repartir los solares entre los vecinos, más no dice
que los mejores fueron para él.Cortés
eligió las llamadas Casas Nuevas sitio donde se levantaba el palacio
que se mandó construir Moctezuma en el costado sur del gran centro
ceremonial y que hoy corresponde al Palacio Nacional. También se
apropió del sitio que ocupaba el gran Palacio de Atzayácatl, lugar
donde Moctezuma había alojado a Cortés y sus huestes a su llegada en
1519; hoy dicho sitio es ocupado por el edificio del Monte de
Piedad.
Por instrucciones de Hernán Cortés, el responsable del trazo de la
que fue la Villa Rica de la Veracruz, Alonso García Bravo, fue
traído a Tenochtitlan e inició la tarea de levantar la nueva ciudad
sobre la isla. La manera como estaba proyectada Tenochtitlan era
bastante semejante a muchas ciudades españolas con una gran plaza
central de forma cuadrangular sin embargo en vez de estar
flanqueada en sus cuatro lados por los edificios de mayor
importancia --catedral, palacio y casas señoriales, el gran Centro
Ceremonial era un conjunto de templos distribuidos de forma
simétrica dentro del área.
Antes de escribir estos párrafos, en 2003, quise satisfacer mi
curiosidad y verificar, aunque fuese de manera aproximada, que tanto
coincidían entre si, el área actual que ocupa el Zócalo, con el área
que ocupó el Recinto Ceremonial y pueden encontrar el mapa que
muestra tal superposición en estas mismas paginas bajo el título de
"Recinto
Ceremonial y el Templo Mayor". Lo lógico sería que el INAH, en
un sitio oficial, publicara de manera abierta todos los resultados y
avances de la investigaciones que realiza, fundamentalmente con
fondos públicos, más no es así, las publicaciones son impresas, las
hacen los investigadores de manera directa y están a la venta del
público. Ojalá que ahora que se habla tanto del derecho a la
información que tenemos los ciudadanos, se abran estos archivos a la
vista del público en general.
En fin el hecho es que la construcción de la Catedral Metropolitana
y sobre todo el Sagrario, se hicieron sobre las ruinas de los
templos prehispánicos y ocupando parte del material de demolición.
Las casas de Cortés quedaron fuera del recinto ceremonial y se
construyeron sobre las ruinas de los que fueron palacios habitados
por Moctezuma y su padre Atzayácatl.
Al inicio de este párrafo aparece la imagen que posiblemente sea la
más antigua que muestre con claridad la situación de la Plaza Mayor
y los edificios colindantes. Se dice corresponde al año de
1555 y forma parte del plano de Alonso de Santa Cruz,
cartógrafo español que trabajaba a las órdenes de Carlos V.
La Plaza Mayor en 1628,
según se muestra en un detalle del plano de la ciudad dibujado
por Juan Gómez de Trasmonte. Marcado con la letra "A"
aparece lo que fuera el Palacio Virreinal, con la letra "B" la
Catedral en su etapa constructiva, la letra "C" marca la
localización de las Casas del Cabildo, la "D" la Casa Arzobispal
y la "F" la Plaza del Volador y más atrás lo que fuera la
Universidad. El número "4" parece representar de manera
estilizada, el Templo de la Profesa .
En color azul aparece la denominada Acequia Real. Para ver, en este
mismo sitio, la imagen completa y ampliada de este maravilloso
grabado de la Ciudad de México,
oprima aquí.
Los años pasaron y en el mapa de la ciudad que pintó Juan Gómez de
Trasmonte en 1628, parcialmente mostrado arriba, aparece la disposición que tenía la entonces llamada Plaza Mayor
y que dio origen a nuestra actual Plaza de la Constitución, mejor
conocida como Zócalo.
De las casas de Cortés, una de ellas la de Moctezuma, con el tiempo
la vendieron sus sucesores y se convirtió en el Palacio Virreinal,
la otra la de Atzayacatl, no aparece en el dibujo pero actualmente y
en su lugar se encuentra el edificio del Nacional Monte de Piedad.
La Ciudad de México y por lo
mismo la Plaza Mayor sufrió la peor inundación de toda su historia
apenas un año después de que Trasmonte la pintó muy bella y bien
cuidada en 1628. La inundación duró desde 1629 hasta 1633 y destruyó
una gran parte de la ciudad, murieron 30,000 indígenas y las
familias españolas la abandonaron, reduciendo el número de 20,000 a
solamente 400 vecinos. Este dibujo, del que se desconoce la autoría muestra
de manera esquemática el gran desastre que vivió la ciudad. Léase en
los textos de la imagen la indicación de que la Albarrada de San Lázaro fue
totalmente cubierta por el agua y que todos los arrabales en
dirección poniente se perdieron.
Hernán Cortés cometió otro error al romper el
delicado equilibrio hidráulico que guardaba el entorno lacustre de
la Gran Tenochtitlan. No solamente destruyó en varios sitios la
Albarrada de Netzahualcoyotl para dar paso a los 13 bergantines que
construyó para invadir la isla, sino que al final ordenó tapar las
acequias que existían con el material de demolición de los templos
que destruyó. Me parece intuir que el equilibrio hidráulico era en
extremo delicado y además bastante complicado, pues los mexicas y a
raíz de la gran inundación que vivieron en el año de 1450 se vieron
precisados a regular de manera por demás ingeniosa, el flujo de agua
de los lagos que circundaban la Gran Tenochtitlan. La albarrada
construida por Netzahualcoyotl después de la gran inundación de
1450, fue una magna obra que permitió que el agua dulce procedente de
los manantiales y los lagos de Xochimilco y Tlahuac rodeara la isla,
separándola de las aguas salobres y poco útiles del lago de Texcoco.
Esta gran idea hizo florecer la agricultura y la pesca en la zona y
mediante compuertas y pasos levadizos regulaban tanto el flujo de
las aguas como el de las canoas, que era su principal y eficaz medio
de transporte. Los conquistadores menospreciaron y destruyeron
sistemáticamente el sistema hidráulico de los mexicas y los
resultados fueron nefastos. Ya en otra sección sobre
Tenochtitlan dijimos como fue que Bernal Díaz del Castillo quedó
pasmado cuando apenas algunos años después de haber estado en
Iztapalapa en 1519, aquel lugar se había transformado:
«...que si no lo
hubiere de antes visto dijera que no era posible que aquello
que estaba lleno de agua, que esté ahora sembrado de maizales
...»
Los lagos
por alguna razón fueron perdiendo su volumen de agua, pero no
despareció el peligro de las inundaciones en tiempo de lluvias y por
lo mismo se construyó otra albarrada en 1555, denominada de San
Lázaro, que protegía la isla por el lado oriente. Esta construcción
no recibió el adecuado mantenimiento y por lo mismo quedó sujeta a
filtraciones y roturas. No es aquí el lugar para narrar todas las
peripecias que vivió aquella renaciente ciudad y sus esfuerzos para
buscar una salida a las aguas pluviales de la cuenca cerrada que es
el Valle de México, pero la suerte estaba echada y para el año de
1629 la extremadamente intensa temporada de lluvias y el posible
error de
Enrico Martínez al permitir el taponamiento de la boca del
desagüe que estaba construyéndose, dio lugar a la inundación
más terrible, destructiva y prolongada de la historia de la capital
de nuestro país.
