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EL ZÓCALO DE LA CIUDAD DE MÉXICO
Primera Parte
Desde la Colonia hasta antes del Porfiriato, 1555-1876.
 
Con "M" de México ... D.F.
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 MEXICO EN TUS SENTIDOS

 

Autor:
Ing. Manuel Aguirre Botello
Septiembre, 2004

  
 

 

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ZÓCALO de la CIUDAD DE MEXICO,  Parte 1

 

Introducción

 

Las razones de Cortés.

 

La Inundación de 1629

 

El Mercado del Parián

 

El Motín del Hambre en 1692

 

Reconstrucción de las Casas del Cabildo, 1714,

 

Construcción de la Catedral

 

La Plaza Mayor en el siglo XVIII

 

Revillagigedo dignifica la Plaza Mayor

 

El hallazgo de la Piedra del Sol

 

La Plaza de Carlos IV

 

Entrada del Ejército Trigarante en 1821.

 

Pronunciamiento de 1828.

 

Fotógrafos precursores

 

Demolición de Mercado del Parián

 

Primer monumento a la Independencia, 1842.

 

Mercado del Volador y monumento a Santa Anna, 1844..

 

Entrada del ejército estadounidense al Zócalo en 1847.

 

Llegada de Maximiliano al Palacio Nacional, 1864.

 

Monumento a Benito Juárez.

 

Juárez en Palacio Nacional

 

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Si buscas específicamente la evolución del Zócalo desde la Colonia hasta nuestros días, oprime aquí

Si buscas una versión más amplia de la historia referente a la Entrada del Ejército Trigarante al Zócalo, oprime aquí, si quieres ver el resumen oprime aquí

La Campana de Dolores es uno de los símbolos patrios más importantes de nuestra nación  y se encuentra localizada en en el sitio de honor del Palacio Nacional en el Zócalo de la Ciudad de México, desde el 16 de septiembre de 1896. Conocida también como el esquilón de San José, está montada en un nicho especial, localizado arriba del balcón principal de Palacio Nacional. Al concluirse las obras del tercer piso de Palacio Nacional, fue reinstalada en su lugar actual, el 14 de septiembre de 1926.



Introducción

Hablar del Zócalo quiere decir hablar de la plaza más importante y representativa de nuestro país. Sus orígenes se remontan a la época de la Conquista y a la refundación de la Ciudad de México, como tal, en el año de 1523 por Hernán Cortes. Lo que sigue no es precisamente un relato detallado de la historia de esta singular plaza, pues sería demasiado extenso y además fuera de mi alcance y conocimiento.  Sin embargo si trataré de mostrar de que manera  ha ido evolucionando con el paso de los siglos y como algunos de los acontecimientos y edificios pudieron dejar su huella, a través de algunas de las imágenes que podrán ver a continuación.
Por el número de imágenes que se incluyen he dividido este trabajo en cuatro partes: la primera que es ésta, que va desde la época de la Colonia hasta la caída de Maximiliano, la segunda parte que cubre el período porfiriano hasta 1910,  la tercera parte desde el inicio de la Revolución Mexicana hasta fines del siglo XX y una cuarta parte y final que trata de cubrir la etapa contemporánea.

 

Las razones de Hernán Cortés

Vista parcial del centro de la Ciudad de México en el año de 1555 según se muestra en el Mapa de Uppsala, ejecutado por manos indígenas, pero posiblemente bajo la dirección del cartógrafo Alonso de Santa Cruz,  dentro del que fue Colegio Imperial de la Santa Cruz, donde se impartían clases especialmente a los hijos de la nobleza indígena. Este colegio fue fundado en 1535 y estaba ubicado junto al convento de Santiago Apóstol en Tlatelolco. En la imagen se aprecia la Plaza Mayor (2), aparentemente cruzada diagonalmente por una acequia y a la derecha la Iglesia Mayor (1), que aunque  en 1530 fue expedida la bula papal para elevarla al rango de catedral, en el dibujo no se usa dicho calificativo. También se aprecia que esta iglesia, que después fue demolida como veremos más adelante, estaba orientada con su frente hacia el oriente, pero no era esa su entrada principal.  Del lado izquierdo de la plaza cruza la que fue denominada Acequia Real (3) y aparentemente un múltiple sistema de canales que aún se conservaba. Se pueden localizar también la Casa Real (4), dado que aún no existía el Palacio Virreinal y la existencia de la iglesia de Santo Domingo  (5). En la parte baja aparece la Casa del Marqués (6) que era entonces la casa de Hernán Cortés, sitio que después ocuparía el viejo Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional. La excelente digitalización de esta imagen se debe al trabajo realizado por la Dra. Lili Díaz en Europa, quien obtuvo incluso una versión estereoscópica del famoso Mapa de Uppsala. Para conocer más del proyecto Map of México 1555, oprima aquí. Para ver una versión ampliada y completa de este plano, oprima aquí.


Si hoy nos aterran (2005) las imágenes de un Nuevo Orleans inundado y destruido por un terrible desastre natural, es bueno saber que a nuestra gran Ciudad de México le ha tocado vivir aún peores adversidades. Casi todos recordamos los graves daños y el horror de la muerte que provocó el sismo de 1985, una tragedia de dimensiones incalculables, pero en verdad considero que no sería comparable con las escenas de horror y muerte que debieron vivirse al final de la caída de la Gran Tenochtitlan y la gran matanza y destrucción que dejaron las fuerzas conquistadoras de Hernán Cortés y sus aliados el 13 de agosto de 1521, tras de 75 días de asedio.
Voy a reproducir enseguida unos párrafos del excelente relato que hace el historiador Alejandro Rosas en la página de la Presidencia de Vicente Fox:  La ciudad del águila y la cruz

 

«... El 13 de agosto de 1521, luego de setenta y cinco días de sitio, la legendaria Tenochtitlan sucumbió ante el embate de los españoles y los miles de indígenas que se unieron al conquistador para terminar con el yugo del imperio azteca. No quedó piedra sobre piedra. Cortés avanzó difícilmente entre los escombros de las casas señoriales y palacios que lo habían maravillado en noviembre de 1519. La muerte impregnaba el ambiente.

Cientos de cadáveres tapizaban las calles de tierra; las de agua estaban anegadas. Conforme se fue desarrollando el sitio, los españoles tomaron calle por calle y casa por casa. Destruyeron todo a su paso para crear tierra firme en donde sólo corría agua. Un año antes, la tristemente célebre “Noche Triste” había marcado a los españoles. En la retirada muchos murieron ahogados en los canales al no encontrar caminos de tierra firme por donde huir. Al iniciar el sitio, Cortés cuidó hasta el último detalle y no olvidó la amarga experiencia: ordenó destruir las construcciones tomadas y arrojar los escombros sobre las acequias para garantizar una rápida retirada, sobre terreno sólido, en caso de que fuera necesario.

El hedor era insoportable. Se llegó a decir que los indios habían decidido no sepultar a sus muertos para utilizar la putrefacción de los cadáveres y sus fétidos olores como un arma contra los españoles. El aspecto general de la ciudad era lamentable, difícil se hacía la respiración por el aire contaminado, no había suministro de agua potable --el acueducto estaba destruido desde los primeros días del sitio-- ni alimentos y en las pocas acequias que todavía corrían por la ciudad en ruinas se combinaban agua y sangre. Aquel 13 de agosto de 1521, Tenochtitlan era prácticamente inhabitable ...»

Al final, Hernán Cortés se encontraba ante la gran disyuntiva: ¿Que hacer con los escombros de lo que había sido la Gran Tenochtitlan, cuna de una de las civilizaciones más organizadas, ricas  y avanzadas de su época?
La pregunta no era nada fácil de responder y para ello era necesario analizar los distintos puntos de vista y posibles opciones. Ante tal situación Hernán Cortés y sus fuerzas salieron de aquel devastado territorio y se dirigieron al pueblo de Coyoacan, hermoso y tranquilo lugar entonces localizado en la costa poniente de la laguna de México.
De acuerdo con las ordenanzas de la corona española el primer paso para legalizar la fundación de la capital de la Nueva España sería crear el Cabildo o Ayuntamiento, cuya primera función sería localizar cual sería el sitio más adecuado.
Muchas otras prioridades tenía Cortés antes de fundar la capital, como por ejemplo la localización de los tesoros perdidos de Moctezuma, más sin embargo en principio parecía apoyar que la nueva ciudad se construyera fuera del islote de Tenochtitlan y al menos eso hacía creer a lo miembros del Cabildo. Los lugares que se pensaba podrían reunir las características típicas de las ciudades españolas eran Coyoacan, Tacuba y Texcoco, cumpliendo con los requisitos de ambiente sano, cómodo, ventilado y seguro, con suficiente agua potable, materiales de construcción, pastizales para ganado y de fácil acceso.
Como en muchas de sus audaces actitudes, en los primeros meses de 1522, Cortés tomó la gran decisión de fundar sobre los restos de Tenochtitlan  la capital de la Nueva España  y así se lo hizo saber a Carlos V en su tercera carta de relación, fechada en mayo de 1522:
 

«...habiendo platicado en qué parte haríamos otra población alderredor de las lagunas - porque désta había más nescesidad para la seguridad y sosiego de todas estas partes - y ansimesmo viendo que la cibdad de Temixtitán que era cosa tan nombrada y de que tanto caso y memoria siempre se ha fecho, paresciónos que en ella era bien poblar, porque estaba toda destruida. Y yo repartí los solares a los que se asentaron por vecinos, y fízose nombramiento de alcaldes y regidores en nombre de Vuestra Majestad segúnd en sus reinos se acostumbra. Y entretanto que las casas se hacen acordamos de estar y residir en esta cibdad de Cuyocan, donde al presente estamos de cuatro o cinco meses acá que la dicha cibdad de Temixtitán se va reparando. Está muy hermosa, y crea Vuestra Majestad que cada día se irá ennobleciendo en tal manera que como antes fue prencipal y señora destas provincias todas, que lo será también de aquí adelante. Y se hace y hará de tal manera que los españoles estén muy fuertes y seguros y muy señores de los naturales, de manera que dellos en ninguna forma puedan ser ofendidos ...»

Era evidente que Cortés estaba cometiendo un grave error al refundar la Ciudad de México sobre los escombros de la que fue Gran Tenochtitlan y así lo consideraban tanto los miembros del Ayuntamiento como sus propios capitanes, sin embargo las razones de Cortés eran de índole política y no técnicas, la Gran Tenochtitlan había sido siempre un símbolo de fortaleza y poder para todo el resto de las provincias que le rodeaban y que le rendían tributo. ¡Cortés quería que así siguiera siendo!
Aunque al principio tuvo razón y la ciudad creció fuerte y hermosa, el tiempo se encargó de demostrarnos cuan grande fue su error..
Después de todo, uno más de los grandes errores de nuestra historia.

Como dice Cortés en su carta de relación, procedieron a repartir los solares entre los vecinos, más no dice que los mejores fueron para él.  Cortés eligió las llamadas Casas Nuevas sitio donde se levantaba el palacio que se mandó construir Moctezuma en el costado sur del gran centro ceremonial y que hoy corresponde al Palacio Nacional. También se apropió del sitio que ocupaba el gran Palacio de Atzayácatl, lugar donde Moctezuma había alojado a Cortés y sus huestes a su llegada en 1519; hoy dicho sitio es ocupado por el edificio del Monte de Piedad.
Por instrucciones de Hernán Cortés, el responsable del trazo de la que fue la Villa Rica de la Veracruz, Alonso García Bravo,  fue traído a Tenochtitlan e inició la tarea de levantar la nueva ciudad sobre la isla. La manera como estaba proyectada Tenochtitlan era bastante semejante a muchas ciudades españolas con una gran plaza central de forma cuadrangular  sin embargo en vez de estar flanqueada en sus cuatro lados por los edificios de mayor importancia --catedral, palacio y casas señoriales, el gran Centro Ceremonial era un conjunto de templos distribuidos de forma simétrica dentro del área.
Antes de escribir estos párrafos, en 2003, quise satisfacer mi curiosidad y verificar, aunque fuese de manera aproximada, que tanto coincidían entre si, el área actual que ocupa el Zócalo, con el área que ocupó el Recinto Ceremonial y pueden encontrar el mapa que muestra tal superposición en estas mismas paginas bajo el título de "Recinto Ceremonial y el Templo Mayor". Lo lógico sería que el INAH, en un sitio oficial, publicara de manera abierta todos los resultados y avances de la investigaciones que realiza, fundamentalmente con fondos públicos, más no es así, las publicaciones son impresas, las hacen los investigadores de manera directa y están a la venta del público. Ojalá que ahora que se habla tanto del derecho a la información que tenemos los ciudadanos, se abran estos archivos a la vista del público en general.
En fin el hecho es que la construcción de la Catedral Metropolitana y sobre todo el Sagrario, se hicieron sobre las ruinas de los templos prehispánicos y ocupando parte del material de demolición. Las casas de Cortés quedaron fuera del recinto ceremonial y se construyeron sobre las ruinas de los que fueron palacios habitados por Moctezuma y su padre Atzayácatl.
Al inicio de este párrafo aparece la imagen que posiblemente sea la más antigua que muestre con claridad la situación de la Plaza Mayor y los edificios colindantes.  Se dice corresponde al año de 1555 y forma parte
del plano de Alonso de Santa Cruz, cartógrafo español que trabajaba a las órdenes de Carlos V.

La Plaza Mayor en 1628, según se muestra en un detalle del plano de la ciudad dibujado por Juan Gómez de Trasmonte.  Marcado con la letra "A" aparece lo que fuera el Palacio Virreinal, con la letra "B" la  Catedral en su etapa constructiva, la letra "C" marca la localización de las Casas del Cabildo, la "D" la Casa Arzobispal y la "F" la Plaza del Volador y más atrás lo que fuera la Universidad. El número "4" parece representar de manera estilizada, el Templo de la Profesa . En color azul aparece la denominada Acequia Real. En cuanto a la letra B que muestra la Catedral, es importante observar que los terrenos que ocupaba la Iglesia Mayor primitiva, mostrada arriba en el Mapa de Uppsala, ahora aparecen vacíos. Dicha iglesia de tres naves, fue finalmente demolida en 1626, apenas dos años antes de la fecha de este plano. Para ver, en este mismo sitio, la imagen completa y ampliada de este maravilloso grabado de la Ciudad de México, oprima aquí.


Los años pasaron y en el mapa de la ciudad que pintó Juan Gómez de Trasmonte en 1628, parcialmente mostrado arriba, aparece la disposición que tenía la entonces llamada Plaza Mayor y que dio origen a nuestra actual Plaza de la Constitución, mejor conocida como Zócalo.
De las casas de Cortés, una de ellas la de Moctezuma, con el tiempo la vendieron sus sucesores y se convirtió en el Palacio Virreinal, la otra la de Atzayacatl, no aparece en el dibujo pero actualmente y en su lugar se encuentra el edificio del Nacional Monte de Piedad.
 

