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EL ZÓCALO DE LA CIUDAD DE MÉXICO
Primera Parte
Desde la Colonia hasta antes del Porfiriato, 1555-1876.
 
Con "M" de México ... D.F.
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Autor:
Ing. Manuel Aguirre Botello
Septiembre, 2004

 

El "Foro del Tesoro de Moctezuma" es una magna propuesta para incluirse dentro de  los Festejos del Bicentenario en 2010, como una gran obra trascendente y monumental que perdure por mucho tiempo, se convierta en un atractivo turístico  y sea además un justo y muy merecido tributo a los fundadores de este gran País. Conócelo y danos tu opinión y apoyo
             

 

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desde Septiembre de 2004

 

 

ZÓCALO de la CIUDAD DE MEXICO,  Parte 1

 

Introducción

 

Las razones de Cortés.

 

La Inundación de 1629

 

El Mercado del Parián

 

El Motín del Hambre en 1692

 

Reconstrucción de las Casas del Cabildo, 1714,

 

Construcción de la Catedral

 

La Plaza Mayor en el siglo XVIII

 

Revillagigedo dignifica la Plaza Mayor

 

El hallazgo de la Piedra del Sol

 

La Plaza de Carlos IV

 

Entrada del Ejército Trigarante en 1821.

 

Pronunciamiento de 1828.

 

Fotógrafos precursores

 

Demolición de Mercado del Parián

 

Primer monumento a la Independencia, 1842.

 

Mercado del Volador y monumento a Santa Anna, 1844..

 

Entrada del ejército estadounidense al Zócalo en 1847.

 

Llegada de Maximiliano al Palacio Nacional, 1864.

 

Monumento a Benito Juárez.

 

Juárez en Palacio Nacional

 

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La Campana de Dolores es uno de los símbolos patrios más importantes de nuestra nación  y se encuentra localizada en en el sitio de honor del Palacio Nacional en el Zócalo de la Ciudad de México, desde el 16 de septiembre de 1896. Conocida también como el esquilón de San José, está montada en un nicho especial, localizado arriba del balcón principal de Palacio Nacional. Al concluirse las obras del tercer piso de Palacio Nacional, fue reinstalada en su lugar actual, el 14 de septiembre de 1926.



Introducción

Hablar del Zócalo quiere decir hablar de la plaza más importante y representativa de nuestro país. Sus orígenes se remontan a la época de la Conquista y a la refundación de la Ciudad de México, como tal, en el año de 1523 por Hernán Cortes. Lo que sigue no es precisamente un relato detallado de la historia de esta singular plaza, pues sería demasiado extenso y además fuera de mi alcance y conocimiento.  Sin embargo si trataré de mostrar de que manera  ha ido evolucionando con el paso de los siglos y como algunos de los acontecimientos y edificios pudieron dejar su huella, a través de algunas de las imágenes que podrán ver a continuación.
Por el número de imágenes que se incluyen he dividido este trabajo en cuatro partes: la primera que es ésta, que va desde la época de la Colonia hasta la caída de Maximiliano, la segunda parte que cubre el período porfiriano hasta 1910,  la tercera parte desde el inicio de la Revolución Mexicana hasta fines del siglo XX y una cuarta parte y final que trata de cubrir la etapa contemporánea.

 

Las razones de Hernán Cortés

Vista parcial del centro de la Ciudad de México en el año de 1555 según se muestra en el plano elaborado posiblemente bajo la dirección del cartógrafo Alonso de Santa Cruz, pero ejecutado por manos indígenas, según se cree dentro del que fue Colegio Imperial de Santa Cruz, donde se impartían clases especialmente a los hijos de la nobleza indígena. Este colegio fue fundado en 1535 y estaba ubicado junto al convento de Santiago Apóstol en Tlatelolco. En la imagen se aprecia la Plaza Mayor aparentemente cruzada diagonalmente por una acequia y a la derecha la Iglesia Mayor, que aunque  en 1530 fue expedida la bula papal para elevarla al rango de catedral, en el dibujo no se usa dicho calificativo. También se aprecia que esta iglesia, que después fue demolida como veremos más adelante, estaba orientada con su frente hacia el oriente.  Del lado izquierdo de la plaza cruza la que fue denominada acequia real y aparentemente un múltiple sistema de canales que aún se conservaba. Se pueden localizar también la Casa Real y la existencia de la iglesia de Santo Domingo a la derecha.
Para ver una versión ampliada y completa de este plano, oprima aquí.


Si hoy nos aterran (2005) las imágenes de un Nuevo Orleans inundado y destruido por un terrible desastre natural, es bueno saber que a nuestra gran Ciudad de México le ha tocado vivir aún peores adversidades. Casi todos recordamos los graves daños y el horror de la muerte que provocó el sismo de 1985, una tragedia de dimensiones incalculables, pero en verdad considero que no sería comparable con las escenas de horror y muerte que debieron vivirse al final de la caída de la Gran Tenochtitlan y la gran matanza y destrucción que dejaron las fuerzas conquistadoras de Hernán Cortés y sus aliados el 13 de agosto de 1521, tras de 75 días de asedio.
Voy a reproducir enseguida unos párrafos del excelente relato que hace el historiador Alejandro Rosas en la página de la Presidencia de la República:

 

«... El 13 de agosto de 1521, luego de setenta y cinco días de sitio, la legendaria Tenochtitlan sucumbió ante el embate de los españoles y los miles de indígenas que se unieron al conquistador para terminar con el yugo del imperio azteca. No quedó piedra sobre piedra. Cortés avanzó difícilmente entre los escombros de las casas señoriales y palacios que lo habían maravillado en noviembre de 1519. La muerte impregnaba el ambiente.

Cientos de cadáveres tapizaban las calles de tierra; las de agua estaban anegadas. Conforme se fue desarrollando el sitio, los españoles tomaron calle por calle y casa por casa. Destruyeron todo a su paso para crear tierra firme en donde sólo corría agua. Un año antes, la tristemente célebre “Noche Triste” había marcado a los españoles. En la retirada muchos murieron ahogados en los canales al no encontrar caminos de tierra firme por donde huir. Al iniciar el sitio, Cortés cuidó hasta el último detalle y no olvidó la amarga experiencia: ordenó destruir las construcciones tomadas y arrojar los escombros sobre las acequias para garantizar una rápida retirada, sobre terreno sólido, en caso de que fuera necesario.

El hedor era insoportable. Se llegó a decir que los indios habían decidido no sepultar a sus muertos para utilizar la putrefacción de los cadáveres y sus fétidos olores como un arma contra los españoles. El aspecto general de la ciudad era lamentable, difícil se hacía la respiración por el aire contaminado, no había suministro de agua potable --el acueducto estaba destruido desde los primeros días del sitio-- ni alimentos y en las pocas acequias que todavía corrían por la ciudad en ruinas se combinaban agua y sangre. Aquel 13 de agosto de 1521, Tenochtitlan era prácticamente inhabitable ...»

Al final, Hernán Cortés se encontraba ante la gran disyuntiva: ¿Que hacer con los escombros de lo que había sido la Gran Tenochtitlan, cuna de una de las civilizaciones más organizadas, ricas  y avanzadas de su época?
La pregunta no era nada fácil de responder y para ello era necesario analizar los distintos puntos de vista y posibles opciones. Ante tal situación Hernán Cortés y sus fuerzas salieron de aquel devastado territorio y se dirigieron al pueblo de Coyoacan, hermoso y tranquilo lugar entonces localizado en la costa poniente de la laguna de México.
De acuerdo con las ordenanzas de la corona española el primer paso para legalizar la fundación de la capital de la Nueva España sería crear el Cabildo o Ayuntamiento, cuya primera función sería localizar cual sería el sitio más adecuado.
Muchas otras prioridades tenía Cortés antes de fundar la capital, como por ejemplo la localización de los tesoros perdidos de Moctezuma, más sin embargo en principio parecía apoyar que la nueva ciudad se construyera fuera del islote de Tenochtitlan y al menos eso hacía creer a lo miembros del Cabildo. Los lugares que se pensaba podrían reunir las características típicas de las ciudades españolas eran Coyoacan, Tacuba y Texcoco, cumpliendo con los requisitos de ambiente sano, cómodo, ventilado y seguro, con suficiente agua potable, materiales de construcción, pastizales para ganado y de fácil acceso.
Como en muchas de sus audaces actitudes, en los primeros meses de 1522, Cortés tomó la gran decisión de fundar sobre los restos de Tenochtitlan  la capital de la Nueva España  y así se lo hizo saber a Carlos V en su tercera carta de relación, fechada en mayo de 1522:
 