El día 21 de septiembre de 1629 una violenta y torrencial tormenta
descargó sus aguas durante 36 horas continuas sobre la ciudad y
las lagunas del valle. El volumen del agua proveniente de los lagos
de Zumpango, Xaltocán, San Cristobal y Texcoco que se encontraban
por arriba del nivel de la ciudad, descargaron sus excedentes en
cascada, hasta romper totalmente las protecciones del alabarradón de
San Lázaro.
En carta al rey de España, el Arzobispo Manso y Zúñiga le escribió:
«...que
murieron 30,000 indios y de 20,000 familias españolas no le habían
quedado a México cuatrocientos vecinos, quedando aquella como un
cadáver muerto (sic) ... »
Pero a esta desgracia del impacto
inicial de las lluvias, debemos agregar el tiempo que permanecieron
inundadas todas las calles de la ciudad.
¡Aunque nos pueda parecer
increíble la Ciudad de México permaneció 5 años bajo las aguas!
No resulta fácil asimilar la magnitud del desastre.
Para el 22 de octubre de 1629, y con el nivel de las aguas cada vez
más alto, el mismo Arzobispo Manso fue consultado por el virrey
respecto a que acciones pudieran tomarse para resolver el grave
problema y éste le dijo
«...que
primero habría que ver si quedaba aún ciudad
que preservar pues de lo contrario convenía mas cambiarla de sitio... »
Para los meses de junio, julio y septiembre de 1630, ¡un año
después! la inundación fue en aumento y se complicaron gravemente
los problemas de salud de la población, por la
contaminación de las aguas. Las juntas, consultas, proyectos, e
inspecciones oculares, se multiplicaron, pero la solución final se
pospuso hasta el año de 1631, cuando se concluyó sobre la
inconveniencia de cambiar de sitio la ciudad, por la gran inversión
que se había hecho en las propiedades (50 millones de pesos) y que
por lo mismo sería más conveniente gastar 4 millones de pesos en la
conclusión de las obras del desagüe. Otra buena oportunidad de haber cambiado de sitio nuestra ciudad capital, se había perdido irremisiblemente...
Es por demás evidente que la Plaza Mayor estuvo cubierta por las
aguas durante esta larga etapa de nuestra historia y por lo mismo la
Catedral, que se encontraba en construcción vio afectado el
proceso de las obras, las que fue necesario suspender totalmente.
Una anécdota curiosa se refiere a que cuando las rogativas de los
fieles resultaron inútiles y la inundación continuó día tras día en
aumento, el Arzobispo Manso decidió transportar la imagen de la
Virgen de Guadalupe desde su santuario en el Tepeyac hasta la
inundada Catedral y ver si así los libraba de tan terribles males.
Veamos a continuación un fragmento del relato del jesuita Florencio:
«...Salieron de la ciudad en una flota de canoas y góndolas bien
aderezadas y esquisadas de remos .... y navegando al santuario
( porque no podía ya caminarse por tierra) la sacaron de su altar
después de casi 108 años que había sido llevada a él ... y
embarcándola en la faluca del arzobispo, acompañada de los
principales personajes que en ella cupieron bogaron hacia México con
aparato grande de luces en las embarcaciones, de música, de clarines
y chirimías, cantando el coro de la Catedral himnos y salmos, con
más consonancia que alegría ... »
Resulta interesante saber que a
pesar de la estancia de la Virgen de Guadalupe en la (aún
inconclusa) Catedral, desde
1629 y hasta el año de 1635, la inundación continuó.
Y este fenómeno natural, que bien pudo ser motivado por errores
humanos (destrucción de la Albarrada de Netzahualcoyotl), nos hace
recapacitar muy seriamente sobre los grandes riesgos que, aún ahora, sigue
corriendo la Ciudad de México. Así como Nueva Orleans tiene zonas
urbanas por debajo del nivel del mar, la Ciudad de México tiene a su
vez una buena parte de su área conurbada, por debajo del
nivel de las aguas de los lagos y presas que la
rodean.
El Canal del Desagüe hace ya muchísimos años que funciona a
contra-pendiente y el agua se debe extraer mediante un sistema de
estaciones de bombeo escalonadas y a un costo prohibitivo. Pero si
esto es grave, pues depende del suministro de electricidad,
el Sistema de Drenaje Profundo, joya de nuestra ingeniería mexicana,
no cuenta con opciones alternas y un taponamiento (similar al de
1629) evitaría la salida de las aguas de la ciudad. Una situación
así en época de lluvias torrenciales provocaría que en un corto tiempo el centro histórico y
una área muy grande a su alrededor, quedaran gravemente
cubiertas por las aguas.
Del gran desastre de 1629, es relativamente poco lo que sabemos,
evidentemente no hay fotos, no hay videos, ni grabaciones de audio,
pero ahora todo el mundo pudo observar, casi en vivo, el efecto
devastador del huracán Katrine y posteriormente la inundación de gran parte
de la ciudad, al
romperse los diques de protección. Hemos visto también, el
sufrimiento de más de medio millón de habitantes y el grave problema
político y social que se generó.
Por la seguridad de una gran ciudad como la nuestra (gigantesca
ciudad diría yo) es algo que no podemos soslayar, debemos estar
concientes de ello y tomar las medidas y acciones necesarias que
puedan evitarlo. Las obras subterráneas no son lucidoras para los
políticos, pero todos sabemos que en este caso son
prioritarias. La ampliación y el mantenimiento permanente del Sistema de
Drenaje Profundo no deben de ser olvidados. ¡Recordemos 1629!
Plaza Mayor de la Ciudad de
México, según la traza del plano realizado por Carlos López
del Troncoso en 1760 y posteriormente grabado por Diego Franco. La
Catedral parece tener una sola de sus torres en proceso de
construcción y está marcada con la letra "A". La letra "B"
representa el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional y la letra "C"
las Casas del Cabildo hoy Palacio de Gobierno del D.F.. Enfrente del
Palacio Virreinal y a un costado de Catedral se encuentra el Mercado del Parián
marcado con la letra "G", ocupando gran parte de la plaza. La letra
"E" representa la Plaza del Volador, la "D" la Casa del Arzobispado,
la "F" muestra la Casa de Moneda y la H el Portal de Mercaderes.
Para ver, en este mismo sitio, la imagen completa y ampliada de este
maravilloso grabado de la Ciudad de México,
oprima aquí.
Dentro de la Plaza de Armas y frente al Palacio
del Ayuntamiento el virrey de la Nueva España, Marqués de Cerralvo,
mandó a construir un edificio destinado a cuartel de caballería el
15 de enero de 1624. Este local posiblemente provisional, no se
aprecia en la imagen del plano de Gómez de Trasmonte de 1628. Con
el tiempo este sitio acabó por convertirse en mercado para la venta de
artículos diversos.