La terrible inundación de 1629-1633

La Ciudad de México y por lo mismo la Plaza Mayor sufrió la peor inundación de toda su historia apenas un año después de que Trasmonte la pintó muy bella y bien cuidada en 1628. La inundación duró desde 1629 hasta 1633 y destruyó una gran parte de la ciudad, murieron 30,000 indígenas y las familias españolas la abandonaron, reduciendo el número de 20,000 a solamente 400 vecinos. Este dibujo, del que se desconoce la autoría muestra de manera esquemática el gran desastre que vivió la ciudad. Léase en los textos de la imagen la indicación de que la Albarrada de San Lázaro fue totalmente cubierta por el agua y que todos los arrabales en dirección poniente se perdieron.


Hernán Cortés cometió otro error al romper el delicado equilibrio hidráulico que guardaba el entorno lacustre de la Gran Tenochtitlan. No solamente destruyó en varios sitios la Albarrada de Netzahualcoyotl para dar paso a los 13 bergantines que construyó para invadir la isla, sino que al final ordenó tapar las acequias que existían con el material de demolición de los templos que destruyó. Me parece intuir que el equilibrio hidráulico era en extremo delicado y además bastante complicado, pues los mexicas y a raíz de la gran inundación que vivieron en el año de 1450 se vieron precisados a regular de manera por demás ingeniosa, el flujo de agua de los lagos que circundaban la Gran Tenochtitlan. La albarrada construida por Netzahualcoyotl después de la gran inundación de 1450, fue una magna obra que permitió que el agua dulce procedente de los manantiales y los lagos de Xochimilco y Tlahuac rodeara la isla, separándola de las aguas salobres y poco útiles del lago de Texcoco. Esta gran idea hizo florecer la agricultura y la pesca en la zona y mediante compuertas y pasos levadizos regulaban tanto el flujo de las aguas como el de las canoas, que era su principal y eficaz medio de transporte. Los conquistadores menospreciaron y destruyeron sistemáticamente el sistema hidráulico de los mexicas y los resultados fueron nefastos. Ya en otra sección sobre Tenochtitlan dijimos como fue que Bernal Díaz del Castillo quedó pasmado cuando apenas algunos años después de haber estado en Iztapalapa en 1519, aquel lugar se había transformado:
 

«...que si no lo hubiere de antes visto dijera que no era posible que aquello que estaba lleno de agua, que esté ahora sembrado de maizales ...»
 

Los lagos por alguna razón fueron perdiendo su volumen de agua, pero no despareció el peligro de las inundaciones en tiempo de lluvias y por lo mismo se construyó otra albarrada en 1555, denominada de San Lázaro, que protegía la isla por el lado oriente. Esta construcción no recibió el adecuado mantenimiento y por lo mismo quedó sujeta a filtraciones y roturas. No es aquí el lugar para narrar todas las peripecias que vivió aquella renaciente ciudad y sus esfuerzos para buscar una salida a las aguas pluviales de la cuenca cerrada que es el Valle de México, pero la suerte estaba echada y para el año de 1629 la extremadamente intensa temporada de lluvias y el posible error de Enrico Martínez al permitir el taponamiento de la boca del desagüe que estaba construyéndose,  dio lugar a la inundación más terrible, destructiva y prolongada de la historia de la capital de nuestro país.
El día 21 de septiembre de 1629 una violenta y torrencial tormenta descargó sus aguas durante 36 horas continuas sobre la ciudad y  las lagunas del valle. El volumen del agua proveniente de los lagos de Zumpango, Xaltocán, San Cristobal y Texcoco que se encontraban por arriba del nivel de la ciudad, descargaron sus excedentes en cascada, hasta romper totalmente las protecciones del alabarradón de San Lázaro.
En carta al rey de España, el Arzobispo Manso y Zúñiga le escribió:
 

«...que murieron 30,000 indios y de 20,000 familias españolas no le habían quedado a México cuatrocientos vecinos, quedando aquella como un cadáver muerto (sic) ... »

Pero a esta desgracia del impacto inicial de las lluvias, debemos agregar el tiempo que permanecieron inundadas todas las calles de la ciudad.
 ¡Aunque nos pueda parecer increíble la Ciudad de México permaneció 5 años bajo las aguas!
No resulta fácil asimilar la magnitud del desastre.

Para el 22 de octubre de 1629, y con el nivel de las aguas cada vez más alto, el mismo Arzobispo Manso fue consultado por el virrey respecto a que acciones pudieran tomarse para resolver el grave problema y éste le dijo
 

«...que primero habría que ver si quedaba aún ciudad que preservar pues de lo contrario convenía mas cambiarla de sitio ... »

Para los meses de junio, julio y septiembre de 1630, ¡un año después! la inundación fue en aumento y se complicaron gravemente los problemas de salud de la  población,  por la contaminación de las aguas. Las juntas, consultas, proyectos, e inspecciones oculares, se multiplicaron, pero la solución final se pospuso hasta el año de 1631, cuando se concluyó sobre la inconveniencia de cambiar de sitio la ciudad, por la gran inversión que se había hecho en las propiedades (50 millones de pesos) y que por lo mismo sería más conveniente gastar 4 millones de pesos en la conclusión de las obras del desagüe.
Otra buena oportunidad de haber cambiado de sitio nuestra ciudad capital, se había perdido irremisiblemente...

Es por demás evidente que la Plaza Mayor estuvo cubierta por las aguas durante esta larga etapa de nuestra historia y por lo mismo la Catedral, que se encontraba en construcción vio afectado el  proceso de las obras, las que fue necesario suspender totalmente.

Una anécdota curiosa se refiere a que cuando las rogativas de los fieles resultaron inútiles y la inundación continuó día tras día en aumento, el Arzobispo Manso decidió transportar la imagen de la Virgen de Guadalupe desde su santuario en el Tepeyac hasta la inundada Catedral y ver si así los libraba de tan terribles males. Veamos a continuación un fragmento del relato del jesuita Florencio:
 

«...Salieron de la ciudad en una flota de canoas y góndolas bien aderezadas y esquisadas de remos .... y navegando al santuario  ( porque no podía ya caminarse por tierra) la sacaron de su altar después de casi 108 años que había sido llevada a él ... y embarcándola en la faluca del arzobispo, acompañada de los principales personajes que en ella cupieron bogaron hacia México con aparato grande de luces en las embarcaciones, de música, de clarines y chirimías, cantando el coro de la Catedral himnos y salmos, con más consonancia que alegría  ... »

Resulta interesante saber que a pesar de la estancia de la Virgen de Guadalupe en la (aún inconclusa) Catedral, desde 1629 y hasta el año de 1635, la inundación continuó.

Y este fenómeno natural, que bien pudo ser motivado por errores humanos (destrucción de la Albarrada de Netzahualcoyotl), nos hace recapacitar muy seriamente sobre los grandes riesgos que, aún ahora, sigue corriendo la Ciudad de México. Así como Nueva Orleans tiene zonas urbanas por debajo del nivel del mar, la Ciudad de México tiene a su vez una buena parte de  su área  conurbada, por debajo del nivel de las aguas de los lagos y presas que la rodean.
El Canal del Desagüe hace ya muchísimos años que funciona a contra-pendiente y el agua se debe extraer mediante un sistema de estaciones de bombeo escalonadas y a un costo prohibitivo. Pero si esto es grave, pues depende del suministro de electricidad, el Sistema de Drenaje Profundo, joya de nuestra ingeniería mexicana, no cuenta con opciones alternas y un taponamiento (similar al de 1629) evitaría la salida de las aguas de la ciudad. Una situación así en época de lluvias torrenciales  provocaría  que en un corto tiempo el centro histórico y una área muy grande a su alrededor,  quedaran gravemente cubiertas por las aguas. 
Del gran desastre de 1629, es relativamente poco lo que sabemos, evidentemente no hay fotos, no hay videos, ni grabaciones de audio, pero ahora todo el mundo pudo observar, casi en vivo, el efecto devastador del huracán Katrine y posteriormente la inundación de gran parte de la ciudad, al romperse los diques de protección. Hemos visto también, el sufrimiento de más de medio millón de habitantes y el grave problema político y social que se generó.
Por la seguridad de una gran ciudad como la nuestra (gigantesca ciudad diría yo) es algo que no podemos soslayar, debemos estar concientes de ello y tomar las medidas y acciones necesarias que puedan evitarlo. Las obras subterráneas no son lucidoras para los políticos, pero todos sabemos que en este caso son prioritarias. La ampliación y el mantenimiento permanente del Sistema de Drenaje Profundo no deben de ser olvidados. ¡Recordemos 1629!
 

El Mercado del Parián

Plaza Mayor de la Ciudad de México, según la traza del plano  realizado por Carlos López del Troncoso en 1760 y posteriormente grabado por Diego Franco. La Catedral parece tener una sola de sus torres en proceso de construcción y está marcada con la letra "A". La letra "B" representa el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional y la letra "C" las Casas del Cabildo hoy Palacio de Gobierno del D.F.. Enfrente del Palacio Virreinal y a un costado de Catedral se encuentra el Mercado del Parián marcado con la letra "G", ocupando gran parte de la plaza. La letra "E" representa la Plaza del Volador, la "D" la Casa del Arzobispado, la "F" muestra la Casa de Moneda y la H el Portal de Mercaderes. Para ver, en este mismo sitio, la imagen completa y ampliada de este maravilloso grabado de la Ciudad de México, oprima aquí.



Dentro de la Plaza de Armas y frente al Palacio del Ayuntamiento el virrey de la Nueva España, Marqués de Cerralvo, mandó a construir un edificio destinado a cuartel de caballería el 15 de  enero de 1624. Este local posiblemente provisional, no se aprecia en la imagen del plano de Gómez de Trasmonte de 1628. Con el tiempo este sitio acabó por convertirse en mercado para la venta de artículos diversos.
El 8 de junio de 1692 y a raíz del denominado el Motín del Hambre, tanto el mercado como el Palacio del Ayuntamiento y el Palacio Virreinal fueron incendiados por la turba enardecida.
Pero fue hasta el 17 de agosto de 1695 cuando el virrey Conde de Gélves inició las obras de construcción del edificio definitivo en piedra mamposteada y estuvo a cargo de Pedro Jiménez de Cobo que tenía el cargo de Regidor Obrero. Esta obre se concluyó hasta el año de 1720 y constaba de dos pisos con un total de130 locales distribuidos en el exterior e interior,  para lo cual se contaba con 8 puertas de acceso.
Tomó el nombre de El Parián en virtud de su semejante del mismo nombre que existía en Manila, Filipinas, sitio del que procedían la mayor parte de las mercaderías que allí se vendían.
Durante mucho tiempo fue considerado el centro del comercio de la ciudad, por la enorme variedad de finos productos que allí se expendían, pero con el paso del tiempo el sitio y la calidad de sus mercancías se fue degradando, al grado de que la Marquesa de Calderón de la Barca llegó a comentar que el espectáculo de un bello atardecer en la Plaza Mayor, no tendría rival a no ser por un defecto

«... el tener una pila de tiendas llamadas El Parián que rompe la uniformidad ...»

A continuación también reproduzco unos cuantos párrafos que don Guillermo Prieto escribió en su libro Memorias de mis Tiempos:

«...Por aquel tiempo se ordenó y llevó a cabo la demolición del Parián, grande cuadrado que ocupaba toda la extensión que hoy ocupa el Zócalo, con cuatro grandes puertas, una a cada uno de los vientos, y en las caras exteriores, puertas de casas o tiendas de comercio. En el interior había callejuelas y cajones como en el exterior y alacenas de calzados, avíos de sastre, peletería, etc.
En un tiempo los parianistas constituían la flor y la nata de la sociedad mercantil de México, y amos y dependientes daban el tono de la riqueza, de la influencia y de las finas maneras de la gente culta.
La parte del edificio que veía al palacio la ocupaban cajones de fierros, en que se vendían chapas y llaves, coas y rejas de arado, parrillas y tubos, sin que dejaran de exponerse balas y municiones de todos calibres, y campanas de todos tamaños. Al frente de la catedral había grandes relojerías..., la contraesquina de la 1.ª calle de Plateros y frente del portal la ocupaba la gran sedería del Sr. Rico, en que se encontraban los encajes de Flandes, los rasos de china, los canelones y terciopelos, y lo más rico en telas y primores que traía la Nao de Dhina... En el interior, principalmente, los cajones de ropa eran de españoles
... »

Véase más adelante sobre la Demolición del mercado del Parián.


Aquí se muestra una imagen del Mercado del Parián que se ubicaba dentro de la Plaza Mayor, aunque aquí luce impecable y limpio, en sus últimos años llegó a a ser un foco de suciedad y contaminación. Al fondo se muestra la Casa del Cabildo o Ayuntamiento y a la derecha lo que fue el portal de Mercaderes.


El Motín del Hambre

Tras las desastrosas inundaciones de 1629, la ciudad continuó siendo presa de grandes problemas para desfogar las aguas de lluvia en los años de fuertes precipitaciones. En 1691 el Valle de México se vio azotado por muy fuertes y prolongadas lluvias que aparte de causar terribles estragos a la población y las construcciones, provocó una terrible escasez en la producción de granos.
Para el año siguiente este y otros muchos motivos de inconformidad dieron lugar a un hecho insólito en la historia de la entonces llamada Plaza Mayor y que se conoce como el Motín del Hambre
No es aquí el lugar para hacer una relación detallada de lo acontecido pero durante la administración del virrey Gaspar de la Cerda, Conde de Gélves, ocurrió el más grave de los disturbios que hubo en la capital de la Nueva España,
 El 8 de junio de 1692, debido a la falta de granos básicos en la Ciudad de México, el pueblo se amotinó apedreando primero el Palacio Virreinal, para después prender fuego en casi todos los balcones y puertas del ala sur del palacio, en donde se encontraban los aposentos de los virreyes. No conformes con ello los amotinados causaron graves saqueos e incendios en los denominados "cajones" comerciales diseminados en la plaza y dentro del mercado del Parián y prosiguieron después con el Ayuntamiento también conocido como casas del Cabildo.
Un resumen de daños, incluiría los portales interiores y algunos aposentos de la casa de los virreyes, el zaguán de la puerta principal del Cuerpo de Guardia, la Cárcel, la Sala del Crimen, la Sala de los Tormentos, la Escribanía y sus archivos y la Real Audiencia, todo esto en el Palacio Virreinal. don Carlos Sigüenza y Góngora, relator y actor de estos hechos,  logró evitar la quema de importantes archivos del Tribunal de Cuentas y de la Sala de Real Acuerdo.
Los más graves daños se dieron en el edificio del Ayuntamiento que quedó totalmente consumido por las llamas, incluyendo los aposentos de los Corregidores, la Diputación y la Alhóndiga, principal motivo de las disputas, por el exiguo reparto de granos. Las pérdidas materiales y el costo de lo robado se calculó en 3 millones de pesos y la pérdida de vidas humanas nunca se estableció con exactitud.
La siguiente excepcional imagen, nos muestra en detalle los destrozos del Palacio Virreinal que aún se apreciaban en 1695, fecha en que Cristóbal de Villalpando tuvo a bien realizar su histórico y descriptivo trabajo.
Las obras de reconstrucción del palacio tardaron muchos años en realizarse y fue entre 1714 y 1720 que el Virrey Fernando de Alencáster, Duque de Linares, tuvo a bien ejecutar.
 