«...habiendo platicado en qué parte haríamos otra población alderredor de las lagunas - porque désta había más nescesidad para la seguridad y sosiego de todas estas partes - y ansimesmo viendo que la cibdad de Temixtitán que era cosa tan nombrada y de que tanto caso y memoria siempre se ha fecho, paresciónos que en ella era bien poblar, porque estaba toda destruida. Y yo repartí los solares a los que se asentaron por vecinos, y fízose nombramiento de alcaldes y regidores en nombre de Vuestra Majestad segúnd en sus reinos se acostumbra. Y entretanto que las casas se hacen acordamos de estar y residir en esta cibdad de Cuyocan, donde al presente estamos de cuatro o cinco meses acá que la dicha cibdad de Temixtitán se va reparando. Está muy hermosa, y crea Vuestra Majestad que cada día se irá ennobleciendo en tal manera que como antes fue prencipal y señora destas provincias todas, que lo será también de aquí adelante. Y se hace y hará de tal manera que los españoles estén muy fuertes y seguros y muy señores de los naturales, de manera que dellos en ninguna forma puedan ser ofendidos ...»

Era evidente que Cortés estaba cometiendo un grave error al refundar la Ciudad de México sobre los escombros de la que fue Gran Tenochtitlan y así lo consideraban tanto los miembros del Ayuntamiento como sus propios capitanes, sin embargo las razones de Cortés eran de índole política y no técnicas, la Gran Tenochtitlan había sido siempre un símbolo de fortaleza y poder para todo el resto de las provincias que le rodeaban y que le rendían tributo. ¡Cortés quería que así siguiera siendo!
Aunque al principio tuvo razón y la ciudad creció fuerte y hermosa, el tiempo se encargó de demostrarnos cuan grande fue su error..
Después de todo, uno más de los grandes errores de nuestra historia.

Como dice Cortés en su carta de relación, procedieron a repartir los solares entre los vecinos, más no dice que los mejores fueron para él.  Cortés eligió las llamadas Casas Nuevas sitio donde se levantaba el palacio que se mandó construir Moctezuma en el costado sur del gran centro ceremonial y que hoy corresponde al Palacio Nacional. También se apropió del sitio que ocupaba el gran Palacio de Atzayácatl, lugar donde Moctezuma había alojado a Cortés y sus huestes a su llegada en 1519; hoy dicho sitio es ocupado por el edificio del Monte de Piedad.
Por instrucciones de Hernán Cortés, el responsable del trazo de la que fue la Villa Rica de la Veracruz, Alonso García Bravo,  fue traído a Tenochtitlan e inició la tarea de levantar la nueva ciudad sobre la isla. La manera como estaba proyectada Tenochtitlan era bastante semejante a muchas ciudades españolas con una gran plaza central de forma cuadrangular  sin embargo en vez de estar flanqueada en sus cuatro lados por los edificios de mayor importancia --catedral, palacio y casas señoriales, el gran Centro Ceremonial era un conjunto de templos distribuidos de forma simétrica dentro del área.
Antes de escribir estos párrafos, en 2003, quise satisfacer mi curiosidad y verificar, aunque fuese de manera aproximada, que tanto coincidían entre si, el área actual que ocupa el Zócalo, con el área que ocupó el Recinto Ceremonial y pueden encontrar el mapa que muestra tal superposición en estas mismas paginas bajo el título de "Recinto Ceremonial y el Templo Mayor". Lo lógico sería que el INAH, en un sitio oficial, publicara de manera abierta todos los resultados y avances de la investigaciones que realiza, fundamentalmente con fondos públicos, más no es así, las publicaciones son impresas, las hacen los investigadores de manera directa y están a la venta del público. Ojalá que ahora que se habla tanto del derecho a la información que tenemos los ciudadanos, se abran estos archivos a la vista del público en general.
En fin el hecho es que la construcción de la Catedral Metropolitana y sobre todo el Sagrario, se hicieron sobre las ruinas de los templos prehispánicos y ocupando parte del material de demolición. Las casas de Cortés quedaron fuera del recinto ceremonial y se construyeron sobre las ruinas de los que fueron palacios habitados por Moctezuma y su padre Atzayácatl.
Al inicio de este párrafo aparece la imagen que posiblemente sea la más antigua que muestre con claridad la situación de la Plaza Mayor y los edificios colindantes.  Se dice corresponde al año de 1555 y forma parte
del plano de Alonso de Santa Cruz, cartógrafo español que trabajaba a las órdenes de Carlos V.

La Plaza Mayor en 1628, según se muestra en un detalle del plano de la ciudad dibujado por Juan Gómez de Trasmonte.  Marcado con la letra "A" aparece lo que fuera el Palacio Virreinal, con la letra "B" la  Catedral en su etapa constructiva, la letra "C" marca la localización de las Casas del Cabildo, la "D" la Casa Arzobispal y la "F" la Plaza del Volador y más atrás lo que fuera la Universidad. El número "4" parece representar de manera estilizada, el Templo de la Profesa . En color azul aparece la denominada Acequia Real. Para ver, en este mismo sitio, la imagen completa y ampliada de este maravilloso grabado de la Ciudad de México, oprima aquí.


Los años pasaron y en el mapa de la ciudad que pintó Juan Gómez de Trasmonte en 1628, parcialmente mostrado arriba, aparece la disposición que tenía la entonces llamada Plaza Mayor y que dio origen a nuestra actual Plaza de la Constitución, mejor conocida como Zócalo.
De las casas de Cortés, una de ellas la de Moctezuma, con el tiempo la vendieron sus sucesores y se convirtió en el Palacio Virreinal, la otra la de Atzayacatl, no aparece en el dibujo pero actualmente y en su lugar se encuentra el edificio del Nacional Monte de Piedad.
 

La terrible inundación de 1629-1633

La Ciudad de México y por lo mismo la Plaza Mayor sufrió la peor inundación de toda su historia apenas un año después de que Trasmonte la pintó muy bella y bien cuidada en 1628. La inundación duró desde 1629 hasta 1633 y destruyó una gran parte de la ciudad, murieron 30,000 indígenas y las familias españolas la abandonaron, reduciendo el número de 20,000 a solamente 400 vecinos. Este dibujo, del que se desconoce la autoría muestra de manera esquemática el gran desastre que vivió la ciudad. Léase en los textos de la imagen la indicación de que la Albarrada de San Lázaro fue totalmente cubierta por el agua y que todos los arrabales en dirección poniente se perdieron.


Hernán Cortés cometió otro error al romper el delicado equilibrio hidráulico que guardaba el entorno lacustre de la Gran Tenochtitlan. No solamente destruyó en varios sitios la Albarrada de Netzahualcoyotl para dar paso a los 13 bergantines que construyó para invadir la isla, sino que al final ordenó tapar las acequias que existían con el material de demolición de los templos que destruyó. Me parece intuir que el equilibrio hidráulico era en extremo delicado y además bastante complicado, pues los mexicas y a raíz de la gran inundación que vivieron en el año de 1450 se vieron precisados a regular de manera por demás ingeniosa, el flujo de agua de los lagos que circundaban la Gran Tenochtitlan. La albarrada construida por Netzahualcoyotl después de la gran inundación de 1450, fue una magna obra que permitió que el agua dulce procedente de los manantiales y los lagos de Xochimilco y Tlahuac rodeara la isla, separándola de las aguas salobres y poco útiles del lago de Texcoco. Esta gran idea hizo florecer la agricultura y la pesca en la zona y mediante compuertas y pasos levadizos regulaban tanto el flujo de las aguas como el de las canoas, que era su principal y eficaz medio de transporte. Los conquistadores menospreciaron y destruyeron sistemáticamente el sistema hidráulico de los mexicas y los resultados fueron nefastos. Ya en otra sección sobre Tenochtitlan dijimos como fue que Bernal Díaz del Castillo quedó pasmado cuando apenas algunos años después de haber estado en Iztapalapa en 1519, aquel lugar se había transformado:
 

«...que si no lo hubiere de antes visto dijera que no era posible que aquello que estaba lleno de agua, que esté ahora sembrado de maizales ...»
 