El 8 de junio de 1692 y a raíz del denominado el Motín del
Hambre, tanto el mercado como el Palacio del Ayuntamiento y el
Palacio Virreinal fueron
incendiados por la turba enardecida.
Pero fue hasta el 17 de agosto de 1695 cuando el virrey Conde de
Gélves inició las obras de construcción del edificio definitivo en
piedra mamposteada y estuvo a cargo de Pedro Jiménez de Cobo que
tenía el cargo de Regidor Obrero. Esta obre se concluyó hasta el año
de 1720 y constaba de dos pisos con un total de130 locales
distribuidos en el exterior e interior, para lo cual se
contaba con 8 puertas de acceso.
Tomó el nombre de El Parián en virtud de su semejante del mismo
nombre que existía en Manila, Filipinas, sitio del que procedían la
mayor parte de las mercaderías que allí se vendían.
Durante mucho tiempo fue considerado el centro del comercio de la
ciudad, por la enorme variedad de finos productos que allí se
expendían, pero con el paso del tiempo el sitio y la calidad de sus
mercancías se fue degradando, al grado de que la Marquesa de
Calderón de la Barca llegó a comentar que el espectáculo de un bello
atardecer en la Plaza Mayor, no tendría rival a no ser por un
defecto
«...el tener una pila de tiendas llamadas El
Parián que rompe la uniformidad
...»
A continuación también reproduzco unos cuantos
párrafos que Don Guillermo Prieto escribió en su libro Memorias
de mis Tiempos:
«...Por aquel
tiempo se ordenó y llevó a cabo la demolición del Parián, grande
cuadrado que ocupaba toda la extensión que hoy ocupa el Zócalo,
con cuatro grandes puertas, una a cada uno de los vientos, y en
las caras exteriores, puertas de casas o tiendas de comercio. En
el interior había callejuelas y cajones como en el exterior y
alacenas de calzados, avíos de sastre, peletería,
etc.
En un tiempo
los parianistas constituían la flor y la nata de la sociedad
mercantil de México, y amos y dependientes daban el tono de la
riqueza, de la influencia y de las finas maneras de la gente
culta.
La parte del
edificio que veía al palacio la ocupaban cajones de fierros, en
que se vendían chapas y llaves, coas y rejas de arado, parrillas
y tubos, sin que dejaran de exponerse balas y municiones de
todos calibres, y campanas de todos tamaños. Al frente de la
catedral había grandes relojerías..., la contraesquina de la 1.ª
calle de Plateros y frente del portal la ocupaba la gran sedería
del
Sr. Rico, en que se encontraban los encajes de Flandes,
los rasos de china, los canelones y terciopelos, y lo más rico
en telas y primores que traía la Nao de Dhina... En el interior,
principalmente, los cajones de ropa eran de españoles...
»
Véase más adelante sobre la Demolición del
mercado del Parián.
Aquí se muestra una imagen del
Mercado del Parián que se ubicaba dentro de la Plaza Mayor, aunque
aquí luce impecable y limpio, en
sus últimos años llegó a a ser un foco de suciedad y contaminación. Al fondo se muestra la Casa del
Cabildo o Ayuntamiento y a la derecha lo que fue el portal de Mercaderes.
Tras las desastrosas inundaciones de 1629, la
ciudad continuó siendo presa de grandes problemas para desfogar las
aguas de lluvia en los años de fuertes precipitaciones. En 1691 el
Valle de México se vio azotado por muy fuertes y prolongadas lluvias
que aparte de causar terribles estragos a la población y las
construcciones, provocó una terrible escasez en la producción de
granos.
Para el año siguiente este y otros muchos motivos de inconformidad
dieron lugar a un hecho insólito en la historia de la entonces
llamada Plaza Mayor y que se conoce como el Motín del Hambre
No es aquí el lugar para hacer una relación detallada de lo
acontecido pero
durante la administración del virrey Gaspar de la Cerda, Conde de
Gélves, ocurrió el más grave de los disturbios que hubo en la
capital de la Nueva España,
El 8 de junio de 1692, debido a la
falta de granos básicos en la Ciudad de México, el pueblo se amotinó
apedreando primero el Palacio Virreinal, para después prender fuego
en casi todos los balcones y puertas del ala sur del palacio, en
donde se encontraban los aposentos de los virreyes. No conformes con
ello los amotinados causaron graves saqueos e incendios en los
denominados "cajones" comerciales diseminados en la plaza y dentro
del mercado del Parián y prosiguieron después con el Ayuntamiento
también conocido como casas del Cabildo.
Un resumen de daños, incluiría los portales interiores y algunos aposentos de la
casa de los virreyes, el zaguán de la puerta principal del Cuerpo de
Guardia, la Cárcel, la
Sala del Crimen, la Sala de los Tormentos, la Escribanía y sus archivos
y la Real Audiencia, todo esto en el Palacio Virreinal. Don Carlos Sigüenza y
Góngora, relator y actor de estos hechos, logró evitar la quema de importantes archivos del Tribunal
de Cuentas y de la Sala de Real Acuerdo.
Los más graves daños se dieron en el edificio del Ayuntamiento que
quedó totalmente consumido por las llamas, incluyendo los aposentos
de los Corregidores, la Diputación y la Alhóndiga, principal motivo
de las disputas, por el exiguo reparto de granos. Las pérdidas
materiales y el costo de lo robado se calculó en 3 millones de pesos
y la pérdida de vidas humanas nunca se estableció con exactitud.
La siguiente excepcional imagen, nos muestra en detalle los
destrozos del Palacio Virreinal que aún se apreciaban en 1695, fecha
en que Cristóbal de Villalpando tuvo a bien realizar su histórico y
descriptivo trabajo.
Las obras de reconstrucción del palacio tardaron muchos años en
realizarse y fue entre 1714 y 1720 que el Virrey Fernando de
Alencáster, Duque de Linares, tuvo a bien ejecutar.
En esta muy bella y descriptiva imagen, cuya
autoría pertenece al gran artista Cristóbal de Villalpando, pueden
apreciarse los grandes daños causados por el incendio en el ala sur
de palacio en 1692. Por si fuera poco podemos apreciar el grado de
avance las obras de Catedral, aún sin concluir, el Mercado del
Parián al frente, la muy amplia Acequia Real del lado derecho y el
sin número de puestos y cajones que atiborraban la plaza de
comerciantes y posibles compradores. La obra de Villalpando es de
1695 y actualmente se encuentra en Inglaterra y forma parte de la
Colección James Mathuen Campbell.
Oprima aquí para verla en mayor
tamaño y detalle.