En esta muy bella y descriptiva imagen, cuya autoría pertenece al gran artista Cristóbal de Villalpando, pueden apreciarse los grandes daños causados por el incendio en el ala sur de palacio en 1692. Por si fuera poco podemos apreciar el grado de avance las obras de Catedral, aún sin concluir, el Mercado del Parián al frente, la muy amplia Acequia Real del lado derecho y el sin número de puestos y cajones que atiborraban la plaza de comerciantes y posibles compradores. La obra de Villalpando es de 1695 y actualmente se encuentra en Inglaterra y forma parte de la Colección James Mathuen Campbell. Oprima aquí para verla en mayor tamaño y detalle.



La reconstrucción de las Casas del Cabildo

Litografía que publicó el ilustre Casimiro Castro en su Album México y sus Alrededores en 1855, corresponde al Edificio del Ayuntamiento una vez reconstruido.


Las Casas del Cabildo, después conocidas como Edificio del Ayuntamiento, aparecen primeramente señaladas en la imagen de la Plaza Mayor del año de 1628 y como se ha dicho arriba, fueron radicalmente destruidas e incendiadas durante el Motín del Hambre de 1692, incluyendo los locales de la Alhóndiga y la Carnicería,
Por tal motivo, dichos edificios fueron reedificadas totalmente por instrucciones del Virrey Fernando de Alencáster, iniciando las obras en 1714 y  concluyendo en el año de 1722. La obra se efectuó bajo la dirección de Pedro de Arrieta y José Miguel Álvarez, maestros de arquitectura, según consta en un viejo Libro de Cuentas del que tuvo conocimiento don Guillermo Tovar y Teresa y quién amablemente me proporciona el dato. Al ser totalmente reconstruido, el edificio del Ayuntamiento toma la ubicación, alineación y forma que tiene en la actualidad.

Para conocer más detalles sobre la evolución y reconstrucción de las que originalmente se conocieron como Casas del Cabildo, se puede acceder en este mismo sitio, a una página que muestra su evolución histórica en forma grafica, para ello oprima aquí.


La construcción de la Catedral Metropolitana
Oprima sobre la imagen para ver la versión ampliada

La Catedral de la Ciudad de México en proceso de construcción en una fecha posiblemente posterior a 1760. Obsérvese la posición de la Cruz de Mañozca al frente del Atrio y la situación de la barda perimetral que  coinciden con los mostrados en el dibujo de López del Troncoso, más arriba mostrado y que también corresponde al año de 1760. La Catedral Metropolitana se realizó con un proyecto de Claudio de Arciniega, comenzando su construcción en 1573 y terminando 218 años después alrededor de 1791.


Tras concluida la conquista, Hernán Cortés ocupó los servicios de Alonso García Bravo en 1522, para realizar la traza de lo que sería la nueva ciudad de México. Entre otras cosas, dispuso reservar al norte de la proyectada gran Plaza Mayor, alrededor de 25 solares que se utilizarían para construir una Iglesia Mayor y sus necesarias dependencias. Tras de múltiples contratiempos y el viaje a Las Hibueras de Cortés, el inicio de la construcción del gran templo se pospuso e incluso los terrenos fueron ocupados por tiendas diversas y hasta una plaza de toros.
No pudo ser hasta el año de  1524 que Cortés a su regreso, ordena al Maese Martín de Sepúlveda, maestro de obras y alarife de la ciudad, la construcción de una primitiva iglesia en el lugar designado, aprovechando material demolido de los templos mexicas que fue utilizado como cimiento. Esta Iglesia Mayor, que se aprecia claramente en el plano de Alonso de Santa Cruz al principio de este texto, estaba orientada de oriente a poniente, o sea al contrario de la actual catedral y no era otra cosa que un modesto templo de planta basilical y tres naves. Su largo total era equivalente en forma aproximada al ancho de la actual Catedral, sin el Sagrario, mientras que el ancho de las tres naves juntas apenas llegaban a los 30 metros.
Esta iglesia fue convertida en Catedral por acuerdo del emperador Carlos V y el Papa Clemente VII,  según la bula papal del 9 septiembre de 1530, sin embargo  la Cédula Real llega a poder de Fray Juan de Zumárraga hasta el mes de mayo de 1532, mientras tanto, el título de Metropolitana lo recibe hasta 1547 por acuerdo del Papa Paulo III. La Catedral queda terminada en el año de 1534 y según nos relata don Manuel Toussaint:

«... Esta iglesia pequeña, pobre, vilipendiada por todos los cronistas que la juzgaban indigna de una tan grande y famosa ciudad, prestó bien que mal sus servicios durantes largos años ... »

Como los planes para la construcción de una Catedral más grande, digna de la más  importante ciudad de la Nueva España, hubieron de posponerse por largos años, esta pequeña catedral continuó en servicio, habiéndose  reparado en forma total en el año de 1584. Pasarían 42 años antes de que esta singular iglesia  fuera finalmente absorbida por la nueva construcción y demolida en el año de 1626.

Para 1562 se realiza el trazo de la que sería catedral definitiva, conservando la misma orientación Oriente-Poniente, e incluso se comienzan a construir los cimientos de la que se proyectaba tan grande como la de Sevilla y habría de contar con 7 naves. Sin embargo para 1565 los cimientos prácticamente terminados, se abandonan por muy diversas razones e inconvenientes.

No sería hasta 1570, en que se rectifican los trazos y se reorienta la catedral en dirección Norte-Sur, pero ahora  en base a un proyecto desarrollado por el arquitecto español Claudio de Arciniega, que finalmente fue respetado plenamente hasta su conclusión.
Los trabajos de construcción de los nuevos cimientos no comenzaron sino hasta 1571, cuando el virrey Martín Enríquez y el arzobispo Pedro Moya de Contreras colocaron la primera piedra de tan colosal obra. Considerado el Primer Monumento Religioso de América, la Catedral Metropolitana de México fue edificada a lo largo de 218 años participando en la obra 16 distintos arquitectos.
Para 1573 y ante los múltiples problemas que presentaba la cimentación  de tan singular obra, asentada literalmente sobre el fango, se copió el modelo de los Mexicas y se llevó a cabo una plancha de cascajo y piedra apoyada sobre estacas de madera a una distancia de 60 centímetros cada una, que en conjunto sumaban 22 mil. Este ingenioso sistema de construcción, de aportación netamente mexicana, ha perdurado hasta nuestros días y a través de su evolución tecnológica, el principio básico se ha utilizado para construir todas las grandes edificios y monumentos existentes en la Ciudad de México.  Finalmente las estacas de madera del proyecto original, han podido resistir terribles sismos, incendios y hundimientos por más de 400 años. En épocas recientes hubieron de ser definitivamente reforzados ante la inminencia de un posible derrumbe después del terremoto de 1985.

La construcción de la catedral Metropolitana se demoró muchos años y es imposible dar detalles en un corto resumen, pero baste saber que los cimentos se terminaron hasta 1581 y que para 1585 se trabajaba ya en la construcción de las capillas; para 1615 todos los muros tenían más de la mitad de su altura y ocho bóvedas habían sido totalmente terminadas. Es por este motivo que para 1626 se decide demoler la catedral primitiva. Como ya lo dijimos antes, un fenómeno natural extraordinario provocó la inundación de la capital en 1629, misma que se prolongó por 4 largos años y que trajo inumerables contratiempos a la construcción, que obligaron a suspender las obras e incluso pensar en la cancelación del proyecto. Tras la decisión de no cambiar de sitio la capital virreinal, las obras continuaron con lentitud y no fue hasta 1787 que bajo la dirección de Damián Ortiz, se comenzó la construcción de ambas torres, quedando totalmente terminadas hasta el año de 1791.
Resulta de interés mencionar brevemente la participación del escultor y arquitecto Manuel Tolsá en la modificación de la cúpula central del conjunto, que se realizó después de terminadas las torres. También diseñó y colocó las balaustradas y en la fachada construyó el cubo del reloj rematado por tres obras maestras suyas: La Fe, La Esperanza y La Caridad.
Las obras del Sagrario fueron concebidas por Lorenzo Rodríguez, habiéndose colocado la primera piedra en 1749 y la conclusión de la obra tuvo lugar en 1768.
La referida al principio, Cruz de Mañozca, que en 1760 se encontraba al frente de la Catedral, la hizo trasladar de Tepeapulco, Hidalgo, el entonces Arzobispo don Juan de Mañozca, quien concluyó su colocación el 14 de septiembre de 1649 en el frente de lo que era entonces el cementerio; posteriormente en 1803 es trasladada a la esquina del atrio del lado de la calle de Seminario, en donde permanece hasta ahora.
En la imagen mostrada más abajo, aparece la Catedral Metropolitana completamente terminada y las obras de embellecimiento de la Plaza Mayor llevadas a cabo por el Virrey de Revillagigedo.en 1793.
 

La Plaza Mayor en la segunda mitad del Siglo XVIII.


Esta es una grandiosa imagen que nos muestra gran detalle de lo que fue la Plaza Mayor después de 1760 y hasta antes de ser despejada para celebrar la coronación del Rey Carlos IV en diciembre de 1789. El autor, aparentemente es anonimo, pero gracias a él tenemos una idea en extremo clara y fidedigna de como era entonces esa gran plaza. Las proporciones no son exactas, incluso la perspectiva del mercado del Parián me permití  modificarla ligeramente, pero la multitud de detalles que nos muestra, servirán para entender mejor los textos que siguen. En la escena se representa el trayecto de una visita del virrey (desconozco si se refiere a Revillagigedo) a la Catedral Metropolitana, en un día de fiesta .Para ver la imagen ampliada oprima aquí y podrá apreciar en detalle muchos de los usos y costumbres de la época. ¡En verdad es sensacional poder retornar al pasado, con tan solo hacer un click!  La imagen es grande y puede tardar algunos segundos en cargar.



Es muy probable que la apariencia de la gran Plaza Mayor, hoy Zócalo de nuestra caótica y secuestrada ciudad capital 2006, no siempre lució tan bella y remozada como pudiésemos imaginar cuando se nos habla de la muy noble y leal Ciudad de México. Es evidente que después de la segunda mitad del siglo XVIII la degradación de la gran plaza y la ciudad en lo general, había llegado al extremo de quedar totalmente invadida, (como hoy) y ser presa de vendedores, (como hoy)  suciedad  y desorden urbano (como hoy). Tendría que llegar el nuevo Virrey de Revillagigedo, quién fue el autor del "despeje" y ordenamiento de la gran plaza y la transformación y urbanización de la ciudad capital.
Antes de continuar quisiera describir brevemente la imagen mostrada arriba. En la parte inferior se pueden apreciar los remates del edificio del Palacio Virreinal, por lo que la vista es de oriente a poniente. El cuadrángulo de arriba representa el ya descrito, Mercado del Parían y atrás de él se encuentra el Portal de Mercaderes. A la izquierda del Parián se encuentran las llamadas Casas del Cabildo. Del lado derecho del Parián se aprecia una parte de la fachada de Catedral, sus enrejados e incluso al centro, la Cruz de Mañozca, al frente del cementerio del atrio.
Al frente de la imagen vemos una pequeña calzada abierta para dar paso al cortejo del virrey con rumbo a la Catedral. Detrás de la calzada se aprecia el tianguis con puestos provisionales techados con tejas y en el medio una fuente o pila de agua que fue construida en 1713. Del lado izquierdo se aprecian dos detalles importantes, dos grupos de locales comerciales, conocidos como los cajones de San José, construidos en 1756 y que eran en total 35 y atrás de ellos el paso de la que se conocía como Acequia Real, parcialmente entubada y el que fue Portal de las Flores.

Sin embargo creo que es justo mencionar algo de lo que realmente pudo encontrar el  virrey Revillagigedo a su llegada a la Ciudad de México en 1789. don Artemio de Valle-Arizpe incluye en su libro "La muy noble y leal Ciudad de México", la crónica de uno de los testigos oculares de la época.  Veamos al menos en algunos de sus párrafos,  lo que relata don Francisco Sedano, en lo que tiene que ver con la Plaza Mayor y el Palacio Virreinal. Debe entenderse que se refiere a lo que quedaba de la plaza, pues un gran espacio cuadrangular, como ya lo dijimos,  estaba ocupado de forma permanente por el  mercado del Parián. Para entender mejor a lo que se refiere vale la pena auxiliarse con la imagen de arriba y la descripción previa que hice.

«... La Plaza Mayor de esta ciudad de México estuvo ocupada con el mercado, dispuesta con techados o jacales de tejamanil en forma de caballete, que se arrendaban por cuenta del Ayuntamiento. Se despejó para celebrar la proclamación del señor Carlos IV, en 27 de diciembre de 1789 ... Esta plaza cuando estaba el mercado era muy fea y de vista muy desagradable. Encima de los techados de tejamanil había pedazos de petate, sombreros y zapatos viejos, y otros harapos que echaban sobre ellos. Lo desigual del empedrado, el lodo en tiempo de lluvias, los caños que atravesaban, los montones de basura, excrementos de gente ordinaria y muchachos, cáscaras y otros estorbos, la hacían de difícil andadura. Había un beque o secretas que despedía un intolerable hedor, que por lo sucio de los tablones de su asiento, hombres y mujeres hacían su necesidad trepados en cuclillas, con la ropa levantada a vista de las demás gentes, sin pudor ni vergüenza, y era demasiada la indecencia y deshonestidad ... Hay en dicha plaza los llamados cajones de San José. Estos con sus altos encima y sus ventanas a la plaza, estuvieron enfrente del Portal de las Flores: corría la acequia a su espalda y entre esta y el portal había un techo. Estaban divididos en dos trechos ... eran de dos puertas cada uno, de 5 varas de fondo en número de 35 ...  En la Plaza mayor está una pila o fuente de agua, la que se fabricó en el año de 1713; se halla esta pila en el  lugar cercano a donde está la más cercana a la Cárcel de la Corte. Era ochavada de 48 varas de circunferencia, de 6 varas cada ochavo y, en cada uno, un escalón para alcanzar el agua ... Duró hasta fin del año 1791, que se desbarató para despejar la plaza. Esta pila fue una muy grande inmundicia, el agua estaba hedionda y puerca, a causa de que metían dentro para sacar agua, las ollas puercas de los puestos y también las asaduras para lavarlas. Las indias y gente soez metían dentro los pañales de los niños para lavarlos fuera con el agua que sacaban, por lo que sobre el agua había grandes costras nadantes sobre salea ...»