Los lagos por alguna razón fueron perdiendo su volumen de agua, pero no despareció el peligro de las inundaciones en tiempo de lluvias y por lo mismo se construyó otra albarrada en 1555, denominada de San Lázaro, que protegía la isla por el lado oriente. Esta construcción no recibió el adecuado mantenimiento y por lo mismo quedó sujeta a filtraciones y roturas. No es aquí el lugar para narrar todas las peripecias que vivió aquella renaciente ciudad y sus esfuerzos para buscar una salida a las aguas pluviales de la cuenca cerrada que es el Valle de México, pero la suerte estaba echada y para el año de 1629 la extremadamente intensa temporada de lluvias y el posible error de Enrico Martínez al permitir el taponamiento de la boca del desagüe que estaba construyéndose,  dio lugar a la inundación más terrible, destructiva y prolongada de la historia de la capital de nuestro país.
El día 21 de septiembre de 1629 una violenta y torrencial tormenta descargó sus aguas durante 36 horas continuas sobre la ciudad y  las lagunas del valle. El volumen del agua proveniente de los lagos de Zumpango, Xaltocán, San Cristobal y Texcoco que se encontraban por arriba del nivel de la ciudad, descargaron sus excedentes en cascada, hasta romper totalmente las protecciones del alabarradón de San Lázaro.
En carta al rey de España, el Arzobispo Manso y Zúñiga le escribió:
 

«...que murieron 30,000 indios y de 20,000 familias españolas no le habían quedado a México cuatrocientos vecinos, quedando aquella como un cadáver muerto (sic) ... »

Pero a esta desgracia del impacto inicial de las lluvias, debemos agregar el tiempo que permanecieron inundadas todas las calles de la ciudad.
 ¡Aunque nos pueda parecer increíble la Ciudad de México permaneció 5 años bajo las aguas!
No resulta fácil asimilar la magnitud del desastre.

Para el 22 de octubre de 1629, y con el nivel de las aguas cada vez más alto, el mismo Arzobispo Manso fue consultado por el virrey respecto a que acciones pudieran tomarse para resolver el grave problema y éste le dijo
 

«...que primero habría que ver si quedaba aún ciudad que preservar pues de lo contrario convenía mas cambiarla de sitio ... »

Para los meses de junio, julio y septiembre de 1630, ¡un año después! la inundación fue en aumento y se complicaron gravemente los problemas de salud de la  población,  por la contaminación de las aguas. Las juntas, consultas, proyectos, e inspecciones oculares, se multiplicaron, pero la solución final se pospuso hasta el año de 1631, cuando se concluyó sobre la inconveniencia de cambiar de sitio la ciudad, por la gran inversión que se había hecho en las propiedades (50 millones de pesos) y que por lo mismo sería más conveniente gastar 4 millones de pesos en la conclusión de las obras del desagüe.
Otra buena oportunidad de haber cambiado de sitio nuestra ciudad capital, se había perdido irremisiblemente...

Es por demás evidente que la Plaza Mayor estuvo cubierta por las aguas durante esta larga etapa de nuestra historia y por lo mismo la Catedral, que se encontraba en construcción vio afectado el  proceso de las obras, las que fue necesario suspender totalmente.

Una anécdota curiosa se refiere a que cuando las rogativas de los fieles resultaron inútiles y la inundación continuó día tras día en aumento, el Arzobispo Manso decidió transportar la imagen de la Virgen de Guadalupe desde su santuario en el Tepeyac hasta la inundada Catedral y ver si así los libraba de tan terribles males. Veamos a continuación un fragmento del relato del jesuita Florencio:
 

«...Salieron de la ciudad en una flota de canoas y góndolas bien aderezadas y esquisadas de remos .... y navegando al santuario  ( porque no podía ya caminarse por tierra) la sacaron de su altar después de casi 108 años que había sido llevada a él ... y embarcándola en la faluca del arzobispo, acompañada de los principales personajes que en ella cupieron bogaron hacia México con aparato grande de luces en las embarcaciones, de música, de clarines y chirimías, cantando el coro de la Catedral himnos y salmos, con más consonancia que alegría  ... »

Resulta interesante saber que a pesar de la estancia de la Virgen de Guadalupe en la (aún inconclusa) Catedral, desde 1629 y hasta el año de 1635, la inundación continuó.

Y este fenómeno natural, que bien pudo ser motivado por errores humanos (destrucción de la Albarrada de Netzahualcoyotl), nos hace recapacitar muy seriamente sobre los grandes riesgos que, aún ahora, sigue corriendo la Ciudad de México. Así como Nueva Orleans tiene zonas urbanas por debajo del nivel del mar, la Ciudad de México tiene a su vez una buena parte de  su área  conurbada, por debajo del nivel de las aguas de los lagos y presas que la rodean.
El Canal del Desagüe hace ya muchísimos años que funciona a contra-pendiente y el agua se debe extraer mediante un sistema de estaciones de bombeo escalonadas y a un costo prohibitivo. Pero si esto es grave, pues depende del suministro de electricidad, el Sistema de Drenaje Profundo, joya de nuestra ingeniería mexicana, no cuenta con opciones alternas y un taponamiento (similar al de 1629) evitaría la salida de las aguas de la ciudad. Una situación así en época de lluvias torrenciales  provocaría  que en un corto tiempo el centro histórico y una área muy grande a su alrededor,  quedaran gravemente cubiertas por las aguas. 
Del gran desastre de 1629, es relativamente poco lo que sabemos, evidentemente no hay fotos, no hay videos, ni grabaciones de audio, pero ahora todo el mundo pudo observar, casi en vivo, el efecto devastador del huracán Katrine y posteriormente la inundación de gran parte de la ciudad, al romperse los diques de protección. Hemos visto también, el sufrimiento de más de medio millón de habitantes y el grave problema político y social que se generó.
Por la seguridad de una gran ciudad como la nuestra (gigantesca ciudad diría yo) es algo que no podemos soslayar, debemos estar concientes de ello y tomar las medidas y acciones necesarias que puedan evitarlo. Las obras subterráneas no son lucidoras para los políticos, pero todos sabemos que en este caso son prioritarias. La ampliación y el mantenimiento permanente del Sistema de Drenaje Profundo no deben de ser olvidados. ¡Recordemos 1629!
 

El Mercado del Parián

Plaza Mayor de la Ciudad de México, según la traza del plano  realizado por Carlos López del Troncoso en 1760 y posteriormente grabado por Diego Franco. La Catedral parece tener una sola de sus torres en proceso de construcción y está marcada con la letra "A". La letra "B" representa el Palacio Virreinal, hoy Palacio Nacional y la letra "C" las Casas del Cabildo hoy Palacio de Gobierno del D.F.. Enfrente del Palacio Virreinal y a un costado de Catedral se encuentra el Mercado del Parián marcado con la letra "G", ocupando gran parte de la plaza. La letra "E" representa la Plaza del Volador, la "D" la Casa del Arzobispado, la "F" muestra la Casa de Moneda y la H el Portal de Mercaderes. Para ver, en este mismo sitio, la imagen completa y ampliada de este maravilloso grabado de la Ciudad de México, oprima aquí.