Las Casas del Cabildo, después conocidas como Edificio del
Ayuntamiento, aparecen primeramente señaladas en la imagen de la
Plaza Mayor
del año de 1628 y como se ha dicho arriba, fueron radicalmente
destruidas e incendiadas durante el Motín del Hambre de 1692,
incluyendo los locales de la Alhóndiga y la Carnicería,
Por tal motivo, dichos edificios fueron reedificadas totalmente
por instrucciones del Virrey Fernando de Alencáster, iniciando las
obras en 1714 y concluyendo en el año de 1722. La obra se
efectuó bajo la dirección de Pedro de Arrieta y José Miguel Álvarez,
maestros de arquitectura, según consta en un viejo Libro de Cuentas
del que tuvo conocimiento Don Guillermo Tovar y Teresa y quién
amablemente me proporciona el dato. Al ser totalmente reconstruido,
el edificio del Ayuntamiento toma la ubicación, alineación y forma que tiene en la
actualidad.
Para conocer más detalles sobre la evolución y reconstrucción de las
que originalmente se conocieron como Casas del Cabildo, se puede
acceder en este mismo sitio, a una página que muestra su evolución
histórica en forma grafica, para ello
oprima aquí.
La Catedral de la Ciudad de México en proceso de construcción en
una fecha posiblemente posterior a 1760. Obsérvese la posición de la
Cruz de Mañozca al frente del Atrio y la situación de la barda
perimetral que coinciden con los mostrados en el
dibujo de López del Troncoso, más arriba mostrado y que también
corresponde al año de 1760. La
Catedral Metropolitana se realizó con un proyecto de Claudio de
Arciniega, comenzando su construcción en 1573 y terminando 218 años
después alrededor de 1791.
Tras concluida la conquista,
Hernán Cortés ocupó los servicios de Alonso García Bravo en
1522, para realizar la traza de lo que sería la nueva ciudad de
México. Entre otras cosas, dispuso reservar al norte de la
proyectada gran Plaza Mayor, alrededor de 25 solares que se utilizarían para construir una
Iglesia Mayor y sus necesarias dependencias. Tras de múltiples
contratiempos y el viaje a Las Hibueras de Cortés, el inicio de la
construcción del gran templo se pospuso e incluso los terrenos
fueron ocupados por tiendas diversas y hasta una plaza de toros.
No pudo ser hasta el año de 1524 que Cortés a su regreso,
ordena al Maese Martín de Sepúlveda, maestro de obras y alarife de
la ciudad, la construcción de una primitiva iglesia en el lugar
designado,
aprovechando material demolido de los templos mexicas que fue
utilizado como cimiento. Esta Iglesia Mayor, que se aprecia claramente
en el plano de Alonso de Santa Cruz al principio
de este texto, estaba orientada de oriente a poniente, o sea al
contrario de la actual catedral y no era otra cosa que un modesto
templo de planta basilical y tres naves. Su largo total era
equivalente en forma aproximada al ancho de la actual Catedral, sin
el Sagrario, mientras que el ancho de las tres naves juntas apenas
llegaban a los 30 metros.
Esta iglesia fue convertida en
Catedral por acuerdo del emperador Carlos V y el Papa Clemente VII, según la bula
papal del 9
septiembre de 1530, sin embargo la Cédula Real llega a poder
de Fray Juan de Zumárraga hasta el mes de mayo de 1532, mientras
tanto, el título de Metropolitana lo recibe hasta 1547 por acuerdo
del Papa Paulo III. La Catedral queda terminada en el año de 1534 y
según nos relata Don Manuel Toussaint:
«...
Esta iglesia pequeña, pobre, vilipendiada por todos los
cronistas que la juzgaban indigna de una tan grande y famosa
ciudad, prestó bien que mal sus servicios durantes largos años
...
»
Como los planes para la
construcción de una Catedral más grande, digna de la más
importante ciudad de la Nueva España, hubieron de posponerse por
largos años, esta pequeña catedral continuó en servicio, habiéndose
reparado en forma total en el año de 1584. Pasarían 42 años antes de
que esta singular iglesia fuera finalmente absorbida por la
nueva construcción y demolida en el año de 1626.
Para 1562 se realiza el trazo de la que sería catedral definitiva,
conservando la misma orientación Oriente-Poniente, e incluso se
comienzan a construir los cimientos de la que se proyectaba tan
grande como la de Sevilla y habría de contar con 7 naves. Sin
embargo para 1565 los cimientos prácticamente terminados, se
abandonan por muy diversas razones e inconvenientes.
No sería hasta 1570, en que se
rectifican los trazos y se reorienta la catedral en dirección
Norte-Sur, pero ahora en base a un proyecto desarrollado por
el arquitecto español Claudio de Arciniega, que finalmente fue
respetado plenamente hasta su conclusión.
Los trabajos de construcción de los nuevos cimientos no comenzaron
sino hasta 1571, cuando el virrey Martín Enríquez y el arzobispo
Pedro Moya de Contreras colocaron la primera piedra de tan colosal
obra. Considerado el Primer Monumento Religioso de América, la
Catedral Metropolitana de México fue edificada a lo largo de 218
años participando en la obra 16 distintos arquitectos.
Para 1573 y ante los múltiples problemas que presentaba la
cimentación de tan singular obra, asentada literalmente sobre el
fango, se copió el modelo de los Mexicas y se llevó a cabo una
plancha de cascajo y piedra apoyada sobre estacas de madera a una
distancia de 60 centímetros cada una, que en conjunto sumaban 22
mil. Este ingenioso sistema de construcción, de aportación netamente
mexicana, ha perdurado hasta nuestros días y a través de su evolución
tecnológica, el principio básico se ha utilizado para construir
todas las grandes edificios y monumentos existentes en la Ciudad de
México. Finalmente las estacas de madera del proyecto
original, han podido resistir terribles sismos, incendios y
hundimientos por más de 400 años. En épocas recientes hubieron de
ser definitivamente reforzados ante la inminencia de un posible
derrumbe después del terremoto de 1985.
La construcción de la
catedral Metropolitana se demoró muchos años y es imposible dar
detalles en un corto resumen, pero baste saber que los cimentos se
terminaron hasta 1581 y que para 1585 se trabajaba ya en la
construcción de las capillas; para 1615 todos los muros tenían más
de la mitad de su altura y ocho bóvedas habían sido totalmente
terminadas. Es por este motivo que para 1626 se decide demoler la
catedral primitiva. Como ya lo dijimos antes, un fenómeno natural
extraordinario provocó la inundación de la
capital en 1629, misma que se prolongó por 4 largos años y que
trajo inumerables contratiempos a la construcción, que obligaron a
suspender las obras e incluso pensar en la cancelación del proyecto.
Tras la decisión de no cambiar de sitio la capital virreinal, las
obras continuaron con lentitud y no fue hasta 1787 que bajo la
dirección de Damián Ortiz, se comenzó la construcción de ambas
torres, quedando totalmente terminadas hasta el año de 1791.
Resulta de interés mencionar brevemente la participación del
escultor y arquitecto Manuel Tolsá en la modificación de la cúpula
central del conjunto, que se realizó después de terminadas las
torres. También diseñó y colocó las balaustradas y en la fachada
construyó el cubo del reloj rematado por tres obras maestras suyas:
La Fe, La Esperanza y La Caridad.
Las obras del Sagrario fueron concebidas por Lorenzo Rodríguez,
habiéndose colocado la primera piedra en 1749 y la conclusión de la
obra tuvo lugar en 1768.