Y esto, aunque parece increíble, es parte de lo que narra Sedano sobre el Palacio Virreinal:

«... Este Palacio era anteriormente una honrada casa de vecindad; había dentro de él cuartos de habitación y de puesteros de la plaza, bodegas de guardar frutas y comestibles, fonda y vinatería que llamaban la Botillería, truco, panadería con amasijos, almuercerías donde se vendía pulque públicamente y de secreto, chinguirito, juego de naipes público en el cuerpo de guardia y otro donde llamaban el Parque, juego de boliche y montones de basura y muladares ...»

Como podemos ver, no necesariamente todo tiempo pasado fue mejor.

 
El Virrey de Revillagigedo y el embellecimiento de la Plaza Mayor.

La Plaza Mayor de la Ciudad de México en el año de 1793, tras de ser de ser retirados todos los puestos del mercado ambulante, a la vez que fue remodelada y embellecida por el Virrey de Revillagigedo. A la derecha el Palacio Virreinal, a la izquierda el mercado del Parián y al fondo totalmente terminada la Catedral Metropolitana. La imagen original de esta obra se encuentra en el Archivo General de Indias en Sevilla.


La llegada a México en 1789 del virrey Vicente Güemez Pacheco de Padilla Horcasitas y Aguayo, segundo Conde de Revillagigedo   significó, entre otras cosas,  la mejora del paisaje urbano, la limpieza y el embellecimiento de la ciudad. Para ello fue necesario abrir nuevas calles, renovar el empedrado e iluminación de las existentes, crear zonas verdes y evitar la presencia de animales de corral en las vías publicas, y por otra parte regularizar la recolección  de la basura y   prohibir la defecación en las calles y banquetas.
En relación a nuestro tema,  tanto el Palacio Virreinal como la Plaza Mayor finalmente dejaron de ser  verdaderos muladares, invadidos por el comercio ambulante. Fue en esta época en que el virrey logró confinar a los vendedores ambulantes dentro de los mercados del Volador y del Factor, mientras que el Mercado del Parián  fue reconstruido y dedicado a la venta de importaciones y productos finos. 
El virrey tuvo que enfrentarse a las resistencias tanto de la población como de los cuerpos municipales, pero fue  mediante bandos y medidas obligatorias que logró hacerla más limpia y ordenar la ciudad: en menos de cinco años, antes de su partida y retorno a España en 1794.
La Ciudad de México se convirtió en la ciudad mejor urbanizada del naciente siglo XIX, sus calles mantuvieron la traza cuadricular y debido a su amplitud y el magnífico paisaje que la rodeaba, así como la majestuosidad de los edificios construidos, recibió entonces el calificativo de "Ciudad de los Palacios".
 

El hallazgo de la Piedra del Sol

Un poco más adelante hablaremos de los fotógrafos precursores del conocimiento gráfico real de nuestra historia, mientras tanto baste mencionar que esta imagen  de la Piedra del Sol o Calendario Azteca, tiene su origen precisamente en un daguerrotipo,  que se dice fue obtenido entre 1839 y 1842 por el grabador francés Jean Prelier. La imagen que muestro fue ligeramente retocada para poder apreciar correctamente las formas, dado que el procedimiento de la daguerrotipia oscurecía las esquinas. De igual manera la vista original del daguerrotipo se encuentra invertida y aquí se presenta en su posición correcta.  El lugar corresponde a un costado de la torre oeste de la Catedral Metropolitana, en donde permaneció adosada al muro por muchos años. La Piedra del Sol, se descubrió el 17 de diciembre de 1790 en el costado sur de la Plaza Mayor, muy cerca de la llamada Acequia Real, que aparece y se identifica en la segunda imagen de este trabajo. Curiosamente esta colosal piedra estuvo apoyada en   la torre oeste de Catedral, desde su hallazgo hasta su traslado en 1885 a la sala de monolitos del Museo Nacional de Palacio Nacional.  La fuente de esta imagen es George Eastman House



Uno de los frutos inesperados de las obras urbanas promovidas por el Virrey de Revillagigedo, fue el surgimiento de la arqueología mexicana, con el descubrimiento de tres de los más importantes y representativos monolitos de la cultura mexica: La Piedra del Sol o Calendario Azteca, la diosa de la tierra Coatlicue y la Piedra de Tizoc, todos ellos localizados actualmente en el Museo Nacional de Antropología de Chapultepec.
Todo empezó el 13 de agosto de 1790 cuando al efectuar la  nivelación de la Plaza Mayor, en el costado sur del Palacio Virreinal, muy cerca de la Acequia Real, se encontró la figura de Coatlicue, que tras de su rescate fue inicialmente trasladada  al claustro de la Universidad,  a muy poca distancia del sitio donde fue encontrada. Tiempo después  el 17 de diciembre de 1790 en la misma zona  fue descubierta la Piedra del Sol.   Al año siguiente se localizó el otro gran monolito, la Piedra de Tízoc. A la fecha no se ha determinado la ubicación original exacta de estos  monumentos, pero se sabe que se encontraban en algún sitio del Recinto Ceremonial de la Gran Tenochtitlan.
Este enorme monumento pudo haber funcionado como base de los sistemas calendáricos solar y ritual, y como punto de partida de complicadas observaciones astronómicas.

El primer trabajo de investigación relacionado con  la Piedra del Sol se atribuye a don  Antonio León y Gama en 1792.  Desde entonces, se han realizado infinidad de estudios sobre el monolito y una de las preguntas fundamentales sobre esta escultura calendárica es, si su posición era horizontal o vertical, habiéndose llegado a la conclusión  que la posición normal del monolito fue horizontal y mostraba la imagen del sistema solar, de acuerdo a las creencias de los mexicas.. Tras su descubrimiento, la Piedra del Sol se colocó, como ya indicamos al principio, adosada al muro  de la torre oeste de la Catedral Metropolitana. Con el paso del tiempo y las inclemencias climáticas, la escultura se fue deteriorando y además, según narran los cronistas de la época, la gente lanzaba inmundicias y fruta podrida a tan singular monumento e incluso los soldados norteamericanos que ocuparon la ciudad de México en 1847,  la utilizaron como objetivo para practicar el tiro al blanco. En 1885 Porfirio Díaz comisionó a un destacamento militar para transportar el monolito a la calle de Moneda 13, en Palacio Nacional,  ocupando el salón principal del Museo Nacional.
 

Esta fotografía se atribuye a Abel Briquet y pudo haberse obtenido alrededor de 1880-1885, muestra la Piedra del Sol adosada a una de las torres de Catedral, antes de que fuera trasladada al Museo de Historia en 1885


 


La plaza oval de la estatua de Carlos IV, El Caballito.

Vista del Zócalo (Plaza Mayor) de la Ciudad de México tal como lucía  el 9 de diciembre del año de 1803, fecha en que fue inaugurada con la estatua ecuestre en bronce del rey Carlos IV de España, El Caballito, al centro de la misma y donde permaneció hasta el año de 1822.
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Para eI 12 de julio de 1794, un nuevo virrey llegó a la Nueva España, don Miguel de Ia Grúa Talamanca, Marqués de Branciforte que había dejado muy mala reputación en España, por una serie de actos de corrupción que indujeron a Carlos IV a llamarle fuertemente Ia atención. Para congraciarse con el rey, Branciforte envió una carta solicitándole que accediese a que en Ia Plaza Mayor de México se Ie erigiese una nueva estatua ecuestre en bronce, que substituiría a una estatua anterior de madera ya desaparecida. En aquella carta se decía que la escultura tendría un costo de 18,700 pesos, pero que serían cubiertos en su totalidad por el mismo virrey. Anexos se enviaron los proyectos de Ia escultura y deI pedestal que habían sido diseñados por el arquitecto y escultor don Manuel Tolsá, por aquel entonces el Director de Escultura en Ia Real Academia de San Carlos.
La imagen de la Plaza Mayor arriba mostrada, es similar a la de 1793, pero en perspectiva más amplia, que muestra la gran plaza que se construyó alrededor del monumento ecuestre de Carlos IV en 1796. Nótese que en realidad la estrechez de la plaza era la misma de 1793, dado que el Mercado del Parián aún estaba ubicado en el costado izquierdo y aunque el balaustrado de la plaza, pareciera tener forma circular, en realidad era de forma elíptica. Véase plano alusivo. Esta hermosa estampa fue grabada en 1797 por José Joaquín Fabregat, en base a un dibujo de Rafael Jimeno y Planes, precisamente para conmemorar la inauguración de la plaza y de la estatua provisional. La estatua ecuestre definitiva fue colocada en 1803 y permaneció en ese sitio hasta el año de 1823. Conoce la historia de la estatua de Carlos IV, El Caballito, en este mismo sitio, oprime aquí
 

Entrada al Zócalo del Ejército Trigarante en 1821
Lllegada del Ejército Trigarante a la Garita de Belén en 1821

Previo a la llegada al Zócalo, el Ejército Trigarante encabezado por los generales Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero,  había realizado su entrada triunfal a los linderos de la Ciudad de México, pasando victorioso a través de la Garita de Belén. Véase el arco del fondo. La imagen mostrada, enviada por don Julio Romo Michaud,  registra ese emocionante y significativo momento. Oprima aquí para ver la imagen  ampliada con nombres, descripciones y ligas a biografías de los personajes.


 

Nota del Autor:
Cuando en septiembre 2004 imaginé que valdría la pena mostrar algunas imágenes que nos pudiesen mostrar de que manera había evolucionado con el tiempo, nuestra más importante y simbólica plaza, El Zócalo, es natural que muy poco sabía de la historia de dicho sitio. Recordaba mis propias vivencias a partir de 1948, pero en verdad desconocía todo su pasado. Que tanto podría aportar un "técnico al servicio de la patria", que toda su vida se la había pasado entre planos eléctricos y números, era natural que muy poco. Sin embargo 4 años después estas páginas relacionadas con el Zócalo capitalino, son ahora muy visitadas y muchas además las aportaciones de conocimientos que he podido recibir en ese lapso.
Hoy sin embargo, el 25 de enero de 2009, me siento complacido de integrar esta nueva versión de lo que ahora (con lo poco aprendido) puedo asegurar fue el momento más sublime que pudo vivir nuestra gran Plaza Mayor, nuestro Zócalo, el 27 de septiembre de 1821, momento de paz que en realidad marcó el inicio del México Independiente que hoy vivimos, pero que por razones que yo desconozco, nunca celebramos.
Se trató del simbólico momento en que nuestro glorioso Ejército Trigarante, volvió a pisar la tierra de nuestros orígenes, los linderos de lo que alguna vez fue el Recinto Ceremonial de la Gran Tenochtitlan, después de 300 años de dominación y esclavitud.
Momentos que considero son muy dignos de ser recordados y conocidos por nuestros jóvenes, después de todo y al final, no se derramó una sola gota de sangre, todas las partes tuvieron la conciencia y el valor de saber negociar sus posiciones y a cambio de ello pudimos liberarnos del yugo de la conquista.
¡Un día de gloria dentro de nuestro tortuoso y complicado pasado histórico, un día ejemplar digno de ser imitado en el presente y en el futuro!
¡El día de México! ¡Bravo México! Así te queremos ver ...siempre unido


Después de más de 10 años de enfrentamientos entre las fuerzas Realistas y las Insurgentes, el coronel Agustín de Iturbide, que al mando de su ejército había derrotado a Morelos, aceptó en 1821 encabezar la Comandancia del Sur.  En tales circunstancias y ante la imposibilidad de derrotar el pequeño  ejército que comandaba Vicente Guerrero, experto conocedor de la sierra; vio la ocasión para realizar un plan que unificara ambas fuerzas. Su idea era convencer a Vicente Guerrero del plan que tenía y que consideraba que era el camino adecuado para lograr la Independencia, sin mayor derramamiento de sangre. El 24 de febrero de 1821 finalmente pudo suscribirse dicho plan denominado Plan de Iguala  y lo proclamó pública y solemnemente el día 2 de marzo del mismo año en la ciudad referida.. Los tres principios fundamentales de dicho plan fueron: Religión Católica, Unión e Independencia. Por tal motivo la bandera que ondeó por primera vez y que fue origen de la actual, era tricolor y por lo mismo trigarante, o de las tres garantías, como también se le llamó. El color blanco garantizó la Religión Católica, el color rojo la Unión y el color verde la Independencia.
 

Si buscas una versión más amplia de la historia referente a la Entrada del Ejército Trigarante al Zócalo, oprime aquí

El Ejército Trigarante, como se le llamó por las mismas razones, estaba formado inicialmente por  apenas 2,500 hombres, comparado con  los 80,000 del Ejército Realista. Al difundirse el plan por toda la Nueva España, muchos grupos militares, tanto realistas como insurgentes se fueron acogiendo al Plan de Iguala y el poder del nuevo ejército se hizo patente.
Afortunadamente el 30 de julio de 1821 desembarcó en Veracruz don Juan O´Donojú, nombrado nuevo Virrey de la Nueva España, por lo que Iturbide  decidió buscarlo y logró entrevistarse con él en la ciudad de Córdoba, Veracruz.  Allí, O´Donojú constató la popularidad de Iturbide y pensó que sería imposible impedir la consumación de la Independencia, por lo que accedió a firmar   los Tratados de Córdoba, que confirmaron el Plan de Iguala, reconociendo la Independencia de México el 24 de agosto de 1821.

El 27 de septiembre de 1821 entró a México el Ejército Trigarante encabezado por Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero, que incorporaba a la mayor fuerza armada que jamás hubiera desfilado en la Ciudad de México: el Ejército Trigarante que estaba formado por un poco más de 16,000 hombres de distintas regiones del país.
En ese preciso momento se confirmó y se consumó la independencia de una gran nación. México recuperaba su libertad después de 300 años de dominio español. No cabe duda, ¡debió de ser un gran día!

La primera puerta de entrada del orgulloso ejército mexicano fue una de las diversas garitas que rodeaban la ciudad, en este caso la historia nos narra que fue la Garita de Belén. Pero pienso que será mejor insertar unos párrafos del relato que hizo el genial escritor, intelectual y militar don Vicente Rivapalacio, en un pequeño capítulo de su obra "El Libro Rojo" en que participó como coautor don Manuel Payno:


«...
El sol avanzaba lentamente; y llena de impaciencia esperaba la muchedumbre el momento de la entrada del ejército trigarante. Por fin, un grito de alegría se escuchó en la garita de Belén, y aquel grito, repetido por más de cien mil voces, anunció hasta los barrios más lejanos que las huestes de la independencia pisaban ya la ciudad conquistada por Hernán Cortés el 13 de agosto de 1521.
1521, 1821. ¡Trescientos años de dominación y de esclavitud!
A la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, que era en aquellos momentos objeto de las más entusiastas y ardientes ovaciones. Aquel hombre era el libertador don Agustín Iturbide.
Iturbide tenía una arrogante figura, elevada talla, frente despejada, serena y espaciosa, ojos azules de mirar penetrante, regía con diestra mano un soberbio caballo prieto que se encabritaba con orgullo bajo el peso de su noble jinete, y que llevaba ricos jaeces y montura guarnecidos de oro y de diamantes. El traje de Iturbide era por demás modesto; botas de montar, calzón de paño blanco, chaleco cerrado, del mismo paño, una casaca redonda de color de avellana, y un sombrero montado, con tres bellas plumas con los colores de la bandera nacional.