Dentro de la Plaza de Armas y frente al Palacio del Ayuntamiento el virrey de la Nueva España, Marqués de Cerralvo, mandó a construir un edificio destinado a cuartel de caballería el 15 de  enero de 1624. Este local posiblemente provisional, no se aprecia en la imagen del plano de Gómez de Trasmonte de 1628. Con el tiempo este sitio acabó por convertirse en mercado para la venta de artículos diversos.
El 8 de junio de 1692 y a raíz del denominado el Motín del Hambre, tanto el mercado como el Palacio del Ayuntamiento y el Palacio Virreinal fueron incendiados por la turba enardecida.
Pero fue hasta el 17 de agosto de 1695 cuando el virrey Conde de Gélves inició las obras de construcción del edificio definitivo en piedra mamposteada y estuvo a cargo de Pedro Jiménez de Cobo que tenía el cargo de Regidor Obrero. Esta obre se concluyó hasta el año de 1720 y constaba de dos pisos con un total de130 locales distribuidos en el exterior e interior,  para lo cual se contaba con 8 puertas de acceso.
Tomó el nombre de El Parián en virtud de su semejante del mismo nombre que existía en Manila, Filipinas, sitio del que procedían la mayor parte de las mercaderías que allí se vendían.
Durante mucho tiempo fue considerado el centro del comercio de la ciudad, por la enorme variedad de finos productos que allí se expendían, pero con el paso del tiempo el sitio y la calidad de sus mercancías se fue degradando, al grado de que la Marquesa de Calderón de la Barca llegó a comentar que el espectáculo de un bello atardecer en la Plaza Mayor, no tendría rival a no ser por un defecto

«... el tener una pila de tiendas llamadas El Parián que rompe la uniformidad ...»

A continuación también reproduzco unos cuantos párrafos que Don Guillermo Prieto escribió en su libro Memorias de mis Tiempos:

«...Por aquel tiempo se ordenó y llevó a cabo la demolición del Parián, grande cuadrado que ocupaba toda la extensión que hoy ocupa el Zócalo, con cuatro grandes puertas, una a cada uno de los vientos, y en las caras exteriores, puertas de casas o tiendas de comercio. En el interior había callejuelas y cajones como en el exterior y alacenas de calzados, avíos de sastre, peletería, etc.
En un tiempo los parianistas constituían la flor y la nata de la sociedad mercantil de México, y amos y dependientes daban el tono de la riqueza, de la influencia y de las finas maneras de la gente culta.
La parte del edificio que veía al palacio la ocupaban cajones de fierros, en que se vendían chapas y llaves, coas y rejas de arado, parrillas y tubos, sin que dejaran de exponerse balas y municiones de todos calibres, y campanas de todos tamaños. Al frente de la catedral había grandes relojerías..., la contraesquina de la 1.ª calle de Plateros y frente del portal la ocupaba la gran sedería del Sr. Rico, en que se encontraban los encajes de Flandes, los rasos de china, los canelones y terciopelos, y lo más rico en telas y primores que traía la Nao de Dhina... En el interior, principalmente, los cajones de ropa eran de españoles
... »

Véase más adelante sobre la Demolición del mercado del Parián.


Aquí se muestra una imagen del Mercado del Parián que se ubicaba dentro de la Plaza Mayor, aunque aquí luce impecable y limpio, en sus últimos años llegó a a ser un foco de suciedad y contaminación. Al fondo se muestra la Casa del Cabildo o Ayuntamiento y a la derecha lo que fue el portal de Mercaderes.


El Motín del Hambre

Tras las desastrosas inundaciones de 1629, la ciudad continuó siendo presa de grandes problemas para desfogar las aguas de lluvia en los años de fuertes precipitaciones. En 1691 el Valle de México se vio azotado por muy fuertes y prolongadas lluvias que aparte de causar terribles estragos a la población y las construcciones, provocó una terrible escasez en la producción de granos.
Para el año siguiente este y otros muchos motivos de inconformidad dieron lugar a un hecho insólito en la historia de la entonces llamada Plaza Mayor y que se conoce como el Motín del Hambre
No es aquí el lugar para hacer una relación detallada de lo acontecido pero durante la administración del virrey Gaspar de la Cerda, Conde de Gélves, ocurrió el más grave de los disturbios que hubo en la capital de la Nueva España,
 El 8 de junio de 1692, debido a la falta de granos básicos en la Ciudad de México, el pueblo se amotinó apedreando primero el Palacio Virreinal, para después prender fuego en casi todos los balcones y puertas del ala sur del palacio, en donde se encontraban los aposentos de los virreyes. No conformes con ello los amotinados causaron graves saqueos e incendios en los denominados "cajones" comerciales diseminados en la plaza y dentro del mercado del Parián y prosiguieron después con el Ayuntamiento también conocido como casas del Cabildo.
Un resumen de daños, incluiría los portales interiores y algunos aposentos de la casa de los virreyes, el zaguán de la puerta principal del Cuerpo de Guardia, la Cárcel, la Sala del Crimen, la Sala de los Tormentos, la Escribanía y sus archivos y la Real Audiencia, todo esto en el Palacio Virreinal. Don Carlos Sigüenza y Góngora, relator y actor de estos hechos,  logró evitar la quema de importantes archivos del Tribunal de Cuentas y de la Sala de Real Acuerdo.
Los más graves daños se dieron en el edificio del Ayuntamiento que quedó totalmente consumido por las llamas, incluyendo los aposentos de los Corregidores, la Diputación y la Alhóndiga, principal motivo de las disputas, por el exiguo reparto de granos. Las pérdidas materiales y el costo de lo robado se calculó en 3 millones de pesos y la pérdida de vidas humanas nunca se estableció con exactitud.
La siguiente excepcional imagen, nos muestra en detalle los destrozos del Palacio Virreinal que aún se apreciaban en 1695, fecha en que Cristóbal de Villalpando tuvo a bien realizar su histórico y descriptivo trabajo.
Las obras de reconstrucción del palacio tardaron muchos años en realizarse y fue entre 1714 y 1720 que el Virrey Fernando de Alencáster, Duque de Linares, tuvo a bien ejecutar.
 


En esta muy bella y descriptiva imagen, cuya autoría pertenece al gran artista Cristóbal de Villalpando, pueden apreciarse los grandes daños causados por el incendio en el ala sur de palacio en 1692. Por si fuera poco podemos apreciar el grado de avance las obras de Catedral, aún sin concluir, el Mercado del Parián al frente, la muy amplia Acequia Real del lado derecho y el sin número de puestos y cajones que atiborraban la plaza de comerciantes y posibles compradores. La obra de Villalpando es de 1695 y actualmente se encuentra en Inglaterra y forma parte de la Colección James Mathuen Campbell. Oprima aquí para verla en mayor tamaño y detalle.



La reconstrucción de las Casas del Cabildo

Litografía que publicó el ilustre Casimiro Castro en su Album México y sus Alrededores en 1855, corresponde al Edificio del Ayuntamiento una vez reconstruido.


Las Casas del Cabildo, después conocidas como Edificio del Ayuntamiento, aparecen primeramente señaladas en la imagen de la Plaza Mayor del año de 1628 y como se ha dicho arriba, fueron radicalmente destruidas e incendiadas durante el Motín del Hambre de 1692, incluyendo los locales de la Alhóndiga y la Carnicería,
Por tal motivo, dichos edificios fueron reedificadas totalmente por instrucciones del Virrey Fernando de Alencáster, iniciando las obras en 1714 y  concluyendo en el año de 1722. La obra se efectuó bajo la dirección de Pedro de Arrieta y José Miguel Álvarez, maestros de arquitectura, según consta en un viejo Libro de Cuentas del que tuvo conocimiento Don Guillermo Tovar y Teresa y quién amablemente me proporciona el dato. Al ser totalmente reconstruido, el edificio del Ayuntamiento toma la ubicación, alineación y forma que tiene en la actualidad.

Para conocer más detalles sobre la evolución y reconstrucción de las que originalmente se conocieron como Casas del Cabildo, se puede acceder en este mismo sitio, a una página que muestra su evolución histórica en forma grafica, para ello oprima aquí.


La construcción de la Catedral Metropolitana

La Catedral de la Ciudad de México en proceso de construcción en una fecha posiblemente posterior a 1760. Obsérvese la posición de la Cruz de Mañozca al frente del Atrio y la situación de la barda perimetral que  coinciden con los mostrados en el dibujo de López del Troncoso, más arriba mostrado y que también corresponde al año de 1760. La Catedral Metropolitana se realizó con un proyecto de Claudio de Arciniega, comenzando su construcción en 1573 y terminando 218 años después alrededor de 1791.