La referida al principio, Cruz de Mañozca, que en 1760 se encontraba
al frente de la Catedral, la hizo trasladar de Tepeapulco, Hidalgo,
el entonces Arzobispo Don Juan de Mañozca, quien concluyó su
colocación el 14 de septiembre de 1649 en el frente de lo que era
entonces el cementerio; posteriormente en 1803 es trasladada a la
esquina del atrio del lado de la calle de Seminario, en donde
permanece hasta ahora.
En la imagen siguiente se muestra la Catedral Metropolitana
completamente terminada y las obras de embellecimiento de la Plaza
Mayor llevadas a cabo por el Virrey de Revillagigedo.en 1793.
Esta es una grandiosa imagen que nos muestra gran detalle
de lo que fue la Plaza Mayor después de 1760 y hasta antes de ser
despejada para celebrar la coronación del Rey Carlos IV en diciembre
de 1789. El autor, aparentemente es anonimo, pero gracias
a él tenemos una idea en extremo clara y fidedigna de como era
entonces esa gran plaza. Las proporciones no son exactas, incluso la
perspectiva del mercado del Parián me permití modificarla
ligeramente, pero
la multitud de detalles que nos muestra, servirán para entender
mejor los textos que siguen. En la escena se representa el trayecto
de una visita del virrey (desconozco si se refiere a Revillagigedo) a la Catedral Metropolitana, en un día de
fiesta .Para ver la imagen ampliada oprima aquí
y podrá apreciar en
detalle muchos de los usos y costumbres de la época. ¡En verdad es
sensacional poder retornar al pasado, con tan solo hacer un click!
La imagen es grande y puede tardar algunos segundos en cargar.
Es muy probable que la apariencia de la gran Plaza Mayor, hoy Zócalo
de nuestra caótica y secuestrada ciudad capital 2006, no siempre
lució tan bella y remozada como pudiésemos imaginar cuando se nos
habla de la muy noble y leal Ciudad de México. Es evidente que
después de la segunda mitad del siglo XVIII la degradación de la
gran plaza y la ciudad en lo general, había llegado al extremo de
quedar totalmente invadida, (como hoy) y ser presa de vendedores,
(como hoy) suciedad y desorden urbano (como hoy).
Tendría que llegar el nuevo Virrey de Revillagigedo, quién fue el
autor del "despeje" y ordenamiento de la gran plaza y la
transformación y urbanización de la ciudad capital.
Antes de continuar quisiera describir brevemente la imagen mostrada
arriba. En la parte inferior se pueden apreciar los remates del
edificio del Palacio Virreinal, por lo que la vista es de oriente a
poniente. El cuadrángulo de arriba representa el ya descrito,
Mercado del Parían y atrás de él se encuentra el Portal de
Mercaderes. A la izquierda del Parián se encuentran las llamadas
Casas del Cabildo. Del lado derecho del Parián se aprecia una parte
de la fachada de Catedral, sus enrejados e incluso al centro, la
Cruz de Mañozca, al frente del cementerio del atrio.
Al frente de la imagen vemos una pequeña calzada abierta para dar
paso al cortejo del virrey con rumbo a la Catedral. Detrás de la
calzada se aprecia el tianguis con puestos provisionales techados
con tejas y en el medio una fuente o pila de agua que fue construida
en 1713. Del lado izquierdo se aprecian dos detalles importantes,
dos grupos de locales comerciales, conocidos como los cajones de San
José, construidos en 1756 y que eran en total 35 y atrás de ellos el
paso de la que se conocía como Acequia Real, parcialmente entubada y
el que fue Portal de las Flores.
Sin embargo creo que es justo mencionar algo de lo que realmente
pudo encontrar el virrey Revillagigedo a su llegada a la
Ciudad de México en 1789. Don Artemio de Valle-Arizpe incluye en su
libro "La muy noble y leal Ciudad de México", la crónica de
uno de los testigos oculares de la época. Veamos al menos en
algunos de sus párrafos, lo que relata Don Francisco Sedano,
en lo que tiene que ver con la Plaza Mayor y el Palacio Virreinal.
Debe entenderse que se refiere a lo que quedaba de la plaza, pues un
gran espacio cuadrangular, como ya lo dijimos, estaba ocupado
de forma permanente por el mercado del
Parián. Para entender mejor a lo que se refiere vale la pena
auxiliarse con la imagen de arriba y la descripción previa que hice.
«...La Plaza Mayor de esta ciudad de México
estuvo ocupada con el mercado, dispuesta con techados o
jacales de tejamanil en forma de
caballete, que se arrendaban por cuenta del Ayuntamiento. Se
despejó para celebrar la proclamación del señor Carlos IV, en
27 de diciembre de 1789 ... Esta plaza cuando estaba el
mercado era muy fea y de vista muy desagradable. Encima de los
techados de tejamanil había pedazos de petate, sombreros y
zapatos viejos, y otros harapos que echaban sobre ellos. Lo
desigual del empedrado, el lodo en tiempo de lluvias, los
caños que atravesaban, los montones de basura, excrementos de
gente ordinaria y muchachos, cáscaras y otros estorbos, la
hacían de difícil andadura. Había un beque o secretas que
despedía un intolerable hedor, que por lo sucio de los
tablones de su asiento, hombres y mujeres hacían su necesidad
trepados en cuclillas, con la ropa levantada a vista de las
demás gentes, sin pudor ni vergüenza, y era demasiada la
indecencia y deshonestidad ... Hay en dicha plaza los llamados
cajones de San José. Estos con sus altos encima y sus ventanas
a la plaza, estuvieron enfrente del Portal de las Flores:
corría la acequia a su espalda y entre esta y el portal había
un techo. Estaban divididos en dos trechos ... eran de dos
puertas cada uno, de 5 varas de fondo en número de 35 ... En la Plaza mayor está una pila o fuente de
agua, la que se fabricó en el año de 1713; se halla esta pila
en el lugar cercano a donde está la más cercana a la
Cárcel de la Corte. Era ochavada de 48 varas de
circunferencia, de 6 varas cada ochavo y, en cada uno, un
escalón para alcanzar el agua ... Duró hasta fin del año 1791,
que se desbarató para despejar la plaza. Esta pila fue una muy
grande inmundicia, el agua estaba hedionda y puerca, a causa
de que metían dentro para sacar agua, las ollas puercas de los
puestos y también las asaduras para lavarlas. Las indias y
gente soez metían dentro los pañales de los niños para
lavarlos fuera con el agua que sacaban, por lo que sobre el
agua había grandes costras nadantes sobre salea ...»
Y esto, aunque parece increíble, es parte de lo
que narra Sedano sobre el Palacio Virreinal:
«...
Este Palacio era anteriormente una honrada casa de vecindad;
había dentro de él cuartos de habitación y de puesteros de la
plaza, bodegas de guardar frutas y comestibles, fonda y
vinatería que llamaban la Botillería, truco, panadería con
amasijos, almuercerías donde se vendía pulque públicamente y
de secreto, chinguirito, juego de naipes público en el cuerpo
de guardia y otro donde llamaban el Parque, juego de boliche y
montones de basura y muladares ...»