Todos recordamos haber aprendido en la escuela acerca de aquel famoso Ejército Trigarante que sin disparar sus armas, ni derramar más sangre de mexicanos, pudo entrar de manera triunfal a la Ciudad de México. Sin embargo contrario de lo que sucede con otros héroes de nuestra Independencia, poco supimos de ellos. La información es escasa y en la ciudad no existen marcas, ni placas que nos indiquen o nos recuerden de aquellos sublimes momentos de la Consumación de nuestra Independencia Nacional.
Analizando un viejo plano de la ciudad de 1864, pude localizar el sitio exacto en donde se encontraba la Garita de Belén. Después de todo es un sitio histórico por varias razones. Por allí entró también de manera triunfal don Benito Juárez al retornar a la ciudad en 1867 y en ese sitio se libró una de las batallas de la injusta guerra con los Estados Unidos en 1847.
Pero allí, en la confluencia de la Avenida Bucareli con la Avenida Chapultepec, el 27 de septiembre de 1821, por primera vez y después de 300 años, tuvimos el gran orgullo de recuperar aquel territorio que  Hernán Cortés había conquistado en 1521.
No es muy difícil determinar el camino que siguieron con rumbo al principal arco de triunfo que les fue construido, para seguir después rumbo al Zócalo y pasar triunfalmente frente al Palacio Virreinal. Enseguida pueden ver la ruta marcada en amarillo, sobre el plano de 1864. Los nombres de las calles que se muestran son actuales para fácil identificación.
 

Trayecto del Ejército Triogarante con rumbo al Zócalo en 1821

En este mapa se muestra en color amarillo la ruta triunfal del Ejército Trigarante que el 27 de septiembre de 1821, recorrió las calles de la Ciudad de México. Los nombres antiguos de las calles son los siguientes:  tras del paso de la Garita de Belén tomaron lo que se conocía entonces como Paseo Nuevo o Paseo de Bucareli, hoy avenida del mismo nombre y en cuya glorieta se encuentra ahora el Reloj Chino. Al llegar a la Glorieta del Caballito de Sebastián en la actualidad, dieron vuelta a la derecha para recorrer rumbo a la Alameda las calles que entonces se llamaban calle del Calvario y calle de Chorpus Christi, en lo que hoy es Av. Juárez. Tras de un recibimiento previo en el cruce de las antiguas calles de Santa. Isabel con San Francisco, hoy Eje Central y Madero, continuaron por San Francisco y Plateros, hoy Av. Madero, hasta desembocar a la Plaza Mayor. Penetrando entre la Catedral y el mercado del Parián llegaron hasta la plazoleta oval que tenía la estatua de Carlos IV, y cruzaron después  frente al Palacio Virreinal ante la algarabía  y los gritos de júbilo de la multitud que los esperaba.


 

Bienvenida al Ejército Trigarante en 1821

Uno de los momentos mas gloriosos de nuestra historia lo representa la fecha de la Consumación de la Independencia el día 27 de septiembre de 1821, en la que el pueblo mexicano entusiasmado dio la bienvenida al ejército triunfador, entre gritos, música, estallido de cohetes y el frenético repicar de las campanas de Catedral. En esta imagen se muestra el arco triunfal construido en el centro de la ciudad, precisamente al inicio de la calle de San Francisco, hoy Madero, donde se realizó la ceremonia oficial de bienvenida organizada por el Ayuntamiento de la ciudad, para después darles paso a las fuerzas del Ejército Trigarante encabezado por Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero, en su trayecto hacia la Plaza Mayor. El edificio del lado derecho, donde aparece gente asomada a los balcones es la famosa Casa de los Azulejos, hoy Sanborns, y del lado izquierdo se aprecia parte del Ex Convento de San Francisco. La vista hacia el fondo es con dirección a La Alameda. Oprima sobre la imagen para verla ampliada.


Al llegar al sitio mostrado en la imagen anterior, el contingente realizó una parada y don Agustín de Iturbide desmontó su caballo para recibir el beneplácito de las autoridades municipales. don Carlos María Bustamante lo narra así:
 

«...Enfrente del convento de S. Francisco encontró al ayuntamiento, echó pie á tierra, y recibió juntamente con los plácemes una grande llave de oro en una fuente de plata, por medio de uno de los cuatro maceros, que le entregó el alcalde ordinario mas antiguo, y coronel D. Ignacio Ornaechea, como órgano de los votos del pueblo Mexicano, que sin cesar lo aplaudia y victoreaba. Devolviósela Iturbide diciéndole: Que quedaba en buena mano, y le dió gracias por los servicios que habia prestado la municipalidad en la lid de la independencia. Continuó su marcha á caballo por estar lastimado de una pierna, y en la plaza mayor se redobló el victoréo y la grita... »

"La Gaceta" diario del México independiente, describió las palabras que Iturbide pronunció cuando tuvo a bien devolver las "llaves de la ciudad" al alcalde Ornaechea:
 

«...Estas llaves (...) lo son de puertas que únicamente deben estar cerradas para la irreligión, la desunión y el despotismo, como abiertas deben estar a todo lo que pueda hacer la felicidad común. Las devuelvo a Vuecencia, fiado en que su celo promoverá el bien público que representa... »

Terminada la ceremonia, el contingente reanudó su camino con rumbo al sitio de mayor simbolismo para los mexicanos: La Plaza Mayor, ¡el centro de la Gran Tenochtitlan!
El General Vicente Rivapalacio Guerrero, nieto de Vicente Guerrero describe ese glorioso acontecimiento de manera por demás emotiva, con las siguientes palabras:
 

«...Al descubrir al libertador el pueblo sintió una embriaguez de entusiasmo. Los gritos atronaban el aire y se mezclaban en concierto con los ecos de las músicas, con los repiques de las campanas, con el estallido de los cohetes y con el ronco bramido de los cañones...
I
turbide atravesaba por el centro de la ciudad para llegar hasta el palacio; su caballo pisaba sobre una espesa alfombra de rosas, y una verdadera lluvia de coronas, de ramos, y de flores caía sobre su cabeza y sobre las de sus soldados.
Las señoras desde los balcones regaban el camino de aquel ejército, con perfumes, y arrojaban hasta sus pañuelos y sus joyas; los padres y las madres levantaban en sus brazos a los niños y les mostraban al libertador, y lágrimas de placer y de entusiasmo corrían por todas las mejillas.
Las más elegantes damas, las jóvenes más bellas y más circunspectas se arrojaban a coronar a los soldados rasos y a abrazarlos; los hombres, aunque no se hubieran visto jamás, aunque fueran enemigos, se encontraban en la calle y se abrazaban y lloraban.
Aquella era una locura sublime, conmovedora; aquel era el santo vértigo del patriotismo. Por eso será eterno entre los mexicanos el recuerdo del 27 de septiembre de 1821, y no habrá uno solo de los que tuvieron la dicha de presenciar esa memorable escena, que no sienta que se anuda su garganta y que sus ojos se llenan de lágrimas al escuchar esta pálida descripción, hija de las tradiciones de nuestros padres, y nacida sólo al fuego del amor de la patria.
Aquel fue el apoteosis del libertador Iturbide
.. »

Cuando presentamos en este sitio, un resumen relacionado con la historia y sitios que ocupó la estatua de Carlos IV, que muchos reconocemos mejor como El Caballito, localicé unos párrafos escritos por don  Enrique Salazar Hijar y Haro en los cuales mencionaba que en esta fecha gloriosa, fue necesario cubrir la estatua ecuestre de Carlos IV mediante una esfera de madera en color azul, que tenía por objeto protegerla de la multitud que habría de llegar hasta la Plaza Mayor, sitio en donde se encontraba en 1821. Por tratarse de la estatua de un rey español se temía que fuera destruida por la gente que habría de celebrar la entrada triunfal de Iturbide, lo cual no habría sido de tanta prioridad, a no ser porque se trataba de una verdadera obra de arte del escultor Manuel Tolsá. Sin embargo, no fue hasta hace poco tiempo y dado que su libro "Los Trotes del Caballito" se encuentra agotado, que pude saber un poco más acerca de aquel globo azul, al localizar en internet un importante párrafo que dice: "Para tales fines, el globo azul que escondía al Caballito fue cubierto con un templete semicircular con trono y solio, cuyo techo sostenido por 12 columnas de orden corintio, lucia en la parte superior 8 esculturas de santos".
En esta página había mostrado una supuesta recreación del globo azul, pero ahora el párrafo anterior me hacía ver que no se trataba solamente de un globo que lo cubría, sino de un templete bastante complicado de imaginar y poder reproducir. Por fortuna la Secretaría de Gobernación mostró recientemente en una de sus páginas, una imagen de autor anónimo, que reproduce el momento y el famoso templete que sirvió para ocultar al Caballito. En la imagen que sigue, muestro de que manera fue protegida tan valiosa obra de arte de los embates de la multitud que celebraba.


Recración del momento de llegada del Ejército Trigarante al Zócalo en 1821

Esta imagen es una recreación lograda a partir de varias otras imágenes que se muestran al calce. Aunque no es perfecta y mucho menos real, creo que da mejor idea de la entrada  triunfal del Ejército Trigarante a la Plaza Mayor, tras de haber recorrido la calle de San Francisco, hoy avenida Madero. La escena recreada tiene un simbolismo muy especial, pues muestra el momento en que Iturbide y sus huestes pasan a un costado de la Catedral, que representa el lindero sur del Recinto Ceremonial de la Gran Tenochtitlan y a la vez el sitio en que se encontraba la Piedra del Sol, entonces recargada en una de la torres de Catedral. Al fondo se observa el edificio del hoy conocido Monte de Piedad y que marcaba el sitio donde estuvo el  Palacio de Atzayacatl, en el que Hernán Cortés con sus hombres se alojaron durante la conquista.
Para proteger la valiosa escultura ecuestre del Rey Carlos IV de los embates de la multitud, se narra que fue confinada dentro de un globo azul y en su entorno quedó montado un templete semicircular que sostenía el techo mediante doce columnas. En la imagen normal se observa la estatua tal como existía al centro de la plaza oval, frente al Palacio Virreinal, pero si se hace pasar el puntero del mouse sobre la imagen, entonces se podrá observar como fue protegida  mediante el templete mencionado arriba. Como se comenta con más detalle en la página dedicada al Caballito,  para esa fecha de 1821  todavía se encontraba en la Plaza Mayor, pero en 1822 la estatua referida fue trasladada al claustro de la Universidad, cercano a la Plaza del Volador para su protección.
Para ver una imagen ampliada que muestra la Plaza Mayor y la estatua de Carlos IV, en esa época oprima aquí



Lllegada del Ejército trigarante a las Puertas del Palacio Virreinal
Iturbide y su ejército pasando por un costado del Palacio Virreinal el 27 de septiembre de 1821 y a punto de llegar a las puertas del palacio, en donde fue recibido por Juan O'Donojú Desde allí observó el paso de los 16,000 hombres que formaban el gran Ejército Trigarante.



En la imagen anterior aparecen Iturbide y el contingente de avanzada a punto de llegar a las puertas del Palacio Virreinal, que entonces solo contaba con dos niveles. En ese lugar descendió de su caballo y fue recibido por Juan de O'Donojú, ya no en carácter de virrey que nunca asumió,  sino como parte de la Junta de Gobierno que quedaba instalada a partir de ese día.
Ambos entraron al palacio y después ocuparon el balcón principal  para observar el paso de los diversos contingentes armados, que habían llegado procedentes de todas las regiones del naciente país.
don Carlos María Bustamante, que peleó en la Guerra de Independencia al lado de Morelos,  que fue un político prestigiado y perseguido y que además pudo escribir la historia de la lucha insurgente, prácticamente de primera mano; nos narra este luminoso día de la siguiente manera:

«... Llegó el mas fausto y memorable día que pudiera ver la nación Mexicana, y muy diverso del malhadado ocho de noviembre de 1519, en que se presentaron por primera vez las huestes españolas, Tlaxcaltecas y Zempoaltecas, para reducir á servidumbre el imperio de México. El sol despidió sus lumbres con mayor esplendor y brillantez que solía, para alegrar este suelo marchito, alejando las tinieblas, inseparables compañeras de la servidumbre. Las sombras de los antiguos Emperadores mexicanos parece que salieron de sus tumbas del real panteón de Chapultepec para preceder al ejército de los libertadores de sus nietos, recreándose con su vista, así como los cautivos que en sus mazmorras ven trozadas de repente sus cadenas por una prepotente y generosa mano. Mas yo me extravío de mi relación, que debe ser sencilla y modesta.... Sin embargo, permítase á un hombre que ha apurado el cáliz de la amargura por espacio de treinta años, y que también ha gemido en la estrechez de un calabozo, que conviniéndome á este astro benéfico le diga.... Sí, día hermoso, yo te saludo, y al pasar del tiempo á la eternidad, sea tu memoria la única que me haga sentir la separación de este suelo, empapado en la sangre de mis conciudadanos, por obtener el triunfo mas cumplido que consumaron en este día.
 Ah¡ Jamás, jamás te apartes de su memoria, para que aprecien, como deben, el inefable bien que hoy recibieron, y estimen este tesoro en toda su valía. Iturbide aumentó este gozo, cuando hoy mismo dijo á sus compatriotas ...

«
¡Mexicanos! Ya estáis en el caso de saludar á la Patria independiente, como os anuncié en Iguala. Ya recorrí el inmenso espacio que hay desde la esclavitud á la libertad, y toqué los diversos resortes para que todo Americano enseñase su opinión escondida; porque en unos se disipó el temor que los contenía; en otros se moderó ia malicia de sus juicios, y en todos se consolidaron las ideas. Ya me veis en la capital del imperio mas opulento, sin dejar atrás ni arroyos de sangre, ni campos talados, ni viudas desconsoladas, ni desgraciados hijos que llenen de execración al asesino de sus padres. Por el contrario, recorridas quedan las principales provincias de este reino, y todas uniformadas en la celebridad han dirigido al ejército trigarante vivas expresivos, y al cielo votos de gratitud. Estas demostraciones daban á mi alma un placer inefable, y compensaban con demasía los afanes, las privaciones, y la desnudez de los soldados, siempre alegres, constantes, y valientes.... Ya sabéis el modo de ser libres, á vosotros toca señalar el de ser felices. »

 ... Poco antes de que empezara á entrar el ejército,
O-Donojú se trasladó de su casa á palacio, donde recibió á Iturbide acompañado de todas las corporaciones. Ambos se colocaron en el balcón principal á ver pasar el ejército, y luego se trasladaron á la Catedral, donde el Sr. Arzobispo Ponte entonó el Te Deum, que duró hasta cerca de las tres de la tarde , sin qua cesaran en todo el día las salvas de artillería.
En Catedral se le recibió al Sr. Iturbide bajo de palio, que mandó retirar; este fue el primer acto posesorio del Patronato de honor que recibió en la Iglesia Mexicana. Concluida esta función se retiró la comitiva a palacio, donde el ayuntamiento previno mesa, y refresco para la noche á que asistieron las principales personas de México, y lo mismo al paseo de la tarde ...
»

Y así transcurrió aquel luminoso día, quizás haya sido el más dichoso jamás vivido, el día en que  todas las clases sociales, sin distinción, pobres y ricos, mexicanos, criollos y españoles, militares y civiles, viejos y jóvenes, se reunieron para dar la gran bienvenida a los hombres que habían luchado por sus ideales, pero que al final entendieron que el único ideal que en realidad valía la pena lograr, lo era era el de la unión y la paz de su propia patria, el suelo en donde todos vivían y en donde podrían convivir como iguales.
Ese gran día todos ellos se abrazaron, se dieron la mano y pudieron llorar de alegría..
Sin embargo, Iturbide sabía que aquello apenas era el principio de un arduo camino y les había dicho en su discurso de Catedral:.
 