Tras concluida la conquista, Hernán Cortés ocupó los servicios de Alonso García Bravo en 1522, para realizar la traza de lo que sería la nueva ciudad de México. Entre otras cosas, dispuso reservar al norte de la proyectada gran Plaza Mayor, alrededor de 25 solares que se utilizarían para construir una Iglesia Mayor y sus necesarias dependencias. Tras de múltiples contratiempos y el viaje a Las Hibueras de Cortés, el inicio de la construcción del gran templo se pospuso e incluso los terrenos fueron ocupados por tiendas diversas y hasta una plaza de toros.
No pudo ser hasta el año de  1524 que Cortés a su regreso, ordena al Maese Martín de Sepúlveda, maestro de obras y alarife de la ciudad, la construcción de una primitiva iglesia en el lugar designado, aprovechando material demolido de los templos mexicas que fue utilizado como cimiento. Esta Iglesia Mayor, que se aprecia claramente en el plano de Alonso de Santa Cruz al principio de este texto, estaba orientada de oriente a poniente, o sea al contrario de la actual catedral y no era otra cosa que un modesto templo de planta basilical y tres naves. Su largo total era equivalente en forma aproximada al ancho de la actual Catedral, sin el Sagrario, mientras que el ancho de las tres naves juntas apenas llegaban a los 30 metros.
Esta iglesia fue convertida en Catedral por acuerdo del emperador Carlos V y el Papa Clemente VII,  según la bula papal del 9 septiembre de 1530, sin embargo  la Cédula Real llega a poder de Fray Juan de Zumárraga hasta el mes de mayo de 1532, mientras tanto, el título de Metropolitana lo recibe hasta 1547 por acuerdo del Papa Paulo III. La Catedral queda terminada en el año de 1534 y según nos relata Don Manuel Toussaint:

«... Esta iglesia pequeña, pobre, vilipendiada por todos los cronistas que la juzgaban indigna de una tan grande y famosa ciudad, prestó bien que mal sus servicios durantes largos años ... »

Como los planes para la construcción de una Catedral más grande, digna de la más  importante ciudad de la Nueva España, hubieron de posponerse por largos años, esta pequeña catedral continuó en servicio, habiéndose  reparado en forma total en el año de 1584. Pasarían 42 años antes de que esta singular iglesia  fuera finalmente absorbida por la nueva construcción y demolida en el año de 1626.

Para 1562 se realiza el trazo de la que sería catedral definitiva, conservando la misma orientación Oriente-Poniente, e incluso se comienzan a construir los cimientos de la que se proyectaba tan grande como la de Sevilla y habría de contar con 7 naves. Sin embargo para 1565 los cimientos prácticamente terminados, se abandonan por muy diversas razones e inconvenientes.

No sería hasta 1570, en que se rectifican los trazos y se reorienta la catedral en dirección Norte-Sur, pero ahora  en base a un proyecto desarrollado por el arquitecto español Claudio de Arciniega, que finalmente fue respetado plenamente hasta su conclusión.
Los trabajos de construcción de los nuevos cimientos no comenzaron sino hasta 1571, cuando el virrey Martín Enríquez y el arzobispo Pedro Moya de Contreras colocaron la primera piedra de tan colosal obra. Considerado el Primer Monumento Religioso de América, la Catedral Metropolitana de México fue edificada a lo largo de 218 años participando en la obra 16 distintos arquitectos.
Para 1573 y ante los múltiples problemas que presentaba la cimentación  de tan singular obra, asentada literalmente sobre el fango, se copió el modelo de los Mexicas y se llevó a cabo una plancha de cascajo y piedra apoyada sobre estacas de madera a una distancia de 60 centímetros cada una, que en conjunto sumaban 22 mil. Este ingenioso sistema de construcción, de aportación netamente mexicana, ha perdurado hasta nuestros días y a través de su evolución tecnológica, el principio básico se ha utilizado para construir todas las grandes edificios y monumentos existentes en la Ciudad de México.  Finalmente las estacas de madera del proyecto original, han podido resistir terribles sismos, incendios y hundimientos por más de 400 años. En épocas recientes hubieron de ser definitivamente reforzados ante la inminencia de un posible derrumbe después del terremoto de 1985.

La construcción de la catedral Metropolitana se demoró muchos años y es imposible dar detalles en un corto resumen, pero baste saber que los cimentos se terminaron hasta 1581 y que para 1585 se trabajaba ya en la construcción de las capillas; para 1615 todos los muros tenían más de la mitad de su altura y ocho bóvedas habían sido totalmente terminadas. Es por este motivo que para 1626 se decide demoler la catedral primitiva. Como ya lo dijimos antes, un fenómeno natural extraordinario provocó la inundación de la capital en 1629, misma que se prolongó por 4 largos años y que trajo inumerables contratiempos a la construcción, que obligaron a suspender las obras e incluso pensar en la cancelación del proyecto. Tras la decisión de no cambiar de sitio la capital virreinal, las obras continuaron con lentitud y no fue hasta 1787 que bajo la dirección de Damián Ortiz, se comenzó la construcción de ambas torres, quedando totalmente terminadas hasta el año de 1791.
Resulta de interés mencionar brevemente la participación del escultor y arquitecto Manuel Tolsá en la modificación de la cúpula central del conjunto, que se realizó después de terminadas las torres. También diseñó y colocó las balaustradas y en la fachada construyó el cubo del reloj rematado por tres obras maestras suyas: La Fe, La Esperanza y La Caridad.
Las obras del Sagrario fueron concebidas por Lorenzo Rodríguez, habiéndose colocado la primera piedra en 1749 y la conclusión de la obra tuvo lugar en 1768.
La referida al principio, Cruz de Mañozca, que en 1760 se encontraba al frente de la Catedral, la hizo trasladar de Tepeapulco, Hidalgo, el entonces Arzobispo Don Juan de Mañozca, quien concluyó su colocación el 14 de septiembre de 1649 en el frente de lo que era entonces el cementerio; posteriormente en 1803 es trasladada a la esquina del atrio del lado de la calle de Seminario, en donde permanece hasta ahora.
En la imagen siguiente se muestra la Catedral Metropolitana completamente terminada y las obras de embellecimiento de la Plaza Mayor llevadas a cabo por el Virrey de Revillagigedo.en 1793.
 

La Plaza Mayor en la segunda mitad del Siglo XVIII.


Esta es una grandiosa imagen que nos muestra gran detalle de lo que fue la Plaza Mayor después de 1760 y hasta antes de ser despejada para celebrar la coronación del Rey Carlos IV en diciembre de 1789. El autor, aparentemente es anonimo, pero gracias a él tenemos una idea en extremo clara y fidedigna de como era entonces esa gran plaza. Las proporciones no son exactas, incluso la perspectiva del mercado del Parián me permití  modificarla ligeramente, pero la multitud de detalles que nos muestra, servirán para entender mejor los textos que siguen. En la escena se representa el trayecto de una visita del virrey (desconozco si se refiere a Revillagigedo) a la Catedral Metropolitana, en un día de fiesta .Para ver la imagen ampliada oprima aquí y podrá apreciar en detalle muchos de los usos y costumbres de la época. ¡En verdad es sensacional poder retornar al pasado, con tan solo hacer un click!  La imagen es grande y puede tardar algunos segundos en cargar.



Es muy probable que la apariencia de la gran Plaza Mayor, hoy Zócalo de nuestra caótica y secuestrada ciudad capital 2006, no siempre lució tan bella y remozada como pudiésemos imaginar cuando se nos habla de la muy noble y leal Ciudad de México. Es evidente que después de la segunda mitad del siglo XVIII la degradación de la gran plaza y la ciudad en lo general, había llegado al extremo de quedar totalmente invadida, (como hoy) y ser presa de vendedores, (como hoy)  suciedad  y desorden urbano (como hoy). Tendría que llegar el nuevo Virrey de Revillagigedo, quién fue el autor del "despeje" y ordenamiento de la gran plaza y la transformación y urbanización de la ciudad capital.
Antes de continuar quisiera describir brevemente la imagen mostrada arriba. En la parte inferior se pueden apreciar los remates del edificio del Palacio Virreinal, por lo que la vista es de oriente a poniente. El cuadrángulo de arriba representa el ya descrito, Mercado del Parían y atrás de él se encuentra el Portal de Mercaderes. A la izquierda del Parián se encuentran las llamadas Casas del Cabildo. Del lado derecho del Parián se aprecia una parte de la fachada de Catedral, sus enrejados e incluso al centro, la Cruz de Mañozca, al frente del cementerio del atrio.
Al frente de la imagen vemos una pequeña calzada abierta para dar paso al cortejo del virrey con rumbo a la Catedral. Detrás de la calzada se aprecia el tianguis con puestos provisionales techados con tejas y en el medio una fuente o pila de agua que fue construida en 1713. Del lado izquierdo se aprecian dos detalles importantes, dos grupos de locales comerciales, conocidos como los cajones de San José, construidos en 1756 y que eran en total 35 y atrás de ellos el paso de la que se conocía como Acequia Real, parcialmente entubada y el que fue Portal de las Flores.