Como podemos ver, no
necesariamente todo tiempo pasado fue mejor.
La Plaza Mayor de la Ciudad de
México en el año de 1793, tras de ser de ser retirados todos los
puestos del mercado ambulante, a la vez que fue remodelada y
embellecida por el Virrey de Revillagigedo. A la derecha el Palacio
Virreinal, a la izquierda el mercado del Parián y al fondo
totalmente terminada la Catedral Metropolitana. La imagen original
de esta obra se encuentra en el
Archivo General de Indias en Sevilla.
La llegada a México en 1789 del virrey Vicente
Güemez Pacheco de Padilla Horcasitas y Aguayo, segundo Conde de
Revillagigedo significó, entre otras cosas, la
mejora del paisaje urbano, la limpieza y el embellecimiento de la
ciudad. Para ello fue necesario abrir nuevas calles, renovar el
empedrado e iluminación de las existentes, crear zonas verdes y
evitar la presencia de animales de corral en las vías publicas, y
por otra parte regularizar la recolección de la basura y
prohibir la defecación en las calles y banquetas.
En relación a nuestro tema, tanto el Palacio
Virreinal como la Plaza Mayor finalmente dejaron de ser verdaderos
muladares, invadidos por el
comercio ambulante. Fue en esta época en que el virrey logró
confinar a los vendedores ambulantes dentro de los mercados del
Volador y del Factor, mientras que el Mercado del Parián fue
reconstruido y dedicado a la venta de importaciones y productos finos.
El virrey tuvo que enfrentarse a las resistencias tanto de la
población como de los cuerpos municipales, pero fue mediante
bandos y medidas obligatorias que logró hacerla más limpia y ordenar
la ciudad: en menos de cinco años, antes de su partida y retorno a
España en 1794.
La Ciudad de México se convirtió en la ciudad mejor urbanizada del naciente
siglo XIX, sus calles mantuvieron la traza cuadricular y debido a su
amplitud y el magnífico paisaje que la rodeaba, así como la
majestuosidad de los edificios construidos, recibió entonces el calificativo de "Ciudad de los Palacios".
Un poco más adelante hablaremos de
los fotógrafos precursores del conocimiento gráfico real de
nuestra historia, mientras tanto baste mencionar que esta imagen de la Piedra
del Sol o Calendario Azteca, tiene su
origen precisamente en un daguerrotipo, que se dice fue
obtenido entre 1839 y 1842 por el grabador francés Jean Prelier.
La imagen que muestro fue ligeramente retocada para poder
apreciar correctamente las formas, dado que el procedimiento de
la daguerrotipia oscurecía las esquinas. De igual manera la
vista original del daguerrotipo se encuentra invertida y aquí se
presenta en su posición correcta. El lugar corresponde a
un costado de la torre oeste de la Catedral Metropolitana, en
donde permaneció adosada al muro por muchos años.
La Piedra del Sol, se
descubrió el 17 de diciembre de 1790 en el costado sur de la
Plaza Mayor, muy cerca de la llamada Acequia Real, que aparece
y se identifica en la segunda imagen de este trabajo. Curiosamente esta colosal
piedra estuvo apoyada en la torre oeste de Catedral, desde
su hallazgo hasta su traslado en 1885 a la sala de monolitos del
Museo Nacional de
Palacio Nacional. La
fuente de esta imagen es
George Eastman House
Uno de los frutos inesperados de las obras
urbanas promovidas por el Virrey de Revillagigedo, fue el
surgimiento de la arqueología mexicana, con el descubrimiento de
tres de los más importantes y representativos monolitos de la
cultura mexica: La Piedra del Sol o Calendario Azteca, la diosa de
la tierra
Coatlicue y la
Piedra de Tizoc, todos ellos localizados actualmente en el Museo
Nacional de Antropología e Historia de Chapultepec.
Todo empezó el 13 de agosto de 1790 cuando al efectuar la
nivelación de la Plaza Mayor, en el costado sur del Palacio
Virreinal, muy cerca de la Acequia Real, se encontró la figura de
Coatlicue, que tras de su rescate fue inicialmente trasladada
al
claustro de la Universidad, a muy poca distancia del sitio
donde fue encontrada. Tiempo después el 17 de diciembre de
1790 en la misma zona fue descubierta la Piedra del Sol.
Al año siguiente se localizó el
otro gran monolito, la Piedra de Tízoc. A la fecha no se ha
determinado la ubicación original exacta de estos monumentos,
pero se sabe que se encontraban en algún sitio del Recinto
Ceremonial
de la Gran Tenochtitlan.
Este enorme monumento pudo haber funcionado como base de los
sistemas calendáricos solar y ritual, y como punto de partida de
complicadas observaciones astronómicas.
El primer trabajo de investigación relacionado
con la Piedra del Sol se atribuye a Don Antonio León y Gama en 1792. Desde
entonces, se han realizado infinidad de estudios sobre el monolito y
una de las preguntas fundamentales sobre esta escultura calendárica
es, si su posición era horizontal o vertical, habiéndose llegado a
la conclusión que la posición normal del monolito fue
horizontal y mostraba la imagen del sistema solar, de acuerdo a las
creencias de los mexicas.. Tras su descubrimiento, la Piedra del Sol
se colocó, como ya indicamos al principio, adosada al muro
de la
torre oeste de la Catedral Metropolitana. Con el paso del tiempo y
las inclemencias climáticas, la escultura se fue deteriorando y
además, según narran los cronistas de la época, la gente lanzaba
inmundicias y fruta podrida a tan singular monumento e incluso los
soldados norteamericanos que ocuparon la ciudad de México en 1847,
la utilizaron como objetivo para practicar el tiro al blanco. En
1885 Porfirio Díaz comisionó a un destacamento militar para
transportar el monolito a la calle de Moneda 13, en Palacio Nacional,
ocupando el salón principal del Museo Nacional.
Esta fotografía se atribuye a
Abel Briquet y pudo haberse obtenido alrededor de 1880-1885, muestra la
Piedra del Sol adosada a una de las torres de Catedral, antes de que
fuera trasladada al Museo de Historia en 1885
Vista del Zócalo (Plaza Mayor) de la Ciudad de
México tal como lucía el 9 de diciembre del año de 1803,
fecha en que fue inaugurada con la estatua ecuestre en bronce del
rey Carlos IV de España,
El Caballito, al centro de la misma y donde permaneció hasta el
año de 1822. Haga click aquí
para ver esta imagen a su tamaño natural
Para eI 12 de julio de 1794, un nuevo
virrey llegó a la Nueva España, Don Miguel de Ia Grúa
Talamanca, Marqués de Branciforte que había dejado muy mala
reputación en España, por una serie de actos de corrupción que
indujeron a Carlos IV a llamarle fuertemente Ia atención. Para
congraciarse con el rey, Branciforte envió una carta
solicitándole que accediese a que en Ia Plaza Mayor de México
se Ie erigiese una nueva estatua ecuestre en bronce, que
substituiría a una estatua anterior de madera ya desaparecida.