"¡Ya sabéis el modo de ser libres; a vosotros toca señalar el ser felices!".

El día se fue y al final llegó la noche, las casas iluminadas reflejaban aquella explosión de de luz y de color. La gente permaneció en las calles y plazas que lucían alegres y pletóricas de dicha y alegría, iluminadas apenas con la luz tenue de los pocos faroles que existían. Todos querían volver a saludar al Libertador Iturbide y lo esperaron a su salida de palacio con rumbo al teatro. En su camino fue nuevamente aclamado y vitoreado por la multitud que no deseaba que la dicha de aquel día pudiese terminar ...
 

 
El Pronunciamiento de 1828 y saqueo del Parián.

Apenas unos años después de haberse logrado la independencia nacional, se suscitaron varias rebeliones como la ocurrida  el 30 de noviembre de 1828,  con el pronunciamiento en el Cuartel de la Ex-Acordada, del General José María Lobato que impugnaba la elección del General Manuel Gómez Pedraza. Sus tropas se apoderaron del Palacio Nacional, pero Gómez Pedraza decidió renunciar, lo que provocó en respuesta un motín que derivó en el incendio y saqueo del mercado del Parián.
Del lado izquierdo de la imagen aparece el Palacio Nacional y a la derecha la Cruz de Mañozca y parte de los 124 postes y 125 cadenas que rodeaban el atrio de la Catedral Metropolitana. También se aprecia una esquina del Sagrario



En el mes de agosto de 1828 se realizan elecciones presidenciales con la participación de tres candidatos: el general Manuel Gómez Pedraza que ocupaba el cargo de Ministro de Guerra y Marina en el gobierno en turno de don Guadalupe Victoria; el general Anastacio Bustamante que era un
antiguo trigarante y continuador de la obra de Agustín de Iturbide, y Vicente Guerrero héroe de la Independencia apoyado por  las clases populares y con tendencias a  implantar en México las ideas masónicas yorkinas. En una elección directa el seguro ganador habría sido Guerrero, pero la Constitución vigente disponía que el presidente fuera electo por las legislaciones de los estados. De esta manera el ganador de la elección fue Gómez Pedraza, pero el primero en impugnarla fue Antonio López de Santa Anna, que desde Jalapa, Veracruz se pronuncia en favor de Vicente Guerrero y se levanta en armas, con apenas un puñado de hombres.
Aún cuando Santa Anna tiene poco éxito con su aventura revolucionaria, para el 30 de noviembre de 1828, un poco antes de la toma de posesión del Gral. Manuel Gómez Pedraza, estalla en la Ciudad de México, el que se conoce como Pronunciamiento o Motín de la Ex Acordada. E
l General José María Lobato al mando de un grupo militar destacado en el cuartel de la Carcel de la Ex Acordada, se apodera del Palacio Nacional y ante tal situación el Gral. Gómez Pedraza opta por renunciar al cargo y abandonar el país, con rumbo a Europa.
Tras la confusión que produce la renuncia de Gómez Pedraza, el Gral. Lobato pierde el control de sus tropas que junto con la turba se amotinan y realizan el saqueo e incendio del mercado del Parián, que llevó a la muerte a muchos de los comerciantes españoles de ese lugar.
Vicente Guerrero finalmente recibe el poder ejecutivo de manos de Guadalupe Victoria, primer Presidente de México, una vez que el Congreso decide anular las elecciones en las que había resultado vencedor Manuel Gómez Pedraza.
La cárcel y el Tribunal de la Acordada que dio nombre a estos sangrientos sucesos, estuvieron ubicados en lo que actualmente es la Av. Juárez, entre las calles de Balderas y Humboldt.  El Tribunal de la Acordada o también denominado Tribunal de la Santa Hermandad; era comandado por un Juez o Capitán y una serie de colaboradores cuya característica elemental era que funcionaban “por acuerdo de la Real Audiencia”. Inició sus labores por el año de 1722  y operó hasta el año de 1812, sin embargo  la cárcel continuó en  funciones hasta el año de 1862.
El curioso nombre de este tribunal, procede de que su establecimiento fue “una providencia acordada”,  aprobada por la corte el 22 de Mayo de 1722.

Esta es una vista trasera del Mercado del Parián, a la izquierda, en la época referida arriba en que fue saqueado por la multitud enardecida. Del lado derecho aparecen las Casas del Cabildo (hoy edificio viejo del Gobierno del D.F.) y al fondo se aprecia el Palacio Nacional.

 
Fotógrafos precursores de nuestra historia gráfica

Esta imagen tiene su origen en un daguerrotipo de la Catedral  que se dice fue obtenida en 1840 por el grabador francés Jean Prelier. La imagen que muestro fue ligeramente retocada para poder apreciar ambas torres de la Catedral, dado que el procedimiento de la daguerrotipia oscurecía las esquinas. De igual manera la vista original se encuentra invertida, pues muestra el mercado del Parían al lado derecho y debe ser tal como aparece aquí. Véanse las dos imágenes anteriores, en donde también se aprecia dicho mercado. Esta podría ser la más antigua reproducción real que exista de la Plaza Mayor capitalina, en este caso obtenida mediante un daguerrotipo. Por otra parte, también debe de ser la única y a la vez última foto del Mercado del Parián, que por orden del Gral. López de Santa Anna fue demolido en 1843.


Si bien hasta antes de 1839 la única forma de conocer las formas y los detalles de las múltiples bellezas y edificios de nuestra Patria era a través del pincel, de la pluma o del lápiz de artistas tan connotados como Casimiro Castro, Carl Nebel o Pietro Gualdi, sólo por mencionar algunos de ellos, la verdad es que siempre podría existir la duda cuan fiel podría haber sido la reproducción lograda por ellos. Hoy sabemos, que al menos en el caso de los artistas que he mencionado, sus obras fueron excepcionalmente precisas, conservando el detalle, la perspectiva y sobre todo las proporciones, por lo cual todos sus trabajos se convirtieron en verdaderas obras de arte..
Pero fue precisamente en 1840 cuando se calcula que la imagen de la Catedral Metropolitana, que se muestra arriba, fue reproducida a través del proceso de la daguerrotipia, que fue el precursor de otros procesos posteriores hasta llegar finalmente a la fotografía de nuestros días.
Se cree que el daguerrotipo de la Catedral fue realizado por Jean Prellier Dudoille, un grabador francés que vivió en la Ciudad de México, y que habría arribado a Veracruz en 1839. En un periódico de la época del cual no tengo el nombre, se publicó el 21 de enero de1840 una nota relatando que Prellier habría hecho una demostración pública del proceso de daguerrotipia, captando varias imágenes de la Catedral Metropolitana y otros lugares cercanos. Por tal razón, es muy posible que la imagen mostrada sea de principios del año 1840 y por lo mismo la primera reproducción real de un edificio mexicano, en este caso mediante la obtención de un daguerrotipo. Esta imagen formó parte de la Colección Cramer y actualmente se exhibe aquí por cortesía de George Eastman House


Además de Jean Prellier, con el paso del tiempo los procesos fotográficos fueron evolucionando y muchos otros fotógrafos llegaron o nacieron en México y pudieron tomar cientos de imágenes, que dejaron plasmados no solamente los edificios, sino los paisajes, los personajes de la época, las acciones de guerra y las clásicas fotos típicas de los pobladores de distintas regiones del país y sus costumbres.
Solo como una referencia a continuación relaciono: los nombres de los fotógrafos que bien pueden considerarse los precursores de nuestra historia gráfica:

John Lloyds Stephens, (1805-1852)  En el año de 1841 encabeza  una expedición arqueológica al sureste mexicano, en la que por primera vez  reproduce en daguerrotipo algunas imágenes de los templos mayas de Uxmal.
Jhosep-Désiré Charnay, (1829-1915) Nacido en Francia, en 1857 e inspirado por los descubrimientos de Stephens,  viaja a México con más de 1800 kilogramos de equipaje y arriba al puerto de Veracruz, en una época por demás complicada por la Guerra de Reforma. Sin embargo, lo que resulta de interés para nosotros es saber que Charnay toma varias fotografías de los edificios existentes en el Zócalo y otros puntos de la ciudad, muy probablemente en el año de 1858. Entre ellas la de Catedral que aparece abajo  y otra muy interesante de Palacio Nacional. Estas imágenes fotográficas podrían ser la primeras que fueron obtenidas tras de la evolución del daguerrotipo.
Julio A. Michaud. (1832-1900) Fue un empresario francés que hacia 1837 estableció en México un negocio dedicado a productos importados para artistas y artículos de decoración. Más tarde abrió un taller litográfico desde el que difundió el arte de la estampa. Con el advenimiento de la fotografía en México, y ya en sociedad con su hijo Julio Alfredo, instalan además un departamento de fotografía. Sin duda uno de sus grandes méritos fue haber editado, en 1860 el Álbum Fotográfico Mexicano, primera publicación de fotografía producida en México, con imágenes de Désiré Charnay y comentarios del historiador Manuel Orozco y Berra.
La colección fotográfica Julio Michaud, que resguarda el Archivo Fotográfico Manuel Toussaint del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, consta de 81 albúminas, y  son un importante testimonio de su obra y del pasado de la ciudad de México
François Aubert, (1829-1906) fotógrafo francés, llegó a México en 1864, tuvo su estudio en la segunda Calle de San Francisco y llegó a ser el fotógrafo preferido de Maximiliano, además de fotos de la corte imperial y de los edificios de la época, tomó fotografías en Querétaro durante el juicio y fusilamiento de Maximiliano.
Abel Briquet, (cuyo nombre correcto y completo es: Alfred de Saint Ange Briquet) fue un fotógrafo francés que llegó a México en 1876 contratado para tomar fotografías del Ferrocarril México Veracruz construido en esa época. Tiempo después Porfirio Díaz contrató sus servicios  para realizar un álbum denominado Vistas Mexicanas  que corresponden al período 1880-1895.
Charles B. Waite, (1860-1929) fotógrafo norteamericano, llegó a México en los últimos años del siglo XIX y se dedicó a recorrer todo su territorio, siendo de su especial interés plasmar las imágenes de su gente y sus costumbres. Su archivo fotográfico de más de 3500 negativos es propiedad del Archivo General de la Nación y se encuentra resguardado (pero no el línea) en la Fototeca de Pachuca, Hgo.
William Henry Jackson , (1843-1942) fotógrafo norteamericano que se especializó en fotografías del medio oeste de Estados Unidos y México. Su estancia en México se estima entre 1883 y 1885, conservándose más de 90 fotos de diversos edificios de la república. Su colección se conserva en línea en Brigham Young University
Agustín Victor Casasola, (1874-1938) fotógrafo mexicano que comenzó trabajando como reportero de varios diarios, pero su afición a la fotografía lo condujo a ilustrar sus artículos con imágenes tomadas por el mismo. Tras la caída de Porfirio Díaz en 1911, se convirtió en el cronista gráfico más prominente de la Revolución Mexicana. Casasola rescató el archivo gráfico del diario El Imparcial en 1917, que le permitió publicar el Álbum Histórico Gráfico en 1921. Después de la Revolución fue el fotógrafo personal de Álvaro Obregón y de Plutarco Elías Calles. Su enorme archivo fotográfico está bajo resguardo (no en línea) del INAH, en la Fototeca de Pachuca, Hgo.
Hugo Breheme, (1882-1954) fotógrafo de origen alemán que llegó a Veracruz en 1907. Para el año de 1910 se trasladó a la Ciudad de México en donde tuvo un estudio y colaboró con la Agencia Fotgráfica Mexicana de Casasola. Sus fotos más importantes están relacionadas con la Decena Trágica de 1913 y la Intervención Norteamericana de 1914 en el puerto de Veracruz. En el año de 1923 publicó su álbum principal denominado México Pintoresco.
Manuel Alvarez Bravo, (1902-2002) Nacido en la Ciudad de México, no se interesó en la fotografía hasta después de conocer a Hugo Breheme en el año de 1923. Su extensa obra abarca muy diversos aspectos de la época incluyendo temas políticos y sociales. Parte de su obra se puede ver aquí.
Ing. Salvador Toscano,  (1872-1947)
Nacido en Guadalajara, le tocó el mérito de ser uno de los pioneros  mexicanos que se aventuraron a operar una cámara cinematográfica y convertirse en el primer fotógrafo y director del cine mexicano. El trabajo que dejó plasmado en los miles de metros de película filmados, abarca desde la época porfiriana hasta la conclusión de la Revolución. A raíz de su muerte en 1947, su hija Cármen Toscano utilizó mucho del material fílmico que pudo recuperar para editar una película de largo metraje que se exhibió en 1950 en el Cine Chapultepec (ahora Torre mayor) de la Ciudad de México, con el nombre de Memorias de un mexicano. El INAH le otorgó  a este filme la calidad de Monumento Histórico en 1967.

Sirvan estos breves párrafos para reconocer el trabajo de estos hombres, que nos dejaron la historia plasmada en imágenes y que ahora y gracias a ellos los que no la vivimos podemos admirablemente conocer.


Esta imagen de Catedral fue plasmada por Charnay en el año de 1858, es interesante observar que sobre el cubo del reloj ahora ya se muestra una asta bandera e igualmente que en el atrio se han construido jardineras y se han plantado algunos árboles. Los postes y las cadenas que rodeaban el atrio y que aún se apreciaban en la imagen de 1840, para esta fecha ya habían desaparecido


 
Santa Anna y la demolición del Mercado del Parián

Carl Nebel, fue un artista alemán radicado en México que tuvo a bien plasmar en sus obras varias imágenes relacionadas con las batallas del la Guerra México-Estados Unidos de 1847. Sin embargo esta imagen de su autoría, parece ser ligeramente anterior a esa fecha y muestra la Plaza Mayor de la Ciudad de México una vez que fue demolido el Mercado del Parián en 1843. Las proporciones y el colorido son excelentes y muestra la Plaza Mayor en todo su esplendor y magnitud, tras más de 148 años de estar invadida por el edificio del insalubre mercado. Véase más arriba un breve resumen del mercado del Parián


Para el año de 1842, Antonio López de Santa Anna, entonces presidente provisional, expide un bando mediante el cual se ordena la demolición del edificio, entre otras razones por considerar que:

«...la deformidad del edificio llamado Parián, situado en la plaza principal de esta capital, que tanto por su ninguna arquitectura, cuanto por su mal calculada posición, impide y afea del todo la belleza y sorprendente vista que debe presentar dicha plaza principal ...»"