Sin embargo creo que es justo mencionar algo de lo que realmente pudo encontrar el  virrey Revillagigedo a su llegada a la Ciudad de México en 1789. Don Artemio de Valle-Arizpe incluye en su libro "La muy noble y leal Ciudad de México", la crónica de uno de los testigos oculares de la época.  Veamos al menos en algunos de sus párrafos,  lo que relata Don Francisco Sedano, en lo que tiene que ver con la Plaza Mayor y el Palacio Virreinal. Debe entenderse que se refiere a lo que quedaba de la plaza, pues un gran espacio cuadrangular, como ya lo dijimos,  estaba ocupado de forma permanente por el  mercado del Parián. Para entender mejor a lo que se refiere vale la pena auxiliarse con la imagen de arriba y la descripción previa que hice.

«... La Plaza Mayor de esta ciudad de México estuvo ocupada con el mercado, dispuesta con techados o jacales de tejamanil en forma de caballete, que se arrendaban por cuenta del Ayuntamiento. Se despejó para celebrar la proclamación del señor Carlos IV, en 27 de diciembre de 1789 ... Esta plaza cuando estaba el mercado era muy fea y de vista muy desagradable. Encima de los techados de tejamanil había pedazos de petate, sombreros y zapatos viejos, y otros harapos que echaban sobre ellos. Lo desigual del empedrado, el lodo en tiempo de lluvias, los caños que atravesaban, los montones de basura, excrementos de gente ordinaria y muchachos, cáscaras y otros estorbos, la hacían de difícil andadura. Había un beque o secretas que despedía un intolerable hedor, que por lo sucio de los tablones de su asiento, hombres y mujeres hacían su necesidad trepados en cuclillas, con la ropa levantada a vista de las demás gentes, sin pudor ni vergüenza, y era demasiada la indecencia y deshonestidad ... Hay en dicha plaza los llamados cajones de San José. Estos con sus altos encima y sus ventanas a la plaza, estuvieron enfrente del Portal de las Flores: corría la acequia a su espalda y entre esta y el portal había un techo. Estaban divididos en dos trechos ... eran de dos puertas cada uno, de 5 varas de fondo en número de 35 ...  En la Plaza mayor está una pila o fuente de agua, la que se fabricó en el año de 1713; se halla esta pila en el  lugar cercano a donde está la más cercana a la Cárcel de la Corte. Era ochavada de 48 varas de circunferencia, de 6 varas cada ochavo y, en cada uno, un escalón para alcanzar el agua ... Duró hasta fin del año 1791, que se desbarató para despejar la plaza. Esta pila fue una muy grande inmundicia, el agua estaba hedionda y puerca, a causa de que metían dentro para sacar agua, las ollas puercas de los puestos y también las asaduras para lavarlas. Las indias y gente soez metían dentro los pañales de los niños para lavarlos fuera con el agua que sacaban, por lo que sobre el agua había grandes costras nadantes sobre salea ...»

Y esto, aunque parece increíble, es parte de lo que narra Sedano sobre el Palacio Virreinal:

«... Este Palacio era anteriormente una honrada casa de vecindad; había dentro de él cuartos de habitación y de puesteros de la plaza, bodegas de guardar frutas y comestibles, fonda y vinatería que llamaban la Botillería, truco, panadería con amasijos, almuercerías donde se vendía pulque públicamente y de secreto, chinguirito, juego de naipes público en el cuerpo de guardia y otro donde llamaban el Parque, juego de boliche y montones de basura y muladares ...»

Como podemos ver, no necesariamente todo tiempo pasado fue mejor.

 
El Virrey de Revillagigedo y el embellecimiento de la Plaza Mayor.

La Plaza Mayor de la Ciudad de México en el año de 1793, tras de ser de ser retirados todos los puestos del mercado ambulante, a la vez que fue remodelada y embellecida por el Virrey de Revillagigedo. A la derecha el Palacio Virreinal, a la izquierda el mercado del Parián y al fondo totalmente terminada la Catedral Metropolitana. La imagen original de esta obra se encuentra en el Archivo General de Indias en Sevilla.


La llegada a México en 1789 del virrey Vicente Güemez Pacheco de Padilla Horcasitas y Aguayo, segundo Conde de Revillagigedo   significó, entre otras cosas,  la mejora del paisaje urbano, la limpieza y el embellecimiento de la ciudad. Para ello fue necesario abrir nuevas calles, renovar el empedrado e iluminación de las existentes, crear zonas verdes y evitar la presencia de animales de corral en las vías publicas, y por otra parte regularizar la recolección  de la basura y   prohibir la defecación en las calles y banquetas.
En relación a nuestro tema,  tanto el Palacio Virreinal como la Plaza Mayor finalmente dejaron de ser  verdaderos muladares, invadidos por el comercio ambulante. Fue en esta época en que el virrey logró confinar a los vendedores ambulantes dentro de los mercados del Volador y del Factor, mientras que el Mercado del Parián  fue reconstruido y dedicado a la venta de importaciones y productos finos. 
El virrey tuvo que enfrentarse a las resistencias tanto de la población como de los cuerpos municipales, pero fue  mediante bandos y medidas obligatorias que logró hacerla más limpia y ordenar la ciudad: en menos de cinco años, antes de su partida y retorno a España en 1794.
La Ciudad de México se convirtió en la ciudad mejor urbanizada del naciente siglo XIX, sus calles mantuvieron la traza cuadricular y debido a su amplitud y el magnífico paisaje que la rodeaba, así como la majestuosidad de los edificios construidos, recibió entonces el calificativo de "Ciudad de los Palacios".
 

El hallazgo de la Piedra del Sol

Un poco más adelante hablaremos de los fotógrafos precursores del conocimiento gráfico real de nuestra historia, mientras tanto baste mencionar que esta imagen  de la Piedra del Sol o Calendario Azteca, tiene su origen precisamente en un daguerrotipo,  que se dice fue obtenido entre 1839 y 1842 por el grabador francés Jean Prelier. La imagen que muestro fue ligeramente retocada para poder apreciar correctamente las formas, dado que el procedimiento de la daguerrotipia oscurecía las esquinas. De igual manera la vista original del daguerrotipo se encuentra invertida y aquí se presenta en su posición correcta.  El lugar corresponde a un costado de la torre oeste de la Catedral Metropolitana, en donde permaneció adosada al muro por muchos años. La Piedra del Sol, se descubrió el 17 de diciembre de 1790 en el costado sur de la Plaza Mayor, muy cerca de la llamada Acequia Real, que aparece y se identifica en la segunda imagen de este trabajo. Curiosamente esta colosal piedra estuvo apoyada en   la torre oeste de Catedral, desde su hallazgo hasta su traslado en 1885 a la sala de monolitos del Museo Nacional de Palacio Nacional.  La fuente de esta imagen es George Eastman House



Uno de los frutos inesperados de las obras urbanas promovidas por el Virrey de Revillagigedo, fue el surgimiento de la arqueología mexicana, con el descubrimiento de tres de los más importantes y representativos monolitos de la cultura mexica: La Piedra del Sol o Calendario Azteca, la diosa de la tierra Coatlicue y la Piedra de Tizoc, todos ellos localizados actualmente en el Museo Nacional de Antropología e Historia de Chapultepec.
Todo empezó el 13 de agosto de 1790 cuando al efectuar la  nivelación de la Plaza Mayor, en el costado sur del Palacio Virreinal, muy cerca de la Acequia Real, se encontró la figura de Coatlicue, que tras de su rescate fue inicialmente trasladada  al claustro de la Universidad,  a muy poca distancia del sitio donde fue encontrada. Tiempo después  el 17 de diciembre de 1790 en la misma zona  fue descubierta la Piedra del Sol.   Al año siguiente se localizó el otro gran monolito, la Piedra de Tízoc. A la fecha no se ha determinado la ubicación original exacta de estos  monumentos, pero se sabe que se encontraban en algún sitio del Recinto Ceremonial de la Gran Tenochtitlan.
Este enorme monumento pudo haber funcionado como base de los sistemas calendáricos solar y ritual, y como punto de partida de complicadas observaciones astronómicas.