En aquella carta se decía que la escultura tendría un costo de
18,700 pesos, pero que serían cubiertos en su totalidad por el
mismo virrey. Anexos se enviaron los proyectos de Ia escultura
y deI pedestal que habían sido diseñados por el arquitecto y
escultor Don Manuel Tolsá, por aquel entonces el Director de
Escultura en Ia Real Academia de San Carlos.
La imagen de la Plaza Mayor arriba mostrada, es similar a la
de 1793, pero en perspectiva más amplia, que muestra la gran
plaza que se construyó alrededor del monumento ecuestre de
Carlos IV en 1796. Nótese que en realidad la estrechez de la
plaza era la misma de 1793, dado que el Mercado del Parián aún
estaba ubicado en el costado izquierdo y aunque el balaustrado
de la plaza, pareciera tener forma circular, en realidad era
de forma elíptica.
Véase plano alusivo. Esta hermosa estampa fue grabada en 1797
por José Joaquín Fabregat, en base a un dibujo de Rafael
Jimeno y Planes, precisamente para conmemorar la inauguración
de la plaza y de la estatua provisional. La estatua ecuestre
definitiva fue colocada en 1803 y permaneció en ese sitio
hasta el año de 1823. Conoce la historia de la estatua de
Carlos IV, El Caballito, en este mismo sitio,
oprime aquí
Uno de los momentos mas
gloriosos de nuestra historia lo representa la fecha de la
Consumación de la Independencia el día 27 de septiembre de
1821, en la que el pueblo mexicano entusiasmado dio la
bienvenida al ejército triunfador, entre gritos, música,
estallido de cohetes y el frenético repicar de las campanas de
Catedral. En esta imagen se muestra el arco triunfal
construido en el centro de la ciudad, precisamente al inicio
de la calle de San Francisco, hoy Madero, donde se realizó la
ceremonia oficial de bienvenida y para después darles paso a las
fuerzas del Ejército Trigarante encabezado por Vicente
Guerrero y Agustín de Iturbide, en su trayecto hacia la Plaza
Mayor. El edificio del lado derecho, donde aparece gente
asomada a los balcones es la famosa Casa de los Azulejos, hoy
Sanborns y del lado izquierdo se aprecia parte del Convento de
San Francisco. La vista hacia el fondo es con dirección a La
Alameda.
Después de más de 10
años de enfrentamientos entre las fuerzas Realistas y las
Insurgentes, Agustín de Iturbide, que al mando de su ejército
había derrotado a Morelos, aceptó en 1821 encabezar la
Comandancia del Sur. En tales circunstancias y ante la
cercanía del ejército que comandaba Vicente Guerrero, vio la
ocasión para realizar un plan que unificara ambas fuerzas. Su
idea era convencer a Vicente Guerrero del plan que tenía y que
consideraba que era el camino adecuado para lograr la
Independencia. Finalmente se suscribió dicho Plan en Iguala el
24 de febrero de 1821 y lo proclamó pública y solemnemente el
día 2 de marzo de mismo año. Los tres principios fundamentales
de dicho plan fueron: Religión Católica, Unión e
Independencia. Por tal motivo la bandera que ondeó por primera
vez y que fue origen de la actual, era tricolor y por lo mismo
trigarante, o de las tres garantías, como también se le llamó.
El color blanco garantizó la Religión Católica, el color rojo
la Unión y el color verde la Independencia.
El Ejército Trigarante, como se le llamó
por las mismas razones, estaba formado por apenas 2,500
hombres que habrían de combatir en contra los 80,000 del
Ejército Realista. Afortunadamente el 30 de julio de 1821
desembarcó en Veracruz don Juan O´Donojú, nombrado nuevo
Virrey de la Nueva España, por lo que Iturbide decidió
buscarlo y logró entrevistarse con él en la ciudad de Córdoba,
Veracruz. Allí, O´Donojú constató la popularidad de
Iturbide y pensó que sería imposible impedir la consumación de
la Independencia, por lo que accedió a firmar los
Tratados de Córdoba, que confirmaron el Plan de Iguala,
reconociendo la Independencia de México el 23 de agosto de
1821.
El 27 de
septiembre de 1821 entró a México el Ejército Trigarante
encabezado por Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. En ese
preciso momento se confirmaba la independencia de una gran
nación, México recuperaba su libertad después de 300 años de
dominio español. No cabe duda, ¡debió de ser un gran día!
El General
Vicente Rivapalacio Guerrero, nieto de Vicente Guerrero
describe ese glorioso acontecimiento con las siguientes
palabras:
«...A
la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, objeto de
las más entusiastas ovaciones, don Agustín de Iturbide... al
descubrir al libertador el pueblo sintió una embriaguez de
entusiasmo. Los gritos atronaban el aire y se mezclaban en
concierto con los ecos de las músicas, con los repiques de las
campanas, con el estallido de los cohetes y con el ronco bramido
de los cañones... Aquella era una locura sublime, conmovedora;
aquel era el santo vértigo del patriotismo. Por eso será eterno
entre los mexicanos el recuerdo del 27 de septiembre de 1821...
»
Esta imagen es una
recreación lograda a partir de dos imágenes, (si quiere
saber como se logró véalas hasta el final). Aunque no es
perfecta y mucho menos real, creo que da mejor idea de la
entrada triunfal del Ejército Trigarante a la Plaza Mayor, tras recorrer la calle de San Francisco,
hoy avenida Madero. He decidido ponerla así, por haber
recibido algunos mensajes en los que me indican que la de
arriba no corresponde al Zócalo, pero además debido a que en
ninguna de las fuentes que poseo, he encontrado una imagen de
este trascendental momento de nuestra historia. Después de 300
años de dominación española, los mexicanos por fin
regresábamos al sitio de nuestros orígenes, donde estuvo
asentada la grandiosa y espectacular Tenochtitlan. Como se
comenta con más detalle en la página dedicada a la
estatua de
Carlos IV, para esa fecha de 1821, El Caballito
todavía se encontraba en la Plaza Mayor y por tratarse de la
estatua de un rey español se temía que fuera destruida por la
multitud, lo cual no habría sido importante, a no ser porque
se trata de una verdadera obra de arte del escultor Manuel Tolsá. Por este motivo la estatua, según narra la historia, fue cubierta con un globo
estructurado en
color azul, que evitó que fuese derribada por la gente. En
1822 la estatua del Caballito fue trasladada al claustro de la
Universidad, cercano a la Plaza del Volador.
Apenas unos años después
de haberse logrado la independencia nacional,
se suscitaron
varias rebeliones como la ocurrida el 30 de noviembre de
1828, con el pronunciamiento en el Cuartel de la
Ex-Acordada, del General José María Lobato que impugnaba la
elección del General Manuel Gómez Pedraza. Sus tropas se apoderaron
del Palacio Nacional, pero Gómez Pedraza decidió renunciar, lo que
provocó en respuesta un motín que derivó en el incendio y saqueo del mercado del Parián.