La realidad era, que López de Santa Anna tenía en mente un proyecto para construir un magno monumento a la Independencia en el centro de la plaza, pero como veremos abajo este proyecto nunca se pudo llevar a feliz término.
El proyecto incluía como primera fase la demolición del mercado del Parián e incluso utilizar parte del material extraído para construir los cimientos del monumento y así de cierta forma rememorar la acción de los conquistadores, que utilizaron los materiales de las pirámides destruidas para construir las bases de los templos y edificios.. La demolición del mercado tuvo lugar en los últimos meses del año de 1843.
 

Primer monumento a la Independencia en la Plaza Mayor.

Se dice que las estampas de Pietro Gualdi fueron el modelo de las que posteriormente publicaron Karl Nebel y Julio Michaud y que además fue maestro de Casimiro Castro; la que arriba se muestra es obra de Gualdi y en ella  se destaca, la gigantesca columna coronada, no por un águila, sino por una figura alada, que Antonio López de Santa Anna pretendía construir en lo que entonces se denominaba Plaza Mayor


El Monumento a la Independencia que el Gral. Antonio López de Santa Anna se proponía construir en el centro de la Plaza Mayor, una vez que fue demolido el Mercado del Parián, era una obra fastuosa y exagerada. La estampa de Gualdi muestra una columna incluso más alta que las torres de Catedral. La época era de gran inestabilidad política, sin embargo por decreto de 27 de junio de 1843, se convocó a un concurso para edificar el gran monumento el cual fue ganado por un arquitecto francés de nombre Enrique Griffón; pero Santa Anna, como era obvio lo rechazó y mandó hacer otro concurso que ganó el arquitecto Lorenzo de La Hidalga. Este es el proyecto que aparece en las imágenes de arriba y abajo de este texto.  En ambas destaca la gigantesca columna coronada no por un águila, sino por una figura alada con las manos abiertas, símbolo de la gloria.
El 16 de septiembre de 1843 se realiza una ceremonia para colocar la primera piedra, pero se construye solamente la base y el zócalo que serviría de sustento a la columna. Una vez abandonada la construcción dicho zócalo fue el que determinó el popular y actual nombre de la Plaza de la Constitución
.

Esta imagen es muy similar a la anterior pero tiene mayor nitidez. Posiblemente el mismo Gualdi sea el autor y  la única diferencia notable es que el Palacio Nacional modifica su fachada principal, construyéndose un pórtico nuevo. A este proyecto se le denominó Plaza Nueva de la Independencia, mismo que nunca fue concluido. Esta imagen formó parte del Album Fotográfico México Artístico y Pintoresco publicado en 1849 por don Julio A. Michaud y se exhibe aquí por cortesía de don Julio Romo Michaud, tataranieto del autor, quién amablemente nos envió un duplicado de dicho álbum completo. Oprime sobre la imagen para verla en su tamaño original.


Un monumento a Santa Anna en el Mercado del Volador

Croquis del monumento erigido a Santa Anna en el mercado del Volador

Gracias al grabador y litógrafo Abraham López es que podemos tener una imagen de lo que fue el monumento que personalmente decidió construirse el Gral. Antonio López de Santa Anna y que estaba ubicado al centro de las construcciones del nuevo Mercado del Volador.
Al terminar la demolición del Mercado del Parián, a fines de 1843 se iniciaron las obras para construir un nuevo mercado en la Plaza del Volador (hoy Suprema Corte de justicia). El nuevo mercado se inauguró el 18 de  junio de 1844, cumpleaños de Santa Anna e incluía el monumento mostrado, con una estatua en bronce del General Santa Anna que con su brazo derecho extendido y apuntaba hacia el norte (Texas)., aunque la gente del pueblo afirmaba que apuntaba hacia la Casa de Moneda, que se encontraba en la misma dirección. En el calendario de 1845 que Abraham López dedica a la reseña del monumento dedicado a Santa Anna lo describe de la siguiente forma:

«... La estatua estaba situada en el centro del mercado, frente a un pórtico sostenido por cuatro columnas de orden jónico y en la fachada interior de él están los nichos de dos estatuas, la una representa a la justicia y la otra a Mercurio. Enfrente de este pórtico, mirando para el norte, está levantada una columna de orden dórico y coronado su capitel con la estatua de bronce del Exmo. Sr. D. Antonio de Santa Anna … La construcción de la estatua fue encargada a D. Salustiano Veza, español. Este señor copió la cabeza del natural en tres horas. Procedió después a disponer los trabajos convenientes para hacer la estatua del tamaño proyectado y darle la actitud correspondiente: a continuación mandó sacar una copia de estos trabajos por el daguerrotipo; la presentó al Sr. Presidente y fue de su aprobación. La fundición estuvo a cargo de D. José López ... »

Poco tiempo disfrutó Santa Anna de su estatua de bronce en el mercado del Volador, pues  a fines de ese año, 1844, el pueblo enfurecido por la disolución del Congreso se dirigió al Panteón de Santa Paula y profanó el sepulcro en el que se había sepultado con honores  la parte de la pierna amputada al general. Una vez desenterrada fue arrastrada por la multitud que finalmente hizo pedazos una  estatua de yeso que se encontraba a la entrada del Teatro Nacional, que entonces se llamaba Teatro Santa Anna. Ante tal situación la estatua de bronce del mercado, se dice que fue bajada de su pedestal y guardada en las cocheras de Palacio Nacional, pero existe también otra versión.
En un documento del 7 de diciembre de 1844, que publica Enrique Serna en su libro El Seductor de la Patria, relata el Gral. Valentín Canalizo, quien era el presidente provisional, de manera personal y con mucho detalle, los acontecimientos a que me refiero. Aunque no es posible aquí reproducir el documento completo, considero interesante conocer algunos párrafos del relato que Canalizo hizo llegar al Gral. Santa Anna :

 

«... La reacción del enemigo por la Disolución del Congreso rebasó todas nuestras expectativas, al punto que me encuentro preso y una sentencia de muerte pende sobre mi cabeza.  ... no pude impedir que el día 4 su estatua del mercado amaneciera con una soga al cuello y una caperuza de ajusticiado ... La ruptura del orden desencadenó el motín popular más pavoroso de cuantos tengo memoria. ... De haber estado en México no se salva usted del linchamiento. Al grito de "muera el cojo ladrón" y "abajo el quince uñas", la multitud derribó su estatua en la Plaza del Volador y la arrastró por las calles, lo mismo que el busto de yeso erigido en la puerta del teatro que lleva su nombre, del cual tomó su parte cada lépero, teniendo a dicha poseer un fragmento. ... Tras haber allanado el cementerio de Santa Paula, los más osados profanaron el monumento de mármol en donde yacía su pie amputado, sacaron el zancarrón de la urna cineraria y lo pasearon en triunfo por las calles de la ciudad, al son de un vocerío salvaje ... »

Santa Anna fue destituido de la presidencia y el Congreso decidió enjuiciarlo junto con sus secretarios, lo que al final condujo a su  exilio en La Habana.



La Guerra Mexico-Estados Unidos de 1847

George W. Kendall corresponsal durante la Guerra México-Estados Unidos de 1847, contrató a Carl Nebel para que le ilustrara un libro relacionado con las batallas de tan injusta confrontación. Nebel pintó entonces 12 láminas, de las cuales aquí se muestra la que corresponde a la entrada de las fuerzas norteamericanas a la Plaza Mayor, que ya para entonces empezaba a conocerse como Zócalo. La imagen es muy similar a la mostrada arriba, pero ya se aprecia aquí la bandera de Estados Unidos en el asta principal de Palacio Nacional.



Este no es el lugar preciso para comentar sobre la injusta Guerra entre México y los Estados Unidos de Norteamérica, después de la cual nuestro país perdió lo que ahora son los estados de California, Arizona y Nuevo México, pero al menos podremos describir brevemente la situación por la cual transitábamos.
Poca gente era la que pagaba impuestos por lo que el gobierno no podía cubrir los gastos de la administración y los pleitos internos entre mexicanos colmaban el escenario nacional. Además las deudas contraídas y el despilfarro del período de 1841-1844 de Antonio López de Santa Anna, se reflejaban en la vida cotidiana y la inseguridad en que vivía el pueblo mexicano en esos días. En el norte  y en Yucatán los indígenas, asaltaban los poblados y las ciudades; y por si algo más faltara, tras la estrepitosa derrota de San Jacinto en Texas que  permitió a sus pobladores convertirlo en un territorio independiente, para 1845  decidieron unirse a los Estados Unidos de América.
Este momento de nuestra historia que se reconoce como la Anexión de Texas, exacerbó la ambición de nuestros vecinos y se tomó como pretexto para declararle la guerra a México.
El límite de Texas era el río Nueces, pero los texanos dijeron que su frontera llegaba hasta el río Bravo. Las protestas de México no se hicieron esperar, pero los estadounidenses ocuparon el territorio entre los dos ríos. Hubo enfrentamientos entre soldados mexicanos y norteamericanos, y con ese pretexto los norteamericanos declararon la guerra a México. Tres ejércitos estadounidenses de manera simultánea invadieron nuestro país,  tomando el primero Matamoros y  Monterrey; el segundo ocupó Nuevo México y California y el tercero desembarcó en Veracruz, atravesó ese estado y el de Puebla, y puso sitio a la capital.
No hay nada trascendente que relatar salvo episodios aislados de heroísmo y baste saber que tras del esperado fracaso de Santa Anna en la batalla de La Angostura en febrero de 1847, las fuerzas norteamericanas continuaron su avance inexorable hacia el centro del país. En la batalla de Churubusco, en agosto de 1847, el general Pedro María Anaya finalmente tuvo que rendirse por falta de municiones.
 

Imagen de un calendario publicado por el grabador y litógrafo Abraham López en 1848, donde se muestra la salida de las carretas del ejército norteamericano que son apedreadas por la multitud. A la derecha la Cruz de Mañozca y las cadenas del atrio de la Catedral Metropolitana y al fondo el Portal de Mercaderes y la calle de Plateros, hoy Madero, por donde sale la columna de tropas, que tras de un armisticio de dos días penetraron al centro de la ciudad en busca de provisiones..



Ya expresamos antes que fue gracias al grabador y litógrafo Abraham López que pudimos conocer un bosquejo del monumento que mandó construirse el Gral. Antonio López de Santa Anna en el mercado del Volador, pero también debo reconocer que gracias a los relatos del mismo grabador que de manera interesante y explícita conjugó María José Esparza Liberal, del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM, en su trabajo denominado Abraham López un calendarista singular", es que hoy podemos reproducir aquí, algunos episodios relacionados con la Plaza Mayor, nuestra actual Plaza de la Constitución,  durante la intervención norteamericana de 1847.

Según relata Abraham López en su Décimo Calendario del año 1848, tras las derrotas de Padierna y de Churubusco, se pactó un armisticio temporal que provocó un incidente el 27 de agosto de 1847, cuando las tradicionales carretas tiradas por caballos que, usaba entonces el ejército norteamericano, penetraron a la Plaza Mayor en busca de víveres, tal como se aprecia con claridad en la imagen arriba mostrada.

Abraham López describe con lujo de detalles el desenlace de este acontecimiento poco conocido, que tuvo lugar antes de que la ciudad cayera en manos del ejército invasor.

«... Poco después de las ocho y media, pasó el Viático por enfrente de los carros, todos los mexicanos se hincaron menos los yankees, y vieron la estufa sorprendidos, con la mayor indiferencia y, por último, no le hicieron ninguna reverencia. La gente pobre y algunos clérigos empezaron a poner en movimiento a los concurrentes y a maldecir públicamente a los yankees. Casi en seguida unos muchachitos empezaron a tirarles unas pedraditas, a un cochero que estaba junto a la cruz que está frente al Sagrario. El aspecto de ese cochero era risible y enojado con esta clase de juguete, formaba contraste que a todos divertía. Como a las nueve y media empezaron a andar los carros en dirección a Plateros. Al octavo que pasaba por enfrente de la torre que mira al Empedradillo, empezaron la diversión antes dicha de los muchachos, después siguieron las mujeres, continuó la plebe y acabó con tomar parte alguna gente decente.
En ese momento decían que era una estrategia militar para tomar la capital, permitida por el Gobierno. En ese instante se enfurece todo el pueblo y acomete contra los carros. Todo era confusión, una lluvia de pedradas era regalada a cada cochero. No pudiendo resistirla, un cochero en las mulas, caía al suelo, para volver a su asiento a que le desbarataran las costillas. La escolta no podía contener el alboroto y la plebe acometió al mismo tiempo contra ellos, gritando muera los yankees, muera el general Santa Anna por traidor. La plaza contendría más de treinta mil personas de ambos sexos, unas en observación y otras apedreando; de manera que ya los últimos carros parecía nublarse el sol, de la multitud de piedras que se les arrojaban. ”En la primera calle de Plateros era el espectáculo más horroroso y terrible. Un pobre cochero corriendo enclavijaba las manos y gritaba: Mexicanos, soy irlandés, soy cristiano y enseñaba un rosario gordo que traía al cuello. Las piedras le llovían al infeliz, lo tiran de las mulas, pasa su mismo carro sobre él; en seguida, otro, entre los mayores tormentos, este desgraciado dejó de vivir. A este tiempo aparece el general D. Joaquín de Herrera, y se lanza en medio de aquel torbellino, reprehende al pueblo, y les dice que sean valientes en el campo de batalla pero que con el indefenso sean humanos. Este hombre contuvo al momento el desorden
... »

 
 

Otra vista de la Plaza Mayor en 1847, tras la ocupación de las fuerzas norteamericanas. Obsérvense los contingentes frente a Palacio Nacional y la bandera norteamericana en el asta. La bandera fue izada el 14 de septiembre de ese año a las 7:05 de la mañana y permaneció allí hasta el 12 de junio de 1848. Al centro de la plaza aparece una construcción circular, con una fuente, posiblemente los vestigios del basamento del monumento a la Independencia que pretendía construir Antonio López de Santa Anna y que quedó inconcluso.



Al romperse la tregua pactada de manera temporal, la desigual lucha continúa y las batallas de Molino del Rey y de Chapultepec se libraron del ocho al trece de septiembre de 1847. En esta última se batieron gloriosamente el general Nicolás Bravo y el coronel Santiago Felipe Xicoténcatl, que murió en la acción. También perdieron la vida seis de los cadetes que estudiaban en el Colegio Militar, que conocemos como los Niños Héores.
Al siguiente día  Santa Anna se "retira" a la Villa de Guadalupe, dejando completamente desprotegida la capital, por lo que las fuerzas norteamericanas penetran de manera absoluta y definitiva hasta la Plaza Mayor, símbolo de nuestra existencia como nación.
Nuevamente es  Abraham López quién nos relata con gran emotividad y amargura, la ocupación de las tropas invasoras y la vergüenza  simbolizada por la presencia de la bandera de las barras y las estrellas, que fue izada en el asta bandera principal de Palacio Nacional y en donde permaneció durante casi 9 meses.