El primer trabajo de investigación relacionado con  la Piedra del Sol se atribuye a Don  Antonio León y Gama en 1792.  Desde entonces, se han realizado infinidad de estudios sobre el monolito y una de las preguntas fundamentales sobre esta escultura calendárica es, si su posición era horizontal o vertical, habiéndose llegado a la conclusión  que la posición normal del monolito fue horizontal y mostraba la imagen del sistema solar, de acuerdo a las creencias de los mexicas.. Tras su descubrimiento, la Piedra del Sol se colocó, como ya indicamos al principio, adosada al muro  de la torre oeste de la Catedral Metropolitana. Con el paso del tiempo y las inclemencias climáticas, la escultura se fue deteriorando y además, según narran los cronistas de la época, la gente lanzaba inmundicias y fruta podrida a tan singular monumento e incluso los soldados norteamericanos que ocuparon la ciudad de México en 1847,  la utilizaron como objetivo para practicar el tiro al blanco. En 1885 Porfirio Díaz comisionó a un destacamento militar para transportar el monolito a la calle de Moneda 13, en Palacio Nacional,  ocupando el salón principal del Museo Nacional.
 

Esta fotografía se atribuye a Abel Briquet y pudo haberse obtenido alrededor de 1880-1885, muestra la Piedra del Sol adosada a una de las torres de Catedral, antes de que fuera trasladada al Museo de Historia en 1885


 


La plaza oval de la estatua de Carlos IV, El Caballito.

Vista del Zócalo (Plaza Mayor) de la Ciudad de México tal como lucía  el 9 de diciembre del año de 1803, fecha en que fue inaugurada con la estatua ecuestre en bronce del rey Carlos IV de España, El Caballito, al centro de la misma y donde permaneció hasta el año de 1822.
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Para eI 12 de julio de 1794, un nuevo virrey llegó a la Nueva España, Don Miguel de Ia Grúa Talamanca, Marqués de Branciforte que había dejado muy mala reputación en España, por una serie de actos de corrupción que indujeron a Carlos IV a llamarle fuertemente Ia atención. Para congraciarse con el rey, Branciforte envió una carta solicitándole que accediese a que en Ia Plaza Mayor de México se Ie erigiese una nueva estatua ecuestre en bronce, que substituiría a una estatua anterior de madera ya desaparecida. En aquella carta se decía que la escultura tendría un costo de 18,700 pesos, pero que serían cubiertos en su totalidad por el mismo virrey. Anexos se enviaron los proyectos de Ia escultura y deI pedestal que habían sido diseñados por el arquitecto y escultor Don Manuel Tolsá, por aquel entonces el Director de Escultura en Ia Real Academia de San Carlos.
La imagen de la Plaza Mayor arriba mostrada, es similar a la de 1793, pero en perspectiva más amplia, que muestra la gran plaza que se construyó alrededor del monumento ecuestre de Carlos IV en 1796. Nótese que en realidad la estrechez de la plaza era la misma de 1793, dado que el Mercado del Parián aún estaba ubicado en el costado izquierdo y aunque el balaustrado de la plaza, pareciera tener forma circular, en realidad era de forma elíptica. Véase plano alusivo. Esta hermosa estampa fue grabada en 1797 por José Joaquín Fabregat, en base a un dibujo de Rafael Jimeno y Planes, precisamente para conmemorar la inauguración de la plaza y de la estatua provisional. La estatua ecuestre definitiva fue colocada en 1803 y permaneció en ese sitio hasta el año de 1823. Conoce la historia de la estatua de Carlos IV, El Caballito, en este mismo sitio, oprime aquí
 

Entrada al Zócalo del Ejército Trigarante en 1821

Uno de los momentos mas gloriosos de nuestra historia lo representa la fecha de la Consumación de la Independencia el día 27 de septiembre de 1821, en la que el pueblo mexicano entusiasmado dio la bienvenida al ejército triunfador, entre gritos, música, estallido de cohetes y el frenético repicar de las campanas de Catedral. En esta imagen se muestra el arco triunfal construido en el centro de la ciudad, precisamente al inicio de la calle de San Francisco, hoy Madero, donde se realizó la ceremonia oficial de bienvenida y para después darles paso a las fuerzas del Ejército Trigarante encabezado por Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide, en su trayecto hacia la Plaza Mayor. El edificio del lado derecho, donde aparece gente asomada a los balcones es la famosa Casa de los Azulejos, hoy Sanborns y del lado izquierdo se aprecia parte del Convento de San Francisco. La vista hacia el fondo es con dirección a La Alameda.


Después de más de 10 años de enfrentamientos entre las fuerzas Realistas y las Insurgentes, Agustín de Iturbide, que al mando de su ejército había derrotado a Morelos, aceptó en 1821 encabezar la Comandancia del Sur.  En tales circunstancias y ante la cercanía del ejército que comandaba Vicente Guerrero, vio la ocasión para realizar un plan que unificara ambas fuerzas. Su idea era convencer a Vicente Guerrero del plan que tenía y que consideraba que era el camino adecuado para lograr la Independencia. Finalmente se suscribió dicho Plan en Iguala el 24 de febrero de 1821 y lo proclamó pública y solemnemente el día 2 de marzo de mismo año. Los tres principios fundamentales de dicho plan fueron: Religión Católica, Unión e Independencia. Por tal motivo la bandera que ondeó por primera vez y que fue origen de la actual, era tricolor y por lo mismo trigarante, o de las tres garantías, como también se le llamó. El color blanco garantizó la Religión Católica, el color rojo la Unión y el color verde la Independencia.

El Ejército Trigarante, como se le llamó por las mismas razones, estaba formado por  apenas 2,500 hombres que habrían de combatir en contra los 80,000 del Ejército Realista. Afortunadamente el 30 de julio de 1821 desembarcó en Veracruz don Juan O´Donojú, nombrado nuevo Virrey de la Nueva España, por lo que Iturbide  decidió buscarlo y logró entrevistarse con él en la ciudad de Córdoba, Veracruz.  Allí, O´Donojú constató la popularidad de Iturbide y pensó que sería imposible impedir la consumación de la Independencia, por lo que accedió a firmar   los Tratados de Córdoba, que confirmaron el Plan de Iguala, reconociendo la Independencia de México el 23 de agosto de 1821.

El 27 de septiembre de 1821 entró a México el Ejército Trigarante encabezado por Agustín de Iturbide y Vicente Guerrero. En ese preciso momento se confirmaba la independencia de una gran nación, México recuperaba su libertad después de 300 años de dominio español. No cabe duda, ¡debió de ser un gran día!
El General Vicente Rivapalacio Guerrero, nieto de Vicente Guerrero describe ese glorioso acontecimiento con las siguientes palabras:
 

«...A la cabeza del ejército libertador marchaba un hombre, objeto de las más entusiastas ovaciones, don Agustín de Iturbide... al descubrir al libertador el pueblo sintió una embriaguez de entusiasmo. Los gritos atronaban el aire y se mezclaban en concierto con los ecos de las músicas, con los repiques de las campanas, con el estallido de los cohetes y con el ronco bramido de los cañones... Aquella era una locura sublime, conmovedora; aquel era el santo vértigo del patriotismo. Por eso será eterno entre los mexicanos el recuerdo del 27 de septiembre de 1821... »

 

Esta imagen es una recreación lograda a partir de dos imágenes, (si quiere saber como se logró véalas hasta el final). Aunque no es perfecta y mucho menos real, creo que da mejor idea de la entrada  triunfal del Ejército Trigarante a la Plaza Mayor, tras recorrer la calle de San Francisco, hoy avenida Madero. He decidido ponerla así, por haber recibido algunos mensajes en los que me indican que la de arriba no corresponde al Zócalo, pero además debido a que en ninguna de las fuentes que poseo, he encontrado una imagen de este trascendental momento de nuestra historia. Después de 300 años de dominación española, los mexicanos por fin regresábamos al sitio de nuestros orígenes, donde estuvo asentada la grandiosa y espectacular Tenochtitlan. Como se comenta con más detalle en la página dedicada a la estatua de Carlos IV,  para esa fecha de 1821, El Caballito todavía se encontraba en la Plaza Mayor y por tratarse de la estatua de un rey español se temía que fuera destruida por la multitud, lo cual no habría sido importante, a no ser porque se trata de una verdadera obra de arte del escultor Manuel Tolsá. Por este motivo la estatua, según narra la historia,  fue cubierta con un globo estructurado en color azul, que evitó que fuese derribada por la gente. En 1822 la estatua del Caballito fue trasladada al claustro de la Universidad, cercano a la Plaza del Volador.