Del lado izquierdo de la imagen aparece el Palacio Nacional y a la derecha
la Cruz de Mañozca y parte de los 124 postes y 125 cadenas que
rodeaban el atrio de la Catedral Metropolitana. También se
aprecia una esquina del Sagrario
En el mes de agosto de 1828 se realizan elecciones
presidenciales con la participación de tres candidatos: el
general Manuel Gómez Pedraza que ocupaba el cargo de Ministro
de Guerra y Marina en el gobierno en turno de Don Guadalupe
Victoria; el general Anastacio Bustamante que era un
antiguo trigarante y
continuador de la obra de Agustín de Iturbide, y Vicente
Guerrero héroe de la Independencia apoyado por las
clases populares y con tendencias a implantar en México
las ideas masónicas yorkinas. En una elección directa el
seguro ganador habría sido Guerrero, pero la Constitución
vigente disponía que el presidente fuera electo por las
legislaciones de los estados. De esta manera el ganador de la
elección fue Gómez Pedraza, pero el primero en impugnarla fue
Antonio López de Santa Anna, que desde Jalapa, Veracruz se
pronuncia en favor de Vicente Guerrero y se levanta en armas,
con apenas un puñado de hombres.
Aún cuando Santa Anna tiene poco éxito con su aventura
revolucionaria, para el 30 de noviembre de 1828, un poco antes
de la toma de posesión del Gral. Manuel Gómez Pedraza, estalla
en la Ciudad de México, el que se conoce como Pronunciamiento
o Motín de la Ex Acordada. El
General José María Lobato al mando de un grupo militar
destacado en el cuartel de la Carcel de la Ex Acordada, se
apodera del Palacio Nacional y ante tal situación el Gral.
Gómez Pedraza opta por renunciar al cargo y abandonar el país,
con rumbo a Europa.
Tras la confusión que produce la renuncia de Gómez Pedraza, el
Gral. Lobato pierde el control de sus tropas que junto con la
turba se amotinan y realizan el saqueo e incendio del mercado
del Parián, que llevó a la muerte a muchos de los comerciantes
españoles de ese lugar. Vicente Guerrero finalmente recibe
el poder ejecutivo de manos de Guadalupe Victoria, primer
Presidente de México, una vez que el Congreso decide anular
las elecciones en las que había resultado vencedor Manuel
Gómez Pedraza.
La cárcel y el Tribunal de
la Acordada que dio nombre a estos sangrientos sucesos, estuvieron ubicados en lo que actualmente es la Av. Juárez,
entre las calles de Balderas y Humboldt. El Tribunal de
la Acordada o también denominado Tribunal de la Santa
Hermandad; era comandado por un Juez o Capitán y una serie de
colaboradores cuya característica elemental era que
funcionaban “por acuerdo de la Real Audiencia”. Inició sus
labores por el año de 1722 y operó hasta el año de 1812,
sin embargo la cárcel continuó en funciones hasta
el año de 1862. El curioso nombre
de este tribunal, procede de que su establecimiento fue “una
providencia acordada”, aprobada por la corte el 22 de
Mayo de 1722.
Esta es una vista trasera del Mercado del Parián, a la
izquierda, en la época referida arriba en que fue saqueado por
la multitud enardecida. Del lado derecho aparecen las Casas
del Cabildo (hoy edificio viejo del Gobierno del D.F.) y al
fondo se aprecia el Palacio Nacional.
Esta imagen tiene su
origen en un daguerrotipo de la Catedral que se dice fue
obtenida en 1840 por el grabador francés Jean Prelier. La
imagen que muestro fue ligeramente retocada para poder
apreciar ambas torres de la Catedral, dado que el
procedimiento de la daguerrotipia oscurecía las esquinas. De
igual manera la vista original se encuentra invertida, pues
muestra el mercado del Parían al lado derecho y debe ser tal
como aparece aquí. Véanse las dos imágenes anteriores, en
donde también se aprecia dicho mercado. Esta podría ser la más
antigua reproducción real que exista de la
Plaza Mayor capitalina, en este caso obtenida mediante un
daguerrotipo. Por otra parte, también debe de ser la
única y a la vez última foto del Mercado del Parián, que por
orden del Gral. López de Santa Anna fue demolido en 1843.
Si bien hasta antes de
1839 la única forma de conocer las formas y los detalles de
las múltiples bellezas y edificios de nuestra Patria era a
través del pincel, de la pluma o del lápiz de artistas tan
connotados como Casimiro Castro, Carl Nebel o Pietro Gualdi,
sólo por mencionar algunos de ellos, la verdad es que siempre
podría existir la duda cuan fiel podría haber sido la
reproducción lograda por ellos. Hoy sabemos, que al menos en
el caso de los artistas que he mencionado, sus obras fueron
excepcionalmente precisas, conservando el detalle, la
perspectiva y sobre todo las proporciones, por lo cual todos
sus trabajos se convirtieron en verdaderas obras de arte..
Pero fue precisamente en 1840 cuando se calcula que la imagen
de la Catedral Metropolitana, que se muestra arriba, fue
reproducida a través del proceso de la daguerrotipia, que fue
el precursor de otros procesos posteriores hasta llegar
finalmente a la fotografía de nuestros días.
Se cree que el daguerrotipo de la Catedral fue realizado por
Jean Prellier Dudoille, un grabador francés que vivió en la
Ciudad de México, y que habría arribado a Veracruz en 1839. En
un periódico de la época del cual no tengo el nombre, se
publicó el 21 de enero de1840 una nota relatando que Prellier habría hecho una demostración pública del proceso de
daguerrotipia, captando varias imágenes de la Catedral
Metropolitana y otros lugares cercanos. Por tal razón, es muy posible que la imagen
mostrada sea de
principios del año 1840 y por lo mismo la primera reproducción
real de un edificio mexicano, en este caso mediante la
obtención de un daguerrotipo. Esta imagen formó parte de la
Colección Cramer y actualmente se exhibe aquí por cortesía de
George Eastman House
Además de Jean Prellier, con el paso del tiempo los procesos
fotográficos fueron evolucionando y muchos otros fotógrafos
llegaron o nacieron en México y pudieron
tomar cientos de imágenes, que dejaron plasmados no solamente
los edificios, sino los paisajes, los personajes de la época,
las acciones de guerra y
las clásicas fotos típicas de los pobladores de distintas
regiones del país y sus costumbres.
Solo como una referencia a continuación relaciono: los nombres
de los fotógrafos que bien pueden considerarse los precursores
de nuestra historia gráfica: John Lloyds Stephens, (1805-1852)
En el año de 1841 encabeza
una expedición arqueológica al sureste mexicano, en la que por
primera vez reproduce en
daguerrotipo algunas imágenes de los templos mayas de Uxmal. Jhosep-Désiré Charnay, (1829-1915) Nacido en Francia, en 1857 e inspirado por los descubrimientos de Stephens, viaja a
México con más de 1800 kilogramos de equipaje y arriba al
puerto de Veracruz, en una época por demás complicada por la
Guerra de Reforma. Sin embargo, lo que resulta de interés para
nosotros es saber que Charnay toma varias fotografías de los