«... A este tiempo salen de en medio del cuadro formado por la tropa en la plaza, ocho soldados custodiando una bandera grande, avanzando hasta cerca donde están los cimientos de la pirámide, revolean esta bandera y al mismo tiempo enarbolan en el asta del Palacio el pabellón de los Estados Unidos, vi en ese momento desgraciado mi reloj y eran las siete y cinco minutos de la mañana. ...  El pueblo llegaba a tropel y abismado no creía lo que estaba pasando. La multitud en medio de esta escena gritaba mueran los yankees, muera Santa Anna por traidor.
Poco después, de las nueve de la mañana, por la calle de Plateros, viene el general Scott, con un trozo de tropa de caballería y un resto de infantería para el Palacio; sube al balcón principal y arenga al pueblo, éste desprecia su discurso, y entre la multitud sale un tiro de pistola, dirigido al general Scott; buscan algunos soldados donde ha salido ese tiro, pero en vano, porque desaparece entre el pueblo. En ese instante sale una voz de entre la multitud y dice: la fuerza con las balas se repele y no con triduos y novenas como hacen los ricos; hermanos a las armas y con la velocidad del rayo, se oye un fuego graneado por todas las partes y el pueblo sostiene un ataque por todas las direcciones, treinta y seis horas continuas, no puede aquietar esta alarma general, ni haciendo uso de la artillería con mucha frecuencia. Se estacionan multitud de guerrilleros norteamericanos pero ni el cañón, ni el aspecto de los soldados pueden contener la desesperación de un pueblo que acababa de perder su libertad.
... Al general Santa Anna no le quedó otro arbitrio para que tomaran la capital sino marchar con catorce mil hombres a distancia de una legua, ver con sangre fría el posesionarse de la capital y cuando ya estaba todo concluido, disuelve al ejército para que no les moleste a los americanos. ¿Podrá imaginarse juguete más singular? ¿Y que todavía tenga partidarios este gran héroe, que ha causado más males a México que a Egipto todas sus plagas? El ejército ha costado 600 millones de pesos y no ha hecho lo que debe; pues es preciso quitar esas sanguijuelas a la nación ...»

Este grabado también de Abraham López, apareció publicado en su calendario del año de 1849 y muestra el momento en que volvió a izarse la bandera nacional en el asta de Palacio Nacional, el día 12 de junio de 1848 a las 6:15 de la mañana. Previamente la bandera norteamericana había sido arriada con honores militares.


Abraham López también describe en su calendario número 11 del año 1849, el ansiado momento de volver a ver nuestra bandera tricolor en el asta bandera del Palacio Nacional. Este evento tuvo lugar al amanecer del martes 12 de junio de 1848.
Tras de 9 meses de ocupación, paralelamente a las negociaciones para firmar los tratados de Guadalupe Hidalgo, López nos refiere que los decesos que tuvieron las fuerzas invasoras, tan sólo entre septiembre y diciembre de 1847, por heridas, enfermedades y asesinatos en los barrios, podrían evaluarse en 2000 soldados, y que muchas veces eran más de veinte entierros al día los que se efectuaban.
Pero veamos enseguida como relata emocionado y triste, el momento en que nuestra enseña nacional recupera su sitio de honor:

«... El cielo estaba muy oscuro por lo cargado de las nubes; y la lluvia aunque corta hacía aquellos momentos los más tristes… el majestuoso pabellón americano empezó a bajar con mucho orgullo, tal parecía que se regocijaba en los honores que le hacían los de su nación, por los triunfos que había adquirido […] El general americano mandó a toda su tropa armas al hombro; después de esto empezó la salva de artillería y al sexto cañonazo comenzaron a subir con la mayor torpeza nuestro pabellón, bajándose dos veces, pareciendo que se atora el cordel. Después de la inutilidad que empleaban, por fin subió a su antiguo lugar, y entonces eran precisamente las seis y quince minutos […] Nuestro pabellón quedó embarrado en el asta, tal parecía que tenía mucha vergüenza que lo vieran los americanos, y no faltó quien dijera: ¿cómo ha de volar el águila si a la infeliz le faltaba más de una ala y una pierna? ... »

Triste momento que ponía punto final a una de nuestras más grandes tragedias nacionales.

 
¿ Primera fotografía de Palacio Nacional?

Al igual que las fotos de la Catedral que mostramos más arriba, esta puede ser una de las primeras fotografías tomadas al Palacio Nacional, pues en este caso  no parece existir ninguna en el formato de daguerrotipo. Esta imagen se atribuye al fotógrafo francés Joseph Desiré Charnay y corresponde al período 1857-1858. La apariencia del edificio es de descuido, abandono y tristeza. Curiosamente no se aprecia ni una sola alma en la imagen. El asta bandera es la misma donde ondeó la bandera norteamericana por 9 meses.


 

Maximiliano Emperador de México 1864-1867

François Aubert, que se convirtió en el fotógrafo oficial de Maximiliano, tomó esta imagen (en dos partes) del Palacio Nacional en el año de 1864, aparentemente como consecuencia de las mejoras que se realizaron al edificio. Se aprecia además a la derecha el denominado Portal de las Flores, la Plaza Mayor rodeada por una hilera de frondosos árboles y la ausencia de las vías y estaciones de los tranvías de mulitas.



La historia de la llegada de Maximiliano de Habsburgo a México, para convertirse en nuestro segundo emperador, es larga y complicada, pero pueden verse algunos detalles, en este mismo sitio, en la reseña histórica del Paseo de la Reforma
Dice Torcuato Luca de Tena en su libro Ciudad de México en tiempos de Maximiliano, que seguramente el recién llegado emperador padecía del "mal de piedra" pero no porque las tuviera alojadas en su organismo, sino por su muy marcada tendencia a realizar grandes obras urbanas. Entre ellas nos interesa saber lo que hizo en Palacio Nacional y en el Zócalo, pero también se abocó a renovar el Castillo de Chapultepec y desde luego el proyecto, trazo y primera etapa constructiva del Paseo de la Reforma. Por desgracia todas ellas fueron para su comodidad personal.

Recién llegado en 1864, Maximiliano retomó el proyecto del monumento a los Héroes de la Independencia que Santa Anna, había dejado inconcluso y para ello  le encargó a Ramón Rodríguez Arangoity la remodelación integral del Zócalo, obra en la que el elemento principal lo constituía la columna monumental  del proyecto original del arquitecto De La Hidalga. La columna estaría rodeada con esculturas de los héroes de la Independencia y coronada con una gran figura alada.  Maximiliano propuso después como remate un águila imperial, rompiendo una cadena y remontando el vuelo; lo cual se consideró contradictorio, que alguien que había usurpado la corona mexicana, nos hablara de independencia y de un águila rompiendo las cadenas.
Ante la ausencia de Maximiliano el 16 de septiembre de 1864, tuvo a bien encargar a la emperatriz Carlota para que a su nombre diera inicio oficial a la construcción del monumento. Su Majestad se dirigió al centro del zócalo, en que se había colocado una vistosa tienda, para colocar la primera piedra del monumento, aunque como bien sabemos dicha obra volvería a quedar inconclusa, tras la caída del imperio y el fusilamiento de Maximiliano en 1867.

Apenas llegados a la ciudad de México, Maximiliano y Carlota fueron alojados en habitaciones especiales que les habían sido previamente acondicionados en el ala norte del Palacio Nacional. La condesa Paola Kollonitz, que era dama de honor de Carlota, aparte de haberse adelantado a la llegada de la comitiva imperial, fungió como cronista de la corte durante los 6 meses que permaneció en México. Ella es la que narra algunos detalles de las habitaciones que fueron acondicionadas para recibir a Maximiliano. Entre otras muchas cosas menciona  lo siguiente en un libro alusivo denominado Un viaje a México en 1864, que escribió a raíz de su viaje:
 

«... Antes de la llegada de sus majestades fuimos a visitar los departamentos imperiales que a toda prisa habían preparado. Eran augustos y de incomoda disposición. A pesar de que la simplicidad reinaba en todo, el emperador podía sin escrúpulos mudar las cosas del modo que mejor le conviniera ...  En México no saben aprovechar los materiales que en abundancia ofrece el país y con los cuales la solidez y esplendidez se lograrían generosamente ... En todos lados se usan los productos de Europa y a precio de oro traen de más allá de los mares las telas y los muebles ...  Debido a esto el departamento de la emperatriz parecía, más que el de una residencia, el departamento de un hotel europeo ...»

Pero Maximiliano a su llegada a Palacio, entonces denominado Imperial, no se quejó tanto de la disposición de las habitaciones, pues el dormía en un catre de tijera, sino del ruido que desde temprana hora reinaba en los alrededores del Palacio. En los 15 días que vivieron en Palacio antes de cambiarse al Castillo de Chapultepec, Maximiliano solicitó cambiar su catre de campaña a distintas sitios del edificio, sin que lograra encontrar alguno que fuera conveniente a su costumbre de acostarse temprano y levantarse a las 4 de la mañana.
Sin embargo lo que a largo plazo  resultó ser de  trascendencia  y además perdurable, fueron las múltiples adaptaciones que realizó en el interior de palacio, durante su relativamente corta gestión.
José Luis Blasio que fue  secretario particular de Maximiliano y además uno de los pocos mexicanos que formaban parte de su séquito, se convirtió en su biógrafo, escribiendo un libro denominado Maximiliano Intimo en el cual narra con cierto detalle, los diversos trabajos que se emprendieron en esa época. Los párrafos que siguen son de su libro:

 

«...  en la época a que me refiero, llamábase pomposamente Palacio Imperial de México. Maximiliano hizo que se transformara casi radicalmente su interior. El ala derecha del edificio, es decir desde la puerta principal hasta el baluarte del norte ... Fue el emperador quién dispuso que todos los salones que formaban parte del frente de la fachada se convirtieran en un solo inmenso salón que se llamó de Embajadores, pues quedó destinado para las recepciones de los plenipotenciarios extranjeros, para los grandes bailes y para las fiestas de la corte. ... Un día que Su Majestad visitaba las obras de palacio vio por las roturas del cielo raso que las vigas eran de cedro. Mandó quitar el cielo raso y ordenó que se barnizaran y doraran las vigas; se descubrió la hermosa piedra labrada con que están construidas las columnas y los arcos del gran patio principal: se reformó el pavimento de este patio y se arregló el comedor, la capilla y varios salones del piso alto.. El bajo se destinó para bodegas, caballerizas  y cocheras; destinándose una especial para la regia carroza de oro y seda ...»

 
Monumento a la Victoria de Benito Juárez, en el Zócalo.

Al retorno de Benito Juárez a Palacio Nacional en julio de 1867, se celebró su triunfo mediante la colocación de una estatua que simbolizaba la Victoria. La foto es de François Aubert en 1867 y el sitio es el centro de la plaza, mismo que habría de ocupar la columna de la Independencia que nunca se concluyó. De la estatua, temporalmente colocada, se dice que fue donada por el gobernador de Querétaro, pero no pude confirmarlo, ni tampoco su destino final. La inscripción en la placa alusiva decía: Al C. Presidente Benito Juárez en el triunfo de la República, Estado de Querétaro, Julio de 1867.


A la caída de Maximiliano, don Benito Juárez pudo retornar triunfante a la ciudad de México el 15 de julio de 1867 y fue precisamente en ese  día cuando dirigió el manifiesto a la Nación, que es considerado el más  profundo y convincente de nuestra historia política mexicana. Uno de sus párrafos decía:

«... Que el pueblo y el gobierno respeten los derechos de todos. Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz  ...»

En ese año de 1867, Juárez resultó reelecto como presidente constitucional y se concretó finalmente el triunfo republicano.
Sin embargo, no era la primera vez que Juárez  llegaba al Palacio Nacional, ya antes, en 1861 y al triunfo de los liberales en la Guerra de Reforma, ascendió al poder,  pero se vio en la imperiosa necesidad de declarar la moratoria de pagos por dos años. Esta moratoria que se dio el día 17 de julio de 1861, fue el detonador de una nueva intervención extranjera, que finalmente  nos llevó al segundo imperio, encabezado por Maximiliano.
Lo que resulta interesante comentar, es que don Benito Juárez vivió en Palacio Nacional en esos dos períodos y como un homenaje a su permanencia en ese lugar, el 18 de julio de 1957, don Adolfo Ruiz Cortines, decidió convertirlo en  museo.
Se ubica en el ala norte de Palacio Nacional, en lo que alguna vez fue el número 1 de la calle de Moneda. En 1861 año en que llegó por primera ocasión al poder y contra la costumbre arraigada desde la época colonial, se negó a habitar la esquina suroeste de Palacio Nacional y mandó adaptar sus habitaciones  en el ala norte.  En 1863, durante la intervención francesa y tras la caída de la ciudad de Puebla, el presidente Juárez se vio en la necesidad de abandonar la Ciudad de México y por lo mismo sus habitaciones de Palacio Nacional.
Como se dijo antes, no sería hasta el año de1867.cuando la familia Juárez Maza, pudiera volver a ocupar sus antiguas habitaciones y vivir allí sus mejores momentos, disfrutando de la paz que Juárez había logrado para toda la nación. don Benito Juárez vivió en ese sitio hasta el día de su fallecimiento, el 18 de julio de 1872.

Esta fotografía muestra la que fue oficina de Benito Juárez, dentro sus habitaciones personales en el ala norte de Palacio Nacional. Este lugar que hoy es un museo, se conoce como Recinto de Homenaje a Benito Juárez. La imagen se muestra por cortesía de www.delange.org

 Imágenes utilizadas para recrear la entrada del Ejército Trigarante a su paso por la Plaza Mayor en 1821.

Oprima sobre las imágenes para verlas completas

Agustín de Iturbide y su estado mayor, a su paso por la Garita de Belén. Original de F. Bastin, aparece en el álbum de Julio Michaud y Thomas, imagen enviada por Julio Romo Michaud.

Una sección de la estampa grabada en 1797 por José Joaquín Fabregat, en base a un dibujo de Rafael Jimeno y Planes, para conmemorar la inauguración de la la estatua provisional de Carlos IV.
 

Pintura anónima, que muestra la Plaza Mayor y al centro el templete construido para ocultar la estatua ecuestre de Carlos IV. Aparece en el libro: Guadalupe Jiménez Codinach, México. Su tiempo de nacer. 1750-1821.

 

Sección de una pintura anónima, que muestra los elementos decorativos y banderas del arco triunfal a la entrada de San Francisco. Aparece en el libro: de Eduardo Báez, La pintura militar de México en el siglo XIX.

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Última revisión: Domingo, 19 Enero 2014.