 
El Pronunciamiento de 1828 y saqueo del Parián.

Apenas unos años después de haberse logrado la independencia nacional, se suscitaron varias rebeliones como la ocurrida  el 30 de noviembre de 1828,  con el pronunciamiento en el Cuartel de la Ex-Acordada, del General José María Lobato que impugnaba la elección del General Manuel Gómez Pedraza. Sus tropas se apoderaron del Palacio Nacional, pero Gómez Pedraza decidió renunciar, lo que provocó en respuesta un motín que derivó en el incendio y saqueo del mercado del Parián.
Del lado izquierdo de la imagen aparece el Palacio Nacional y a la derecha la Cruz de Mañozca y parte de los 124 postes y 125 cadenas que rodeaban el atrio de la Catedral Metropolitana. También se aprecia una esquina del Sagrario



En el mes de agosto de 1828 se realizan elecciones presidenciales con la participación de tres candidatos: el general Manuel Gómez Pedraza que ocupaba el cargo de Ministro de Guerra y Marina en el gobierno en turno de Don Guadalupe Victoria; el general Anastacio Bustamante que era un
antiguo trigarante y continuador de la obra de Agustín de Iturbide, y Vicente Guerrero héroe de la Independencia apoyado por  las clases populares y con tendencias a  implantar en México las ideas masónicas yorkinas. En una elección directa el seguro ganador habría sido Guerrero, pero la Constitución vigente disponía que el presidente fuera electo por las legislaciones de los estados. De esta manera el ganador de la elección fue Gómez Pedraza, pero el primero en impugnarla fue Antonio López de Santa Anna, que desde Jalapa, Veracruz se pronuncia en favor de Vicente Guerrero y se levanta en armas, con apenas un puñado de hombres.
Aún cuando Santa Anna tiene poco éxito con su aventura revolucionaria, para el 30 de noviembre de 1828, un poco antes de la toma de posesión del Gral. Manuel Gómez Pedraza, estalla en la Ciudad de México, el que se conoce como Pronunciamiento o Motín de la Ex Acordada. E
l General José María Lobato al mando de un grupo militar destacado en el cuartel de la Carcel de la Ex Acordada, se apodera del Palacio Nacional y ante tal situación el Gral. Gómez Pedraza opta por renunciar al cargo y abandonar el país, con rumbo a Europa.
Tras la confusión que produce la renuncia de Gómez Pedraza, el Gral. Lobato pierde el control de sus tropas que junto con la turba se amotinan y realizan el saqueo e incendio del mercado del Parián, que llevó a la muerte a muchos de los comerciantes españoles de ese lugar.
Vicente Guerrero finalmente recibe el poder ejecutivo de manos de Guadalupe Victoria, primer Presidente de México, una vez que el Congreso decide anular las elecciones en las que había resultado vencedor Manuel Gómez Pedraza.
La cárcel y el Tribunal de la Acordada que dio nombre a estos sangrientos sucesos, estuvieron ubicados en lo que actualmente es la Av. Juárez, entre las calles de Balderas y Humboldt.  El Tribunal de la Acordada o también denominado Tribunal de la Santa Hermandad; era comandado por un Juez o Capitán y una serie de colaboradores cuya característica elemental era que funcionaban “por acuerdo de la Real Audiencia”. Inició sus labores por el año de 1722  y operó hasta el año de 1812, sin embargo  la cárcel continuó en  funciones hasta el año de 1862.
El curioso nombre de este tribunal, procede de que su establecimiento fue “una providencia acordada”,  aprobada por la corte el 22 de Mayo de 1722.

Esta es una vista trasera del Mercado del Parián, a la izquierda, en la época referida arriba en que fue saqueado por la multitud enardecida. Del lado derecho aparecen las Casas del Cabildo (hoy edificio viejo del Gobierno del D.F.) y al fondo se aprecia el Palacio Nacional.

 
Fotógrafos precursores de nuestra historia gráfica

Esta imagen tiene su origen en un daguerrotipo de la Catedral  que se dice fue obtenida en 1840 por el grabador francés Jean Prelier. La imagen que muestro fue ligeramente retocada para poder apreciar ambas torres de la Catedral, dado que el procedimiento de la daguerrotipia oscurecía las esquinas. De igual manera la vista original se encuentra invertida, pues muestra el mercado del Parían al lado derecho y debe ser tal como aparece aquí. Véanse las dos imágenes anteriores, en donde también se aprecia dicho mercado. Esta podría ser la más antigua reproducción real que exista de la Plaza Mayor capitalina, en este caso obtenida mediante un daguerrotipo. Por otra parte, también debe de ser la única y a la vez última foto del Mercado del Parián, que por orden del Gral. López de Santa Anna fue demolido en 1843.


Si bien hasta antes de 1839 la única forma de conocer las formas y los detalles de las múltiples bellezas y edificios de nuestra Patria era a través del pincel, de la pluma o del lápiz de artistas tan connotados como Casimiro Castro, Carl Nebel o Pietro Gualdi, sólo por mencionar algunos de ellos, la verdad es que siempre podría existir la duda cuan fiel podría haber sido la reproducción lograda por ellos. Hoy sabemos, que al menos en el caso de los artistas que he mencionado, sus obras fueron excepcionalmente precisas, conservando el detalle, la perspectiva y sobre todo las proporciones, por lo cual todos sus trabajos se convirtieron en verdaderas obras de arte..
Pero fue precisamente en 1840 cuando se calcula que la imagen de la Catedral Metropolitana, que se muestra arriba, fue reproducida a través del proceso de la daguerrotipia, que fue el precursor de otros procesos posteriores hasta llegar finalmente a la fotografía de nuestros días.
Se cree que el daguerrotipo de la Catedral fue realizado por Jean Prellier Dudoille, un grabador francés que vivió en la Ciudad de México, y que habría arribado a Veracruz en 1839. En un periódico de la época del cual no tengo el nombre, se publicó el 21 de enero de1840 una nota relatando que Prellier habría hecho una demostración pública del proceso de daguerrotipia, captando varias imágenes de la Catedral Metropolitana y otros lugares cercanos. Por tal razón, es muy posible que la imagen mostrada sea de principios del año 1840 y por lo mismo la primera reproducción real de un edificio mexicano, en este caso mediante la obtención de un daguerrotipo. Esta imagen formó parte de la Colección Cramer y actualmente se exhibe aquí por cortesía de George Eastman House


Además de Jean Prellier, con el paso del tiempo los procesos fotográficos fueron evolucionando y muchos otros fotógrafos llegaron o nacieron en México y pudieron tomar cientos de imágenes, que dejaron plasmados no solamente los edificios, sino los paisajes, los personajes de la época, las acciones de guerra y las clásicas fotos típicas de los pobladores de distintas regiones del país y sus costumbres.
Solo como una referencia a continuación relaciono: los nombres de los fotógrafos que bien pueden considerarse los precursores de nuestra historia gráfica:

John Lloyds Stephens, (1805-1852)  En el año de 1841 encabeza  una expedición arqueológica al sureste mexicano, en la que por primera vez  reproduce en daguerrotipo algunas imágenes de los templos mayas de Uxmal.
Jhosep-Désiré Charnay, (1829-1915) Nacido en Francia, en 1857 e inspirado por los descubrimientos de Stephens,  viaja a México con más de 1800 kilogramos de equipaje y arriba al puerto de Veracruz, en una época por demás complicada por la Guerra de Reforma. Sin embargo, lo que resulta de interés para nosotros es saber que Charnay toma varias fotografías de los